TOMO I
 
 
 TOMO II
TOMO III
TOMO IV
     


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TRIUNFO Y TRAGEDIA DE LOS CACIQUES
La transculturización se inició con la llegada de los Conquistadores a América y presenta entre la nobleza indígena aspectos por demás sugestivos en el orden histórico y sociológico, pues los Caciques querían asemejarse, ser como los recién llegados, imitándoles aún en los detalles mas nimios, las vestimentas, las comidas y las prácticas de sociedad y culto, en moda híbrida, por ser mitad hispana y mitad nativa.

Igualmente se aferraban a sus antiguas preeminencias luchando por el reconocimiento de los méritos y servicios prestados durante la conquista y llegaron a obtener escudos de armas y títulos honoríficos y por matrimonios o simples uniones naturales se mestizaron hasta aumentar tanto el porcentaje de raza blanca que pasaban por criollos ante la comunidad.

En la costa ecuatoriana fue costumbre que los Caciques siguieran viviendo en sus antiguas tribus, no sucediendo lo mismo con la alta nobleza indígena del Perú y Méjico que viajó a España y radicó en la corte.

Los Caciques no pagaban tributo al rey ni se obligaban con servicios personales y conservaron parte de sus tierra.

En lo jurídico tenían fuero especial. Nadie los podía aprehender con orden emanada de jueces ordinarios pues su tribunal era la Audiencia, único organismo que reconocía sus nombramientos y los destituía. También podían recurrir directamente al monarca y demás autoridades y en sus dominios ejercitaban funciones judiciales, resolvían problemas limítrofes de pueblos de indios, otorgaban posesiones de tierras, residenciando a las autoridades de indígenas y usaban vara alta de justicia como los Alcaldes y Regidores de los Ayuntamientos.

La nobleza indígena de la Costa devino muy a menos en el siglo XVII con la desmembración de sus territorios y el éxodo hacia la actual provincia de Esmeraldas. En la sierra, aunque con altas y bajas, los Caciques pudieron conservar sus preeminencias hasta bien entrado el siglo XVIII y aún hasta comienzo del XIX. Basta recordar que doña Rosa Cabezas, hija del Cacique de Otavalo, Tiburcio Cabezas, cuando entraba en Quito, lo hacía precedida de numerosos indígenas de la parcialidad de su padre que la llevaban en andas enchapadas de oro; sin embargo, al poco tiempo, con el advenimiento de la independencia, se arruinó el Cacicazgo, pues esas guerras fueron fatales para las Comunidades indígenas porque las continuas levas de voluntarios se llevaban a los indios jóvenes, que no volvían a sus parcialidades; igualmente, las autoridades, aprovechando el desorden, cercenaban las tierras de propiedad de los Caciques, al no poder apropiarse de las otras tierras, de las Comunidades, que estaban mejor defendidas.

La importancia de los Caciques en el sistema socio - administrativo de América arranca del hecho histórico de no haber desaparecido como clase social durante la conquista, pues fueron ellos los que mantuvieron el orden durante el período de transición entre la dominación indígena y la nueva forma de gobierno española, impidiendo el caos inicial de la colonia. En cambio, los Orejones o Panakas, miembros de la realeza urbana e imperial Incásica, fueron exterminados como elementos peligrosos porque fue justamente a ellos a quienes reemplazaron los conquistadores. Igualmente, los comerciantes indígenas, tuvieron que ceder sus puestos a los que llegaron después. El ejército dejó de ser necesario, pero no así los guerreros, que sabiamente utilizados por los españoles, consumaron la conquista a base del sistemático enfrentamiento de unos contra otros. Los sacerdotes pasaron a brujos, por cuanto sus antiguos dioses, al ser vencidos, fueron considerados demonios, por el cristianismo. Además ¿No era la cristianización de estas regiones la causa moral, justificativa del derecho de conquista?.

Mas no se vaya a pensar que los conquistadores y primeros pobladores era gente burda, pues algunos fueron fieles exponentes del hombre renacentista con sus virtudes y defectos. Muchos habían asistido a las guerras del Milanesado, otros habían combatido en Nápoles contra los franceses, a Barbarroja en el norte del África y después en Flandes y en Lepanto y aunque miserables e iletrados, venían de ciudades donde trajinaban santos y tahúres y frente a los burdos ídolos indígenas reaccionaban con el esteticismo propio de los europeos, que jamás llegaron a comprender tan desformes e irregulares apariencias antropomorfas. No nos debe extrañar que reaccionaran destruyéndolos, pues, hasta el bronco sonido de los tambores cuando anunciaban sus ceremonias religiosas, les causaba una mala impresión, acostumbrados como estaban al risueño tañido de sus campanas, como relata el Cronista Bernal Díaz del Castillo; "los tambores de estas tierras tañían como instrumentos del infierno."

Hernán Cortés, frente a Moctezuma y en la legendaria Tenotchitlan, díjole: "Estos ídolos no pueden ser dioses sino demonios malvados" y el emperador le respondió: "Nos dan salud y agua, buenas sementeras y temporales y victorias cuando queremos." Mas, en la lucha teológica, los sacerdotes indígenas no se deslumbraban ante las difíciles abstracciones de los recién llegados, ni intentaban siquiera comprenderlas. ¿Acaso no tenían ellos una religión que explicaba y daba sentido a la vida con tradiciones de muy hondas raíces históricas?

Así, al triunfar los Conquistadores, llegados y movidos por "el amor a Dios hasta el desprecio a si mismo", sus doctrinas fueron aceptadas por la fuerza de las circunstancias y no por otras razones, mientras ellos se apropiaban del oro y el sexo; sin embargo, poco después, las cosas empezaron a cambiar y hubo indígenas que dieron primacía al espíritu, alcanzando las altas cimas de la cultura occidental.