TOMO II
 
 
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TOMO IV
     


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CONSPIRACION REALISTA DE 1821
En Febrero de 1821 arribó a Guayaquil el General José Mires anunciando que el Libertador enviaría varios batallones de Colombia para auxiliar a las milicias del puerto. La situación era difícil pues nuestras tropas habían sido derrotadas en Huachi y Tanizahua pero el entusiasmo no decaía. Las mujeres cosían uniformes, los hombres fabricaban pólvora y municiones y hasta los muchachos gritaban Viva la Patria. Muchos jóvenes se acuartelaron entonces, completando un batallón de artillería y tres de infantería, pero hacía falta un ejército con experiencia y esto lo había ofrecido Bolívar.

Por fin, en Marzo, arribaron a Manabí los primeros contingentes armados provenientes de Buenaventura en Colombia, posteriormente pasaron al Morro, allí se ejercitaron y disciplinaron. Sucre estaba en Guayaquil y suscribió un Tratado con la Junta Superior de Gobierno de la Provincia compuesta por Olmedo, Roca y Jimena. El día 15 de mayo se ultimaron los detalles y Guayaquil aceptó la protección de Colombia facultando a sus gobernantes a estipular convenios con otras naciones y especialmente con España; de aquí a la incorporación definitiva con la Gran Colombia sólo había un paso que lo dio Bolívar al año siguiente, días antes de su célebre entrevista con San Martín.

Por lo pronto, seguían llegando soldados colombianos que transportaba el general Juan lllingworth Hunt y se alojaban en diversas casas particulares contratadas con ese objeto. La ciudad parecía un cuartel pues los soldados del Guías y el AIbión eran numerosos. En los hospitales San Juan de Dios y Santa Catalina Mártir se acondicionaron camas y rudimentarios equipos de cirugía y enfermería. Al mismo tiempo algunos realistas se reunían en la casa de Juan Barnot de Ferruzola con el fin de sublevar los cuarteles. El jefe del grupo era el Teniente Juan Sepúlveda, que contaba con la ayuda del Coronel Juan de Dios Arau; del teniente coronel Bartolomé Salgado; de Andrés Orias de Marin y otros. El golpe se preparaba en el mayor secreto pero el físico Manuel Moreno, médico del Batallón Defensores, logró enterarse del asunto y siguió el hilo de los acontecimientos.

Para el efecto, Araujo, que estaba casado con una de las hijas de Ferruzola, ascendió de grado a Sepúlveda con el fin de darle mayor poder en la tropa; pero, Moreno, que sólo conocía los planes de Sepúlveda cometió el error de irlo a denunciar donde el propio Araujo, quien le intimidó con prisión si seguía acusando a los oficiales y arrojó la denuncia al fuego para borrar hasta el recuerdo. Moreno se asustó y prometiendo mayor discreción en el futuro se dio por bien servido de no ser castigado y guardó silencio, pero ya era tarde, pues la noticia había corrido y aparecían nuevos realistas sospechosos y entre ellos Francisco Concha, Jacinto Caamaño y Moraleja, y José Alvarado.

La sublevación iba a estallar el 15 de Mayo con motivo de la suscripción del Acta con Colombia; ese día pensaban tomarse los cuarteles al grito de “Abajo los extranjeros de Colombia, viva la Patria”, destituyendo a los miembros de la Junta y comisionando a Araujo en su reemplazo, pero felizmente postergaron los planes por falta de apoyo entre el elemento militar y sólo meses después se produciría la revuelta como veremos a continuación.

Ajeno a estos ajetreos Sucre movilizaba sus efectivos para enviar a Babahoyo al Batallón Libertadores No. 1 al mando del comandante Bartolomé Salgado y dejando a la caballería en Guayaquil se trasladó a Samborondón con su Estado Mayor y el Batallón Santander, iniciar la marcha a la sierra. El 15 de julio recibió un aviso de Salgado, pues los realistas parecía que andaban cerca de Sabaneta a pocas horas de Babahoyo y preparaban un ataque. Sucre ordenó la salida de Santander y que la caballería pasara a Samborondón donde él la esperaba con impaciencia, pero ocurrió la traición del Teniente Coronel Nicolás López de Aparicio, venezolano que había peleado al lado de los realistas hasta que derrotado por los Generales Valdés y Mires en la batalla de Pitayó, escapó a Quito, donde se unió a las tropas del General Melchor de Aymerich, siendo tomado prisionero por las guerrillas patriotas de Machachi, que lo llevaron al campo del coronel Luis Urdaneta, jefe de las tropas guayaquileñas. Entonces logró fingir arrepentimiento y que lo aceptaran como de los nuestros, presentándose en Huachi donde no desertó después de la derrota y se vino con los demás miembros del ejército a Guayaquil, afianzándose en la confianza de sus superiores.

La Junta de Gobierno le ofreció el mando del Batallón Libertadores, cuyo jefe era Araujo, quién ascendió a la Comandancia General de Armas fin de pasar revista, dejando todos los asuntos administrativos en manos de López de Aparicio y cuando Sucre ordenó la movilización a Babahoyo, López de Aparicio pretextó no poder viajar porque se le había abierto una vieja herida en la pierna, permitiendo que lo hiciera Salgado, quien al llegar a Babahoyo dio la noticia falsa a Sucre, de la proximidad de los españoles, obligándole a dejar a Guayaquil desguarnecida, para llevar el resto de la tropa a Babahoyo a presentar batalla a Aymerich.

En Guayaquil los españoles y realistas hablaban de futuras anexiones a Colombia, Perú o Chile y en esta labor de descrédito intervenían López de Aparicio, Araujo, Martín, Caamaño, Oyague, Ferruzola, Sepúlveda, Mendiburo, Pellicer, Páez, Concha y otros más pues todo lo habían programado para aislar a Sucre en Samborondón, mientras en Babahoyo, Sepúlveda y López de Aparicio se unían a Aymerich, que venía de la sierra y entre todos atacaban Samborondón.

En la madrugada del 17 de Julio la ciudad se despertó alarmada por el ruido de los cañonazos que lanzaba la escuadrilla fluvial de diez lanchas que había sido tomada por el Teniente de Fragata Ramón Oyague, natural de Guayaquil, al grito de Viva el Rey, al mismo tiempo una lluvia de balas caía sobre el malecón. El Batallón Defensores, dirigido por el Comandante Dionisio de Acuña; se situó en la tahona y contestaba los disparos. El Teniente de navío Manuel Antonio de Luzarraga, Jefe de la escuadrilla, salió a gatas de su cama y corrió a medio vestir al sitio en que se hallaba el Condestable Francisco de Reina y Martos, que armaba cinco cañones (3 en la tahona donde hoy está el Hotel Humboldt y 2 en las esquinas de Sucre y Colón).

Reina era alto y delgado como buen andaluz aventurero y marino de oficio. En 1853 murió por haberse asomado a presenciar la llegada de la flota de su compadre el General Juan José Flores, a quién daba vivas y aplausos, cuando una bala de cañón lo arrancó de la ventana, arrojando a varios metros su cadáver; pero, en 1821 fue el héroe de la defensa de Guayaquil, pues sin su ayuda hubiéramos capitulado. El solo hundió a la lancha No.5 y abrió un boquete en la proa de la fragata «Alexandra» donde estaba Oyague, que a las doce del día y viendo que no tenía apoyo después de más de diez horas de incesante bombardeo, huyó con la escuadrilla, siendo perseguido por las goletas Alcance y Olmedo que lograron capturar al grueso de la tropa que desembarcó en Punta Pital, cerca de Machala, donde las autoridades patriotas los cercaron.

Oyague había entrado en la conjura contra la Patria por un asunto de faldas que relatado por José Gabriel Pino y Roca consta en una de sus tradiciones con el nombre de la Chinta Mora.