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CRIMEN
DE VALDIZAN
Desde 1860 comenzó para las
Galápagos una era de prosperidad con la formación
de la "Empresa Industrial Orchillana” compuesta
por Manuel J. Cobos, Palemón Monroy Cedillo
y los Sres. José Antonio de Rubira Henríques
y Jurado; esta compañía se dedicaba
a beneficiar la orchilla silvestre que enviaban con
buenos precios a México para teñir telas.
En 1869 el gobierno de García Moreno sacó
a remate el derecho de recolección de esa planta
en el archipiélago y al presentarse el español
José de Valdizán, se le dio la concesión
general retirándose del negocio la Empresa
que lo había iniciado.
Valdizán era muy competente en labores agrícolas
vivía en Santa Elena casado con doña
Carmen de Rubira Henríques y era dueño
de la goleta "Venecia" que manejaba el capitán
Nicolás Paterson; pero cometió el error
de ir a la cárcel de Guayaquil y tomar a su
cargo a ocho peones conciertos, "presos por desobedientes
y malos", a quienes llevó a Galápagos,
saldando sus deudas a mitad de precio, a sus patrones.
Junto a estos sujetos patibularios Valdizán
también condujo gente honesta y trabajadora
en número mayor a un centenar, que embarcó
en la "Venecia" con rumbo a Santa Elena,
donde subieron algunos niños y mujeres y en
mayo de 1878 partió a la Floreana, arribando
a los cuatro días de viaje, al sitio denominado
"Playa Prieta", donde repartió el
trabajo. Unos harían de carpinteros, otros
de peones agrícolas, los más sembrarían
pastizales y los menos arreglarían el camino
que iba de La Playa a la casa de hacienda; sin embargo,
desde el primer momento, comenzaron a manifestarse
signos de descontento y rebeldía entre los
conciertos, que sistemáticamente se negaban
a cumplir órdenes, sostenían fuertes
pendencias y renegaban de sus suertes, embriagándose
y profiriendo amenazas contra la vida del nuevo patrón.
Así las cosas una noche se reunieron en la
casa de Anatolio Lindao y fraguaron ejecutar la muerte
de Valdizán, pero como el enérgico Mayordomo
José Aragón podía ser un obstáculo
insalvable, decidieron deshacerse de él; por
eso, el 23 de julio, a escasos dos meses de la llegada
y muy por la mañana, los peones Peña
y Méndez se le acercaron a conversar y en un
descuido decerrajáronle un formidable machetazo
por la espalda que lo derribó del caballo y
ya en el suelo le dieron otro en la cara, dejándolo
como muerto. Enseguida se dirigieron con los demás
complotados a la casa de Valdizán, llegaron
como a las siete de la mañana, entrando con
el pretexto de solicitarle permiso para no trabajar
ese día; sin embargo, Valdizán, se los
negó con buenas razones, agasajándolos
con una copa de aguardiente; poco después salieron
pero tornó a regresar uno de los que había
estado antes, de apellido Alvarado, requiriendo otra
copa que el paciente Valdizán se la sirvió
con esmero y al agacharse para colocar la damajuana
debajo del escritorio, Alvarado le metió una
cuchillada por el costado izquierdo que le perforó
los intestinos y le entró profunda, hasta la
misma cacha. Valdizán era hombre fuerte y logro
zafarse y subir al primer piso donde quedó
encerrado con su esposa y con el cocinero Eusebio
Quimí.
Su sobrino, el niño Macario Díaz fue
testigo presencial del suceso y sin que nadie lo viera
salió a la carrera para avisar a José
Federico Salazar; quién, cargando una escopeta
y por caminos poco conocidos, trató de llegar
a la casa para sorprender a los asesinos, pero al
acercarse y oír los ruidos provocados por la
destrucción del mobiliario y las voces de los
alzados se topó con el peón Galindo,
que machete en mano lo esperaba en actitud sospechosa,
así es que lo hizo caminar por delante; mas,
en un descuido Galindo corrió a la casa y dio
parte a sus compañeros. Entonces salieron varios
peones, entre ellos Camilo Merchán y Anatolio
Lindao, armados con escopetas que dispararon a Salazar
y lo llevaron a la casa, como rehén.
En el interim el mismo niño Díaz había
podido llegar a donde el capitán Tomás
Levick, quien salió a defender la tranquilidad
de la hacienda, mientras Valdizán, su esposa
y el cocinero se habían arrojado por la parte
posterior y huían al campo. Quimí el
cocinero, le metió los intestinos a Valdizán
y lo amarró con una faja de tela. para que
no perdiera mucha sangre. Como dos millas pudieron
andar a pie, porque los dolores del herido hicieron
imposible que continuaran. A la postre Valdizán
cayó muerto a tierra y su viuda se internó
hacia el monte, mientras Quimí seguía
para la casa de Levick. Al poco rato, los alzados
llegaron hasta el sitio donde estaba el cadáver,
no sin antes asesinar en el camino al peón
Bernardo Pozo, de los leales, que encontraron trabajando.
Pozo murió de un machetazo en la nuca, mientras
beneficiaba el cuero de una res recién sacrificada.
Los restantes alzados seguían en la casa de
Valdizán, bebiendo sus licores y comiendo gallinas
y patos y hasta preparaban tomar por sorpresa al pailebot
"Elena Catalina" que los llevaría
a Santa Elena, cuando escucharon pasos afuera y se
armaron. Sería cosa de las once de la mañana
cuando las fuerzas de Levick cercaron la morada; la
balacera fue corta por la superioridad de los leales
que tenían escopetas de repetición,
mientras que los alzados solo disponían de
algunos rifles y machetes.
Salazar fue liberado y salió a recoger el cadáver
de Valdizán, a quien le construyeron un féretro
y lo velaron dos días. Otra comisión
partió en búsqueda de doña Carmen
Rubira, que anduvo tres días perdida en el
monte, sufriendo hambre y sed. Levick se hizo cargo
de la administración, todo volvió al
orden anterior y el Mayordomo Aragón fue conducido
a una casa, donde tardó semanas en reponerse
de sus heridas. Únicamente faltaba apresar
al viejo peón Anatolio Lindao, que huía
por los montes.
Veinte días después arribó el
"Elena Catalina" al mando del Cap. Leonidas
Drouet, y a la mañana siguiente, mientras el
Contramaestre estaba revisando la bodega, descubrió
en la penumbra a un bulto que se movía dentro
del sucucho de leña. Era Lindao que estaba
escondido y fue inmediatamente apresado.
El 2 de agosto el "Elena Catalina" retornó
a la península llevando presos a Lindao y a
Martínez para que fueren juzgados por las autoridades
competentes; sus otros compañeros habían
muerto en la refriega.
Con la desaparición de Valdizán terminó
el intento de colonización de la Isla Floreana;
algunos de los peones leales pasaron a la isla Chatam
donde Manuel J. Cobos iniciaba un ingenio de azúcar.
Entre estos se encontró el carpintero José
Federico Salazar, que por muchos años fue el
más antiguo colono del archipiélago,
patriarca que gozaba de general estimación
y era algo así como la historia viviente de
las islas.
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