LA NOTICIA
LLEGO A GUAYAQUIL
José María Cucalón
y Aparicio envió a Francisco Pérez Portugués,
hombre de su entera confianza, con noticias a Guayaquil,
para que pusiera a su padre el Gobernador al corriente
de los sucesos capitalinos. El 19 de agosto y a escasos
10 días de la revuelta, llegó Pérez
Portugués a Guayaquil, portando varios pliegos
escondidos entre las cobijas de su cabalgadura. Muchos
peligros había corrido para llegar al puerto,
en las barreras impuestas por la Junta Soberana de
Quito para impedir la propagación de la noticia.
Sabedor Cucalón del suceso de Quito aprovechó
la feliz coyuntura que le deparaban las circunstancias,
para ajustar ciertas cuentas pendientes que mantenía
con los vecinos de la oposición y consultado
con su Asesor doctor Pedro Alcántara Bruno,
acerca de la conveniencia de ello, determinaron las
medidas para evitar que el golpe fuere secundado en
Guayaquil. Primeramente adiestraron a Pérez
para que regara la noticia de que "los serranos"
estaban preparando un ejército de 2.000 hombres
para quemar el puerto y entregar el mando a Bejarano
y sus secuaces quitando del medio al propio Cucalón.
Todo eso y mucho más se dijo al día
siguiente produciendo consternación y curiosidad
entre los vecinos. Cucalón confinó a
Bejarano a 25 leguas de Guayaquil, lanzando el 24
de agosto la siguiente proclama: "Guayaquileños,
nada necesitáis de Quito. Este no puede vivir
sin vuestros auxilios y habrán de perecer irremisiblemente
entregados a su desesperación. Ya está
cortada toda comunicación. Hoy marchan tropas
para sostenerlas y evitar la invasión de los
alzados".
Frases que dichas por el Gobernador causaron espanto
entre los pacíficos porteños, que imaginaban
otra invasión pirática, igual a las
de antaño, con incendios, robos, violaciones
y aventuras de peor calibre, por venir la invasión
de dentro y no de fuera. Sólo así y
merced a esta argucia, pudo el Gobernador Cucalón
mantener el control de la ciudad; lástima grande
porque si Guayaquil hubiera plegado a la Junta Suprema
Gubernativa de Quito, otros habrían sido los
destinos de la Patria ecuatoriana. Por su parte, el
Virrey Abascal, enterado de las novedades y enemigo
implacable de toda revuelta en sus dominios, púsose
en contacto con el Virrey de Santa Fe, con el Gobernador
Cucalón y con el anciano y achacoso Presidente
Ruiz de Castilla, a la sazón depuesto de su
cargo y vigilado estrechamente en Quito, remitiendo
desde el Callao con destino a la plaza de Guayaquil
4 cañones con cartuchos de metralla y balas
rasas, 200.000 cartuchos de fusiles y algún
dinero. También ordenó al General Melchor
de Aymerich que retuviera parte de los fondos de la
ciudad y mandara el resto a Cucalón, impidiendo
cualquier envio a Quito.
Abascal siempre creyó más peligrosa
a Guayaquil que a Cuenca y por eso prefería
apertrecharla en armas y dinero; ordenó a Cucalón
que iniciara campaña a los quiteños
desconfiando de la prontitud con que los españoles
de Nueva Granada pudieran sitiar Quito y terminó
la orden con la siguiente frase: "Ejercite usted
a los artilleros en el tiro de cañón
y sepa que en España vamos triunfando",
(refiriéndose a la guerra iniciada en Madrid
el 2 de mayo de 1808 por Daoiz y Velarde, contra las
tropas del Mariscal Soult).
El 19 de septiembre ordenó al General Manuel
de Arredondo que tomara a cargo las tropas destinadas
a Guayaquil y que se mantuviera bajo la sumisión
de Cucalón. En la fragata "Hortensia"
llegó Arredondo a Guayaquil en octubre, portando
el parque y las municiones.
Bejarano y sus amigos, alertados por los patriotas
de Quito y ante el despliegue de tropas limeñas,
veían imposibilitados sus esfuerzos para iniciar
cualquier acción revolucionaria y tuvieron
que mantenerse a la expectativa. Había soldados
en cada sitio de Guayaquil y era tal su cantidad que
no quedaba casa en el puerto que no tuviese dos o
más en calidad de invitados o como simples
huéspedes. ¡Así estaban las cosas!
En Quito el viejo Conde Ruiz de Castilla pudo comunicarse
con José María Cucalón y le entregó
una misiva para su padre el Gobernador en la que escribió
lo siguiente: "Cuatro pícaros sin honor
ni religión se han apoderado de la vil tropa
del cuartel valiéndose del soborno. Han cometido
atentados, han dilapidado el Real Erario. Yo estoy
en libertad, ya, pero sin fuerzas. En este conflicto,
no me queda más que CONFIARLE A USTED TODAS
MIS FACULTADES SIN LIMITACIÓN ALGUNA como a
jefe de toda mi confianza. Si es necesario pida auxilios
al Virrey de Lima, que las cajas reales de Quito reintegrarán
a usted todos los gastos que hubiere hecho. Ponga
el remedio que pondría yo mismo en el caso
de encontrarme libre de opresión".
Al mismo tiempo aceptaba entrar en conversaciones
secretas con el Marqués de Selva Alegre para
zanjar las disputas suscitadas con el golpe del día
10. Montúfar ofreció a Ruíz de
Castilla restituirle en la Presidencia con la condición
que ejerciera al mismo tiempo la de la Junta que él
presidía, porque, no pudiendo abandonar a sus
amigos que le han elevado a la dignidad de jefe del
movimiento y no deseando continuar, decidía
conciliar ambos intereses con la jugada perfecta,
es decir, volver las cosas a su antiguo cauce y aquí
no ha sucedido nada. Volvía pues a gozar de
las prebendas anteriores al golpe, que no eran pocas
por su calidad de rico y titulado y aún más,
merced a esta estratagema, pensaba quedar como político
desinteresado que se sacrifican por Fernando VII.
Aspiraba por esos días, el de Selva Alegre,
a retirarse a su finca de los Chillos y mirar de lejos
los acontecimientos, como simple espectador, saliéndose
del juego que ya le resultaba agotador y peligroso
en todo sentido.
El Presidente Ruíz de Castilla resentido y
todo con Montúfar, decidió aceptar tan
ventajosa proposición. ¿Qué más
podía hacer? Nadie le apoyaba, estaba sin fuerzas
y bastante achacoso. ¿De qué otro modo
podía llegar a su antigua condición
de Presidente de la Audiencia? Se realizó el
Pacto, por el momento la situación permaneció
igual, Cucalón y Abascal lograron conocer del
asunto por intermedio de José Ma. Cucalón
y volvieron a sentirse dueños de la situación.
Entonces Cucalón decidió acabar con
cualquier brote de posible insurrección y dio
el golpe de gracia a sus numerosos enemigos en Guayaquil.
Algunos comerciantes quiteños, afectos al movimiento
del 10 de Agosto, fueron sus primeros perseguidos:
Carlos Lagomarcino —el más audaz - era
conocido por la libertad con que expresaba su admiración
por los próceres, Lorenzo Espinosa, Tomás
Jurado, Antonio García, José Benalcázar,
Martín Chico, José Hernández,
Felipe Jara, Manuel Silvestre Valverde, Mariano Cadena
y Francisco Xavier Pazmiño cayeron presos y
sus bienes fueron confiscados.
En Babahoyo capturaron a Diego Granados, Pedro Veliz
de la Fuente y José Matheus. En Cuenca, Aymerich
también había abusado.
Mientras esto sucedía en Guayaquil y Cuenca,
los patriotas quiteños, intuyendo el pacto
secreto de su Presidente, se dividían en grupos.
Montúfar comisionó al Marqués
de Villa 0rellana a que viajara a Guayaquil y hablara
con Cucalón, para que plegara al movimiento;
pero, Villa Orellana, conocedor de los sucesos últimos
y de la llegada de la tropa limeña al puerto,
en mitad del camino decidió no perder más
tiempo y regresó a Quito.
José María Cucalón se enteró
que su amigo José Fernández Salvador
y López viajaba a Guayaquil comisionado por
Montúfar, circunstancia que aprovechó
para sumársele y viajar con el pasaporte y
salvoconducto concedido. Así lo hizo y ambos
se descubrieron detrás de las líneas
fronterizas y avanzaron a la ciudad en triunfo, siendo
agasajados por el Gobernador que se enteró
de los últimos detalles capitalinos y gozó
a sus anchas del doble juego de Montúfar. ¡Cómo
se reiría de las andanzas del aterrorizado
Marqués!
CHOCAN LAS ARMAS
En el resto de los territorio de la
Audiencia los pueblos se levantaban, José Ignacio
Arteta, Antonio Peña, Pedro Calisto Muñoz
y Francisco X. Montúfar insurreccionaron los
asientos de Ambato, Latacunga, Guaranda, Alausí,
Ibarra y Pomasqui y aguardaban los acontecimientos,
en espera de la llegada de Cucalón.
El Gobernador por su parte marchó a Riobamba,
ciudad que jugaba a dos aguas, un día con los
quiteños y al siguiente con los realistas y
no era mala táctica porque situada como estaba
en medio de Guayaquil y Quito y siendo paso obligado
de los ejércitos, estaba a expensas de ambos.
Además, ya no podía compararse a lo
que fue hasta 1797 en que sufrió el terremoto
que la sepultó en el lodo. ¡No era ni
la sombra de lo que había sido en otros días
no lejanos!.
Cucalón acantonó sus tropas cerca de
Riobamba y envió a Montúfar un comunicado
del Virrey Abascal, exhortándole a rendir la
plaza de Quito sin resistencias. Cucalón ignoraba
que el Marqués había enviado una atenta
esquela al Virrey en la que le manifestaba: "sólo
espero la ocasión favorable para reponer las
cosas en su debido estado, porque estoy prometido
con su Excelencia (Ruiz de Castilla) bajo la palabra
de honor, a hacer los esfuerzos más vigorosos
para que se le haga justicia a su mérito, reponerlo
en su puesto y reconocerlo públicamente como
jefe legítimo, cediéndole gustoso el
lugar que se me dio contra toda mi resistencia".
Abascal, a vuelta de correo y en lugar de respetar
el secreto de la misiva, arengó a los quiteños
diciéndoles desde Lima lo siguiente: "El
insidioso Marqués de Selva Alegre me ha escrito,
cargándoos la culpa de sus excesos". Esto
no lo podía saber Cucalón que seguía
esperando en Riobamba la respuesta de Montúfar
a la misiva de Abascal, tiempo precioso que fue aprovechado
por su segundo, el ambicioso Arredondo, para entrar
en Quito, sin oposición en los patriotas capitalinos
y ocupar la ciudad. ¡Cucalón había
perdido la jefatura del ejército realista.
Entonces Arredondo exigió de Ruiz de Castilla
su reconocimiento como Jefe de las Fuerzas acantonadas
en el Pichincha y obtuvo que el propio Conde ordenara
a Cucalón su regreso a Guayaquil conjuntamente
con las fuerzas que mantenía bajo su mando
en Riobamba. Arredondo presionaba con el doctor Tomás
Arrechaga, a quien había hecho nombrar Asesor
de la Audiencia y Fiscal de ella y entre ambos iniciaran
la persecución de los próceres y sus
muertes el 2 de agosto siguiente.
Mientras tanto Cucalón había regresado
a Guayaquil y encontró que su reemplazo en
los destinos del Gobierno, Coronel Luis Rico y Pérez,
pariente político de Bejarano por estar casado
con su sobrina carnal, una hermana de Rocafuerte.
Rico había despachado copia certificada de
los autos de embargo decretados por Cucalón
contra los bienes del comerciante Lagomarcino, para
que con esa documentación se iniciara la apelación
ante la Audiencia. Cucalón se enfureció
con Rico a quien acusó abiertamente de traidor;
igual cosa hizo con Rocafuerte al que obligó
a salir de la ciudad a pesar de ser Alcalde Ordinario
de ella. Rocafuerte salió con destino a Panamá
para evitar mayores ultrajes a su persona; todo eso,
unido al deseo de hacerle mal que imperaba en Quito,
ya que Arredondo le creía su competidor, hizo
que a la postre las quejas de Lagomarcino, los alegatos
de Bejarano y sus amigos, las misivas de Ruiz de Castilla
y las intrigas de Arredondo predispusieran el ánimo
de Abascal contra el Gobernador de Guayaquil, a quien
por oficio de 7 de agosto de 1810, depuso.
Ganaba Bejarano su guerra privada contra Cucalón
y sólo la muerte de éste, ocurrida hacia
1819, hizo ver al Rey de España la verdad de
los hechos, por lo que dictó una Real Orden
publicada en la Gaceta de 16 de agosto de ese año,
en la que recomienda su memoria diciéndo lo
siguiente: "Que la conducta del Brigadier Bartolomé
Cucalón había sido pura".
LA REVOLUCION DE AGOSTO
POR DENTRO
Pero ¿qué había
sucedido en Quito con los patriotas del 10 de Agosto,
para que permitieran la entrada de los realistas sin
disparar siquiera un tiro? Montúfar no deseaba
continuar como jefe de la revolución y menos
aún que siguieran progresando los acontecimientos,
y habiendo entrado en tratos secretos con el Presidente
depuesto, el movimiento revolucionario se había
dividido en dos bandos opuestos: 1) El del Marqués
de Selva Alegre que lo formaban los Condes de San
José y de Selva Florida, entre otros nobles
más de mucho poder económico y 2) El
de Marqués de Villa Orellana que contaba con
el apoyo de la juventud de agosto y que aspiraba a
continuar la revolución hasta alcanzar la libertad
en los territorios de la Audiencia, propugnando una
acción decidida y valerosa contra los españoles.
Divididos es esta forma, Montúfar hizo público
su pacto secreto con Ruíz de Castilla, dimitió
el mando de la Junta y lo entregó al Conde
de Selva Florida, que lo ejerció nerviosamente
y por pocos días, porque ya las fuerzas de
Arredondo se aproximaban a Quito.
Con Arredondo los montufareños se sintieron
seguros. Menudeando los agasajos en honor de los soldados
y oficiales limeños. Los Aguirre, muy amigos
y luego parientes de los Montúfar ofrecieron
una recepción y cosa igual sucedió en
el Palacio de Carondelet, donde el achacoso Presidente
Ruiz de Castilla había regresado. En Guayaquil
gobernaba interinamente el Coronel Francisco Gil y
Taboada, con nombramiento del Virrey Abascal, y mucho
cuidado tenía de no enemistarse con el bando
de Bejarano que había pactado con Arredondo
y Aréchaga para deponer a Cucalón. Cabe
mencionar que el Coronel Jacinto Bejarano en realidad
no actuaba como patriota, como algunos historiadores
le presentan, sino como enemigo de Cucalón.
Al año siguiente fue comisionado por los españoles
para tratar con el Coronel Carlos Montúfar,
Jefe de la Junta de Quito, levantado en armas contra
España. Esa comisión se la encargó
el propio Cucalón, que aunque depuesto, seguía
al frente de las tropas Santafereñas acantonadas
en Guayaquil. Bejarano mantuvo una posición
expectante en la controversia pues representaba a
unos y pactó con otros; conferenció
con Montúfar en Ambato y regresó a Guayaquil
a tratar con Arredondo. No consiguió arreglar
la situación y se quedó en Guayaquil.
En 1816 organizó las Milicias de la Plaza y
las desplegó en combate en el Malecón
de la ría, para rechazar las fuerzas del Almirante
Brown que venía de Buenos Aires trayendo la
independencia, lamentablemente se le confundió
y trató como pirata. La acción se desarrolló
el 10 de febrero de dicho año, Brown apareció
con dos buques frente a la orilla, en circunstancias
que cambiaba la marea y se vararon sus naves frente
al punto denominado "La Aguardienteria",
Bejarano ordenó que la mitad de la tripulación
sostuviera el fuego y los demás se arrojaran
al río bayoneta en boca y nadaran al encuentro
de las naves argentinas. La tripulación de
Brown se asustó ante tanto arrojo y abandonó
la cubierta de la nave varada y ésta fue abordada,
pereciendo la mitad de los defensores. Manuel de Jado,
previendo la matanza, se había lanzado en una
canoita que no ofrecía ninguna clase de seguridad
al fuego graneado de la nave y subiendo a bordo, arengó
a los guayaquileños al grito de: "Muchachos:
Estáis manchando vuestra victoria. Cuartel
a los vencidos".
Posteriormente Bejarano encabezó un petitorio
al Rey para que anexara Guayaquil al Virreynato del
Perú, cosa que jamás se efectuó.
En su ancianidad pletórico, lleno de dolencias
y achaques, tuvo el altísimo honor de recibir
al comisionado José de Villamil, enviado por
los patriotas octubrinos, quien le propuso la jefatura
del movimiento. Era el 2 de octubre de 1820 y la aurora
plácida estaba próxima. Bejarano dijo
en aquella ocasión: "DIOS PROTEJE A UDS.
LES DESEO EL MAS COMPLETO TRIUNFO. ACUÉRDENSE
QUE TODO CEDE AL ARROJO". Poco tiempo después
moría en Guayaquil independiente.
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