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UNA
FIESTA FAMILIAR
La Noble y Torera Villa de San Francisco
de Baba fue en tiempos mejores una altanera y pujante
población que disputaba a Guayaquil el liderazgo
de la cuenca del Río Guayas, hasta que con
la independencia comienza su decadencia para convertirse
en lo que es hoy, un simple pueblito de nuestra costa;
pero eso si, con mucho garbo, señorío
y distinción.
Había que ver cómo se vivía en
Baba por el siglo XVIII, cuando tuvo una sociedad
criolla de primer orden, compuesta por las más
ilustres familias españolas de la de la cuenca
de Guayas.
Una crónica de esos felices tiempos nos cuenta
que tanto las damas como los caballeros vestían
de seda. Ellas con trajes blancos y alguna que otra
arandela para adorno, zapatito de tacón y largas
trenzas. El sexo masculino con pantalón blanco
hasta la media pierna, medias muy finas y zapatos
con hebilla de plata. La camisa con encajes y una
larga levita de dril. Para las ocasiones solemnes
esta prenda cambiaba y salían a relucir las
casacas de paño o terciopelo tejidas con hilos
de oro y plata. La espada al cinto y un bejuco "plazarte"
complementaban el atuendo.
EL INCIDENTE DE LA
PELUCA
Todavía no se conocía
la cotona que parece que llega con la independencia
pues su nombre viene de la palabra Cotton que significa
algodón en inglés. El Liquiliqui es
la prenda que se le parece en Venezuela, porque es
oriunda del Caribe. Los mulatos, mestizos y negros,
porque los indios puros son escasos, vestían
igual que los blancos pero sin tanto lujo. La capa
española de muchas vueltas era de ley, no así
las pelucas blancas que solo usaban los nobles. Acerca
de esta costumbre se cuenta que hubo un largo pleito
entre dos vecinos porque uno de ellos, usando a su
esclavo, hizo arrebatar la peluca del otro, dizque
porque no le correspondía. Tamaña afrenta,
registrada en una calle principal de Baba, dió
lugar a un juicio criminal que llegó hasta
la Audiencia de Quito y termina con las fortunas de
ambos y una orden pertinente para que se le repusiera
la peluca al perjudicado, porque habiendo probado
su nobleza de sangre durante el litigio, podía
llevarla en público cuantas veces lo deseare.
LAS FIESTAS Y SANTORALES
De 1700 a 1800 Baba es un centro agrícola
de primer orden. Muchas familias residen en haciendas
cercanas, Citemos al paso las siguientes, solo para
refrescar la memoria: Aguirre, Plaza, de la Cuadra,
Vera, Cepeda, Aviles, de la Rocha, Arzube, Yépez,
Zarate— Chacón, Noboa, del Castillo,
Zepedillo, Avellan, Pacheco, Urtarte, Ayala, Larrabeytia,
Rivera, Malo de Molina, Troya, Moreta, Pareja, Abad,
De la Serna, Moreira, Cedeño, Montesdeoca,
Zumálave, Coello, Cuadrado, Montalvan, Sobenes,
Erazo, Guerrero, Contenete, Bayas, Munites, Aguilar,
Ruy—Díaz, Tello de Meneses, Franco, Ariscún—Elizondo,
Echeverría, Arbeláez, Montalban, Venegas,
Badaraco y Platzaert.
Prácticamente no hay noble en Guayaquil que
no tenga una hacienda en Baba y pase allí siquiera
seis meses al año y en esos meses son numerosos
los compromisos sociales que ocurren a causa del santoral.
EL SANTO DE LA DEVOCION
El día del Santo de la dueña
de casa—hacienda, los preparativos se iniciaban
con el clarear del alba. Muchos faroles forrados dé
papel coloreado se colocan en los árboles cercanos
y, dentro de ellos una gruesa vela de esperma casera,
para prenderla a las seis, cuando lleguen los convidados.
La imagen tallada en madera del santo patrono tocayo
de la propietaria es sacada del oratorio que toda
Casa—hacienda tiene por obligación y
luego de una limpieza general se la coloca en la mitad
del corredor del patio, donde todos la puedan ver.
Muchas parientes y amigas mandan sus mejores alhajas
para adorno y entonces la imagen queda hecha un "San
Jacinto " de pie a cabeza. En ocasiones el santo
es pequeño y entonces el lujo consiste en tenerlo
dentro de una arca de vidrio traída de España,
cruzada por cintas de colores alusivas a la Cofradía
a la que se pertenece la propietaria.
No es raro que se la pinte ex profeso, arreglando
sus vestiduras con aguja e hilo y quiza hasta con
pan de oro impreso al fuego para que dure. A esta
operación la llaman: "dorar al santo"
y aun se la repite en algunos de nuestros pueblos
costeños; solo que ahora, por estar tan caro
el precioso metal, usan la horrible y fea purpurina.
Termina el arreglo del Santo con muchas ramas fragantes
y flores y frutos que se colocan a los pies para dar
más ambiente a la escena.
Los santos más concurridos son San José,
San Jacinto, San Pedro, San Juan, San Francisco, San
Pablo, Santa Ana, Santa Clara, Santa Luisa y Santa
Isabel; Santa Elena también tiene partido,
pero no en Baba, y la Virgen en sus diferentes advocaciones
del Carmen, de las Mercedes y del Soto es venerada
con gran frecuencia.
UNA VELADA INFORMAL
A la caída de la tarde comienzan
a llegar los invitados, unos a pie, otros en caballo
y los más ancianos en sillas de mano o carrozas
de madera, chirriantes, sin balancín y primitivas
desde todo punto de vista. Los franciscanos vienen
a caballo con la sotana café y tosca, pero
calzan hebillas, espuelas y estribos de plata martillada
que valen un Perú. Así, tan inteligentemente,
obedecen las reglas de la orden y demuestran a los
vecinos que sí tienen con que sacar prosa en
determinadas ocasiones. Los Alcaldes y Regidores del
Cabildo llegan muy orondos, todos de pantalón
blanco hasta la media pierna y con peluca; unos portan
la vara de la justicia que los distingue y otros solamente
una espada toledana fina y cara a mas no poder. Les
acompañan sus señoras en hermosos caballos
llevados de las riendas por sirvientes o esclavos.
Se descubren y directo van donde el santo, al que
rezan con unción. Luego se dirigen al sitio
en que la dueña está sentada y le dan
abrazos y besos de felicitación. Se ha cumplido
con la religión; ahora sí, a divertirse
todo el mundo. Son las ocho. ¡Que se inicie
el baile!
Las comadres "de medio pelo" también
asisten, los trabajadores de la hacienda Ídem;
se vive una sociedad muy amplia y los diversos niveles
económicos no se encuentran muy diferenciados.
La riqueza la da el cacao, pero siendo la zona tan
fértil el que menos tiene para vivir. No hay
ricos ni pobres en extremo, todos gozan de la bonanza
del suelo y llevan las cargas al puerto de Guayaquil
para su exportación al Callao, Acapulco, Realejo
y Panamá.
Muchas señoras se empolvan con flor de zinc,
otras se defienden con pomadas fragantes de pétalos
de flores aromáticas. Se huele a jazmín,
clavel y rosa. El abanico y la mantilla no faltan
y los pocos militares de la zona lucen vistosos uniformes
que hacen juego con los coloretes de las casacas.
Los padres no son recelosos y permiten a los jóvenes
que se aparten del grupo. Cada cual se acomoda como
a bien tiene.
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