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CARMENCITA
ARBELAEZ Y LOS VELOS DE SU VIUDEZ
En la madrugada del 9 de Octubre de
1820 los patriotas guayaquileños proclamaban
la independencia, tomándose los cuarteles de
la ciudad. Al teniente Hilario Alvarez, también
llamado "Cacique Alvarez "por su ascendencia
indígena cuzqueña, habiendo ocupado
los cuarteles realistas ubicados en los extramuros
de la urbe, le tocó hacer la primera patrulla
de la madrugada, cabalgando a la casa del coronel
Barrio, situada en la esquina de las actuales calles
de Chile y 10 de Agosto, al costado del antiguo convento
de San Agustín, cuyo solar ocupa hoy la Biblioteca
Municipal.
El objeto de esta maniobra era tomar prisionero a
Barrio, que tenía 20 hombres que lo custodiaban
porque ya había recibido noticias de que algo
se trama en el puerto. Barrio no dormía y al
oír el ruido de los cascos de los caballos,
gritó: ¡Alto! ¿Quién vive?
¡La Patria!, fue la respuesta; y luego vino
el cruce de fuegos entre ambos bandos.
El Sargento Primero Isidro Pavón estaba cerca,
y presto corrió a ayudar a Alvarez, y aprovechándose
de la obscuridad de la noche cargó a caballo
contra los soldados de Barrio, a los que sorprendió,
envolvió y tomó prisioneros. El jefe
español fue sacado de su casa y llevado a grupas
al cuartel de Artillería donde quedó
prisionero.
Como a eso de las tres de la mañana solo seguía
en poder de las autoridades el Cuartel de Caballería
comandado por el bravo Joaquín Magallar, español
joven y apuesto, bizarro como pocos y novio de la
hermosa guayaquileña Carmen de Arbeláez
y Morillo que lo amaba mucho.
Urdaneta encabezó el asalto al cuartel de Magallar
y junto a los Sargentos José Vargas e Isidro
Pavón irrumpieron y encerraron a la tropa.
Magallar estaba en los altos del edificio, durmiendo
como es lógico a esas altas horas, escuchó
ruidos en los bajos y a medio vestir se asomó
espada en mano y alcanzó a dar un grito de
combate: ¡A las armas muchachos! exclamó
el pobre Magallar y no puede decir más porque
le alcanzó un pistoletazo en el pecho que lo
envió al otro mundo. Fue el único muerto
el 9 de Octubre de 1820 en Guayaquil y Urdaneta el
que le disparó.
Horas después algunas personas caritativas
llevaron su cadáver a la casa de la novia,
único ser querido que tenía el difunto
en el puerto. La pobre, dicen las crónicas
viejas, nunca pudo olvidar su memoria y ya ancianita
y como de 70 años seguía recordando
al valiente Comandante que conquistó su ardiente
y joven corazón, pletórico de amor y
de promesas.
Carmencita de Arbeláez llevó hasta su
muerte los pesados y negros velos de la viudez, a
pesar que jamás conoció el matrimonio.
HIJA HERMANA Y MUJER
DE HEROES
Hay destinos célebres que se
depara a seres que viven grandes alegrías y
dolores, todo por igual; Baltazara Calderón
de Rocafuerte fue hija, hermana y mujer de héroes,
encontrando felicidad y tragedia a su alrededor.
Nació en Cuenca el 6 de enero de 1806, hija
del matrimonio formado por el Tesorero de las Reales
Cajas Francisco García Calderón y Manuel
Garaycoa Llaguno.
Muy niña perdió a su padre en 1812 en
la hermosa villa de Ibarra, donde el valiente Coronel
fue fusilado por sus ideas libertarias, dejando a
su viuda en la mayor pobreza y desesperanza. Diez
años después en 1822 perdió a
su hermano Abdón Calderón, Teniente
Abanderado del Batallón "Yaguachi",
en la batalla del Pichincha.
Sola y abandonada, sin un padre que la protegiera
y con la desgracia de haber sentido la muerte de seres
tan queridos y cercanos, Baltazara cruzó los
33 años y se situó frente a un hombre
mundano y de poderosa inteligencia, pariente lejano
suyo, que la cortejó con frases galanas y conquistó
su corazón. Se llamaba Vicente Rocafuerte y
su destino era gobernar a los pueblos recién
libertados.
VIUDA A LOS 41 AÑOS
DE EDAD
Entre ella y su marido había
23 años de diferencia, pero el matrimonio fue
muy feliz y cuando quedó viuda de solo 41 años
de edad, no volvió a casar, pues era difícil
encontrar otro hombre semejante al perdido. Cuarenta
y tres años después el 7 de junio de
1890, rindió tributo a la vida y falleció
de 84 años, sola y abandonada en su departamento
donde la acompañaba una vieja esclava.
Muere de un cáncer dolorosísimo al seno
que la había tenido casi un año en agonía
con sufrimientos sin límites y pocos fueron
los parientes que la vieron hasta el final, por temor
al contagio. Días después el albacea
Francisco Xavier de Santistevan Rocafuerte testamentario
ordenó que el archivo Rocafuerte, compuesto
de tres baúles llenos de papeles importantísimos
para la historia de América, fuera arrojado
al Río Guayas, por creer que estaba contaminado
de la misma enfermedad que había llevado al
sepulcro a quien fuera en vida hija, hermana y mujer
de héroes.
LOS TRES EJEMPLOS ILUSTRAN
Sin duda alguna los tres ejemplos
de esta crónica han sido diferentes. En Rosita
Campuzano, la Protectora, se admira la belleza, gracia,
femenidad y patriotismo de quien fuera la reina de
las tertulias limeñas, centro de intrigas y
puerta abierta a los valientes que aceptaban sus amorosos
lances.
En Carmencita Arbeláez aceptamos la tragedia
de su vida gris, empañada de su viudez reacia
a todo contacto humano. Era una diosa viviendo entre
los mortales, solo de sus recuerdos. En Baltazara
Calderón de Rocafuerte está el señorío
de una dama que vio morir a héroes, a los suyos,
conservando sus recuerdos en lo más profundo
de su ser.
Tres mujeres guayacas, tres caracteres. ¡Cuántas
lágrimas! Propongo sus nombres para otras tantas
calles de nuestra urbe.
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