BLOQUEO
NAVAL DE GUAYAQUIL
Desde la suscripción del Tratado
de Guayaquil el 22 de septiembre de 1829 luego de
la victoria de Tarqui, nuestros vecinos del sur buscaban
cualquier oportunidad para tomar desquite y ésta
se presentó en 1853 cuando el Congreso de Perú
creó el Gobierno de Loreto, en terrenos de
la amazonía ecuatoriana; desconociendo, de
hecho, los límites fijados en 1829.
En Lima, nuestro Plenipotenciario Pedro Moncayo protestó
por el abuso en nota presentada el 18 de marzo, indicando
que esa inconsulta resolución no perjudica
nuestros derechos, aunque atentaba contra ellos, e
inmediatamente comunicó el particular a la
Cancillería, que el 27 de noviembre solicitó
al Congreso Nacional la declaración de la libre
navegación de los ríos Chinchipe, Santiago,
Morona, Pastaza, Tigre, Curaray, Naucana, Napo, Putumayo
y, demás afluentes del Amazonas y a éste
en la parte que era ecuatoriana. El 10 de diciembre
el Ministro peruano de Quito, Mariano José
Sanz, en nota al Canciller ecuatoriano Marcos Espinel,
indicó que Perú desconocía nuestros
derechos sobre muchos de esos ríos, por estar
comprendidos dentro de sus límites, pertenecerles
e integrar su territorio por la Real Cédula
de 15 de Julio de 1802, que si bien fue acatada por
la Audiencia de Quito, nunca se cumplió por
la costumbre colonial de ejecutar solo lo conveniente;
incluso, muchas Ordenes llegaban a América
con tanto retraso que ya no solucionaban necesidades.
ACTITUD DE LA CANCILLERÍA
ECUATORIANA
Entonces se vio la imperiosa necesidad
de negociar un Tratado de Límites con el Perú
y el doctor Espinel consiguió del ejecutivo
plenos poderes para negociarlo, pero la situación
política de nuestro vecino impidió toda
conversación. El Ministro Pedro Moncayo, conjuntamente
con Manuel Anzíbar y Antonio L. Guzmán.
Plenipotenciarios de Venezuela y Colombia en Lima,
firmó una declaración conjunta, por
la que esas naciones, el 26 de junio de 1854 establecían
las bases futuras de cualquier negociación
sobre "La Hoya del Amazonas", propiedad
de todos los países cruzados por los afluentes
de ese gran río.
CONVENIOS PARA EL PAGO
DE LA DEUDA INGLESA
A todo esto los acreedores de la Deuda
de la Independencia perurgían en Quito, alegando
que al Ecuador le tocaba el pago de 1'424.579 libras
esterlinas, según el convenio suscrito en Bogotá
el 23 de diciembre de 1834, entre los representantes
de Colombia y Venezuela, Lino Pombo y Santos Michelena,
respectivamente.
Elías Mocatta, Cónsul de Inglaterra
en Guayaquil, representaba a los acreedores y el 6
de noviembre de 1854, con el Canciller Espinel suscribió
un Convenio, por el que Ecuador se comprometía
a efectuar una emisión de bonos por la suma
de 1'824.000 libras esterlinas como pago total de
la deuda. Los bonos ganarían el 1% de interés
anual y el estado los recogería a la par, en
anualidades, con el producto de las rentas íntegras
de las aduanas del país, a pesar de que en
la calle los bonos se vendían con un descuento
que fluctuaba entre el 4 y el 10%.
Ya sea por falta de previsión o error de cálculos,
al llegar la fecha fijada para la primera redención,
el gobierno cayó en mora y los bonos se depreciaron
terriblemente con perjuicio de los tenedores. Para
colmos, era tan pobre la recaudación de las
aduanas en 1856, que los tenedores de bonos —en
su mayor parte ingleses— enviaron a un nuevo
Comisionado.
Efectivamente, Ycaza firmó el 21 de septiembre
de 1857 con mister Prichett, ministro inglés
en Quito, un Convenio por el que se comprometió
a pagar la cuarta parte del exceso que sobre 400.000
pesos anuales ingresaren al erario nacional por concepto
de las aduanas y, en caso contrario, el 1% sobre la
suma de 1.824.000 libras esterlinas, que era el total
de la deuda que habíamos reconocido al emitir
los correspondientes bonos.
Lamentablemente las buenas intenciones de Ycaza se
vieron empañadas por una cláusula accesoria
que entregaba a los tenedores de bonos cien mil cuadras
en el delta del Pailón (Esmeraldas) o en la
región de Canelos o en los ríos Zamora,
Súa, Atacames y Zulima y más 400.200
cuadras entre los ríos Cañar y Pucará,
lo que se oponía estrepitosamente al Convenio
internacional suscrito por nuestro Diplomático
Teodoro Gómez de la Torre, meses antes, en
Bogotá, con el Ministro de Relaciones Exteriores
de Colombia Lino de Pombo y por el que adquirimos
el compromiso de prestarnos ayuda mutua para la conservación
de la integridad territorial. ¡Al fin en qué
quedábamos: respetábamos los tratados
internacionales o simplemente los ignorábamos!.
REACCION PERUANA DE
1857
La Cancillería de Perú
estaba alerta a estas negociaciones y desde la protesta
del Ministro Sanz en 1853, había resuelto no
permitir la libre navegación por los ríos
de nuestro oriente amazónico, reputado peruano
en virtud de la Real Cédula de 1802. Por esto,
al conocerse en Lima el Convenio Ycaza - Prichet,
ese gobierno designó Ministro en Quito a Juan
Celestino Cavero quien llegó a la capital con
la secreta consigna de causar problemas al gobierno
del General Francisco Robles.
Dos fueron las razones que movían a Perú
contra el Convenio del Canciller Ycaza, a saber:
1) Que allí se concedía a nuestros acreedores,
terrenos que en Lima estimaban como de propiedad peruana,
y
2) Que cualquier colonización europea en esa
zona impediría su continuo avance imperialista.
Por todo eso Cavero molestó desde el principio
de su gestión diplomática, pues en la
capital hizo ostentación de pujos nobiliarios,
llegando a decir en cierta ocasión que nadie
había más noble que él y "probando"
tal aserto, por el hecho de estar casado con una bella
señora, de noble prosapia ecuatoriana.
LA NOTA DIPLOMATICA
DEL MINISTRO PERUANO
Poco después Cavero envió
a Lima una nota en la que tergiversó los convenios
celebrados con los acreedores ingleses, manifestando
que atentaban contra la integridad y seguridad de
las naciones americanas, porque "en estos momentos"
un grupo de ingenieros peruanos acaban de recorrer
algunos afluentes del Amazonas constatando que las
riberas se han concedido en propiedad a individuos
de esa nación, muchos de los cuales han regresado
a Londres, a construir barcos que, con banderas inglesas
surcaran el Amazonas.
Y como para corroborar tal aserto, Cavero mencionaba
el Protocolo Espinel-White, celebrado el 29 de noviembre
de 1854 entre Ecuador y Estados Unidos, por el que
cedíamos a ese país una extensa zona
costera y el archipiélago de las Islas Galápagos
en arrendamiento por 99 años, a pesar que dicho
instrumento fue inmediatamente desconocido por el
Presidente Urbina. Cavero aseguró que: "es
la primera fase de la entrega territorial ecuatoriana
a otros países, en detrimento de las demás
naciones sudamericanas".
Así las cosas, Cavero quedó como patriota
y hasta pasó por americanista. Perú
salió en defensa de la soberanía de
estos países de la América del Sur y
el Vice Presidente ecuatoriano doctor Marcos Espinel,
uno de los más atacados por la nota peruana,
sin medir las consecuencias de su acto, devolvió
la misiva a Cavero y le envió pasaportes al
Perú, dando por finalizado su labor en Quito.
¡Error grande y lamentable que nos condujo a
una situación de hecho de incalculables consecuencias!.
Días después, el Presidente Robles,
más ponderado que Espinel, trató de
arreglar la situación sin conseguirlo, porque
Cavero había logrado lo que venía persiguiendo:
crear pugna para que el Mariscal Ramón Castilla,
Presidente del Perú, declarare la guerra.
El 27 de octubre de 1858 zarparon del Callao 17 barcos
de guerra peruanos con destino al Golfo de Guayaquil
al mando del Almirante Ignacio Mariátegui;
pues, un día antes, el Congreso y el Presidente
peruano habían decretado el bloqueo de las
costas y puertos ecuatorianos. Roberto Andrade cuenta
que el General Juan José Flores se ofreció
a Castilla para formar parte de esa escuadra, siendo
rechazado y que su hijo Reinaldo Flores Jijón,
mozo de escasos años, logró embarcarse,
regresando al poco tiempo a Lima por haber tenido
no sé qué líos con una mujer,
en tierras ecuatorianas.
El 31 fondeó la escuadra en Puna y poco después
se conoció la noticia en el país; estábamos
en guerra y para colmos bloqueados y sin fuerzas navales
capaces de oponer resistencia al invasor. Por su parte,
el Mariscal Castilla, cazurro como era, desde Lima
dio vueltas al asunto sin atreverse a calificarlo
de guerra o invasión y soto atinó a
decir: "Estoy en misión", "esta
es una visita armada", ''iré a ayudarlos";
etc. Curiosa visita, misión o ayuda, porque
en medio de tan risueñas declaraciones se levantó
el feroz cerco de Guayaquil, que impedía todo
ingreso de víveres y sumió a la población
en situación por demás estrecha.
Noviembre y diciembre de ese aciago año los
pasamos cercados. Los pocos barcos que lograron arribar
lo hicieron merced al permiso y salvoconducto de la
escuadra peruana. Robles se desesperaba en Quito y
designó Ministro Plenipotenciario en Lima a
Benigno Malo para ver si era posible llegar a un honroso
acuerdo con Castilla; pero Malo nada consiguió
por la obstinada oposición que recibió
del Canciller peruano Manuel Ortiz de Caballos, pintoresco
personaje al que Pedro Moncayo califica de jurisconsulto
hábil y acalorado defensor de los planes de
Castilla contra el Ecuador. Malo, a pesar de ser hombre
cultísimo y hasta erudito en algunas ciencias,
atravezaba por un período de debilidad a consecuencia
de la grave dolencia que le venía aquejando
y sufrió un desmayo el día de la presentación
de sus Cartas Credenciales, oportunidad que aprovechó
Castilla para decir a uno de sus allegados: "Allí
tiene usted la imágen de esa republiquilla
que trata de provocarnos la guerra..."
Entonces el General Flores quiso convencer a Malo
de la inutilidad de su gestión; lo visitó
en el hotel y le recriminó por la misión
que ostentaba pero Malo le dijo: "No sirvo a
Urbina o a Robles, sirvo a mi Patria. Soy como los
antiguos, por ejemplo: Camilo" (refiriéndose
al patriota romano).
—Déjese de antiguallas. Malo, porque
esas son fábulas de Tito Livio.....
—Fábulas o no, siempre debemos observarlas
como máximas de honor y moral. Así,
siempre rechazaré a los Coriolanos y tenderé
mi mano a los Camilos. Flores se retira amostazado
por la indirecta, diciéndose para su interior:
Toma, por haber alzado a Malo, sacándole de
Cuenca para hacerle Ministro.
EL INCIDENTE DEL CONGRESO
Mientras tanto el General Robles luchaba
con el parlamento para obtener las facultades extraordinarias
y García Moreno se oponía. Robles hizo
llamar a Urbina que estaba en Guayaquil, para ver
si lograba convencer á los diputados y senadores
y lo hubiera conseguido de no haber sido por la oposición
de Pedro Moncayo. Al fin, fracasadas estas gestiones,
Urbina abandonó el recinto con los Senadores
Robles, Valverde y Andrade Fuente Fría, los
Diputados Joaquín Fernández de Córdova,
Arcia, Murillo Otoya, Martínez, Velásquez,
Ubillus y Martín de Ycaza Paredes y el doctor
Camilo Ponce Ortiz, Oficial Mayor de la Cancillería
que en esa sesión hizo las veces de Ministro.
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