TOMO I
 
 
 TOMO II
TOMO III
TOMO IV
     


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UNA FIESTA FAMILIAR
La Noble y Torera Villa de San Francisco de Baba fue en tiempos mejores una altanera y pujante población que disputaba a Guayaquil el liderazgo de la cuenca del Río Guayas, hasta que con la independencia comienza su decadencia para convertirse en lo que es hoy, un simple pueblito de nuestra costa; pero eso si, con mucho garbo, señorío y distinción.

Había que ver cómo se vivía en Baba por el siglo XVIII, cuando tuvo una sociedad criolla de primer orden, compuesta por las más ilustres familias españolas de la de la cuenca de Guayas.

Una crónica de esos felices tiempos nos cuenta que tanto las damas como los caballeros vestían de seda. Ellas con trajes blancos y alguna que otra arandela para adorno, zapatito de tacón y largas trenzas. El sexo masculino con pantalón blanco hasta la media pierna, medias muy finas y zapatos con hebilla de plata. La camisa con encajes y una larga levita de dril. Para las ocasiones solemnes esta prenda cambiaba y salían a relucir las casacas de paño o terciopelo tejidas con hilos de oro y plata. La espada al cinto y un bejuco "plazarte" complementaban el atuendo.

EL INCIDENTE DE LA PELUCA
Todavía no se conocía la cotona que parece que llega con la independencia pues su nombre viene de la palabra Cotton que significa algodón en inglés. El Liquiliqui es la prenda que se le parece en Venezuela, porque es oriunda del Caribe. Los mulatos, mestizos y negros, porque los indios puros son escasos, vestían igual que los blancos pero sin tanto lujo. La capa española de muchas vueltas era de ley, no así las pelucas blancas que solo usaban los nobles. Acerca de esta costumbre se cuenta que hubo un largo pleito entre dos vecinos porque uno de ellos, usando a su esclavo, hizo arrebatar la peluca del otro, dizque porque no le correspondía. Tamaña afrenta, registrada en una calle principal de Baba, dió lugar a un juicio criminal que llegó hasta la Audiencia de Quito y termina con las fortunas de ambos y una orden pertinente para que se le repusiera la peluca al perjudicado, porque habiendo probado su nobleza de sangre durante el litigio, podía llevarla en público cuantas veces lo deseare.

LAS FIESTAS Y SANTORALES
De 1700 a 1800 Baba es un centro agrícola de primer orden. Muchas familias residen en haciendas cercanas, Citemos al paso las siguientes, solo para refrescar la memoria: Aguirre, Plaza, de la Cuadra, Vera, Cepeda, Aviles, de la Rocha, Arzube, Yépez, Zarate— Chacón, Noboa, del Castillo, Zepedillo, Avellan, Pacheco, Urtarte, Ayala, Larrabeytia, Rivera, Malo de Molina, Troya, Moreta, Pareja, Abad, De la Serna, Moreira, Cedeño, Montesdeoca, Zumálave, Coello, Cuadrado, Montalvan, Sobenes, Erazo, Guerrero, Contenete, Bayas, Munites, Aguilar, Ruy—Díaz, Tello de Meneses, Franco, Ariscún—Elizondo, Echeverría, Arbeláez, Montalban, Venegas, Badaraco y Platzaert.

Prácticamente no hay noble en Guayaquil que no tenga una hacienda en Baba y pase allí siquiera seis meses al año y en esos meses son numerosos los compromisos sociales que ocurren a causa del santoral.

EL SANTO DE LA DEVOCION
El día del Santo de la dueña de casa—hacienda, los preparativos se iniciaban con el clarear del alba. Muchos faroles forrados dé papel coloreado se colocan en los árboles cercanos y, dentro de ellos una gruesa vela de esperma casera, para prenderla a las seis, cuando lleguen los convidados.

La imagen tallada en madera del santo patrono tocayo de la propietaria es sacada del oratorio que toda Casa—hacienda tiene por obligación y luego de una limpieza general se la coloca en la mitad del corredor del patio, donde todos la puedan ver. Muchas parientes y amigas mandan sus mejores alhajas para adorno y entonces la imagen queda hecha un "San Jacinto " de pie a cabeza. En ocasiones el santo es pequeño y entonces el lujo consiste en tenerlo dentro de una arca de vidrio traída de España, cruzada por cintas de colores alusivas a la Cofradía a la que se pertenece la propietaria.

No es raro que se la pinte ex profeso, arreglando sus vestiduras con aguja e hilo y quiza hasta con pan de oro impreso al fuego para que dure. A esta operación la llaman: "dorar al santo" y aun se la repite en algunos de nuestros pueblos costeños; solo que ahora, por estar tan caro el precioso metal, usan la horrible y fea purpurina.

Termina el arreglo del Santo con muchas ramas fragantes y flores y frutos que se colocan a los pies para dar más ambiente a la escena.

Los santos más concurridos son San José, San Jacinto, San Pedro, San Juan, San Francisco, San Pablo, Santa Ana, Santa Clara, Santa Luisa y Santa Isabel; Santa Elena también tiene partido, pero no en Baba, y la Virgen en sus diferentes advocaciones del Carmen, de las Mercedes y del Soto es venerada con gran frecuencia.

UNA VELADA INFORMAL
A la caída de la tarde comienzan a llegar los invitados, unos a pie, otros en caballo y los más ancianos en sillas de mano o carrozas de madera, chirriantes, sin balancín y primitivas desde todo punto de vista. Los franciscanos vienen a caballo con la sotana café y tosca, pero calzan hebillas, espuelas y estribos de plata martillada que valen un Perú. Así, tan inteligentemente, obedecen las reglas de la orden y demuestran a los vecinos que sí tienen con que sacar prosa en determinadas ocasiones. Los Alcaldes y Regidores del Cabildo llegan muy orondos, todos de pantalón blanco hasta la media pierna y con peluca; unos portan la vara de la justicia que los distingue y otros solamente una espada toledana fina y cara a mas no poder. Les acompañan sus señoras en hermosos caballos llevados de las riendas por sirvientes o esclavos. Se descubren y directo van donde el santo, al que rezan con unción. Luego se dirigen al sitio en que la dueña está sentada y le dan abrazos y besos de felicitación. Se ha cumplido con la religión; ahora sí, a divertirse todo el mundo. Son las ocho. ¡Que se inicie el baile!

Las comadres "de medio pelo" también asisten, los trabajadores de la hacienda Ídem; se vive una sociedad muy amplia y los diversos niveles económicos no se encuentran muy diferenciados. La riqueza la da el cacao, pero siendo la zona tan fértil el que menos tiene para vivir. No hay ricos ni pobres en extremo, todos gozan de la bonanza del suelo y llevan las cargas al puerto de Guayaquil para su exportación al Callao, Acapulco, Realejo y Panamá.

Muchas señoras se empolvan con flor de zinc, otras se defienden con pomadas fragantes de pétalos de flores aromáticas. Se huele a jazmín, clavel y rosa. El abanico y la mantilla no faltan y los pocos militares de la zona lucen vistosos uniformes que hacen juego con los coloretes de las casacas. Los padres no son recelosos y permiten a los jóvenes que se aparten del grupo. Cada cual se acomoda como a bien tiene.

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