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TRIUNFO
Y TRAGEDIA DE LOS CACIQUES
La transculturización se inició con
la llegada de los Conquistadores a América
y presenta entre la nobleza indígena aspectos
por demás sugestivos en el orden histórico
y sociológico, pues los Caciques querían
asemejarse, ser como los recién llegados, imitándoles
aún en los detalles mas nimios, las vestimentas,
las comidas y las prácticas de sociedad y culto,
en moda híbrida, por ser mitad hispana y mitad
nativa.
Igualmente se aferraban a sus antiguas preeminencias
luchando por el reconocimiento de los méritos
y servicios prestados durante la conquista y llegaron
a obtener escudos de armas y títulos honoríficos
y por matrimonios o simples uniones naturales se mestizaron
hasta aumentar tanto el porcentaje de raza blanca
que pasaban por criollos ante la comunidad.
En la costa ecuatoriana fue costumbre que los Caciques
siguieran viviendo en sus antiguas tribus, no sucediendo
lo mismo con la alta nobleza indígena del Perú
y Méjico que viajó a España y
radicó en la corte.
Los Caciques no pagaban tributo al rey ni se obligaban
con servicios personales y conservaron parte de sus
tierra.
En lo jurídico tenían fuero especial.
Nadie los podía aprehender con orden emanada
de jueces ordinarios pues su tribunal era la Audiencia,
único organismo que reconocía sus nombramientos
y los destituía. También podían
recurrir directamente al monarca y demás autoridades
y en sus dominios ejercitaban funciones judiciales,
resolvían problemas limítrofes de pueblos
de indios, otorgaban posesiones de tierras, residenciando
a las autoridades de indígenas y usaban vara
alta de justicia como los Alcaldes y Regidores de
los Ayuntamientos.
La nobleza indígena de la Costa devino muy
a menos en el siglo XVII con la desmembración
de sus territorios y el éxodo hacia la actual
provincia de Esmeraldas. En la sierra, aunque con
altas y bajas, los Caciques pudieron conservar sus
preeminencias hasta bien entrado el siglo XVIII y
aún hasta comienzo del XIX. Basta recordar
que doña Rosa Cabezas, hija del Cacique de
Otavalo, Tiburcio Cabezas, cuando entraba en Quito,
lo hacía precedida de numerosos indígenas
de la parcialidad de su padre que la llevaban en andas
enchapadas de oro; sin embargo, al poco tiempo, con
el advenimiento de la independencia, se arruinó
el Cacicazgo, pues esas guerras fueron fatales para
las Comunidades indígenas porque las continuas
levas de voluntarios se llevaban a los indios jóvenes,
que no volvían a sus parcialidades; igualmente,
las autoridades, aprovechando el desorden, cercenaban
las tierras de propiedad de los Caciques, al no poder
apropiarse de las otras tierras, de las Comunidades,
que estaban mejor defendidas.
La importancia de los Caciques en el sistema socio
- administrativo de América arranca del hecho
histórico de no haber desaparecido como clase
social durante la conquista, pues fueron ellos los
que mantuvieron el orden durante el período
de transición entre la dominación indígena
y la nueva forma de gobierno española, impidiendo
el caos inicial de la colonia. En cambio, los Orejones
o Panakas, miembros de la realeza urbana e imperial
Incásica, fueron exterminados como elementos
peligrosos porque fue justamente a ellos a quienes
reemplazaron los conquistadores. Igualmente, los comerciantes
indígenas, tuvieron que ceder sus puestos a
los que llegaron después. El ejército
dejó de ser necesario, pero no así los
guerreros, que sabiamente utilizados por los españoles,
consumaron la conquista a base del sistemático
enfrentamiento de unos contra otros. Los sacerdotes
pasaron a brujos, por cuanto sus antiguos dioses,
al ser vencidos, fueron considerados demonios, por
el cristianismo. Además ¿No era la cristianización
de estas regiones la causa moral, justificativa del
derecho de conquista?.
Mas no se vaya a pensar que los conquistadores y primeros
pobladores era gente burda, pues algunos fueron fieles
exponentes del hombre renacentista con sus virtudes
y defectos. Muchos habían asistido a las guerras
del Milanesado, otros habían combatido en Nápoles
contra los franceses, a Barbarroja en el norte del
África y después en Flandes y en Lepanto
y aunque miserables e iletrados, venían de
ciudades donde trajinaban santos y tahúres
y frente a los burdos ídolos indígenas
reaccionaban con el esteticismo propio de los europeos,
que jamás llegaron a comprender tan desformes
e irregulares apariencias antropomorfas. No nos debe
extrañar que reaccionaran destruyéndolos,
pues, hasta el bronco sonido de los tambores cuando
anunciaban sus ceremonias religiosas, les causaba
una mala impresión, acostumbrados como estaban
al risueño tañido de sus campanas, como
relata el Cronista Bernal Díaz del Castillo;
"los tambores de estas tierras tañían
como instrumentos del infierno."
Hernán Cortés, frente a Moctezuma y
en la legendaria Tenotchitlan, díjole: "Estos
ídolos no pueden ser dioses sino demonios malvados"
y el emperador le respondió: "Nos dan
salud y agua, buenas sementeras y temporales y victorias
cuando queremos." Mas, en la lucha teológica,
los sacerdotes indígenas no se deslumbraban
ante las difíciles abstracciones de los recién
llegados, ni intentaban siquiera comprenderlas. ¿Acaso
no tenían ellos una religión que explicaba
y daba sentido a la vida con tradiciones de muy hondas
raíces históricas?
Así, al triunfar los Conquistadores, llegados
y movidos por "el amor a Dios hasta el desprecio
a si mismo", sus doctrinas fueron aceptadas por
la fuerza de las circunstancias y no por otras razones,
mientras ellos se apropiaban del oro y el sexo; sin
embargo, poco después, las cosas empezaron
a cambiar y hubo indígenas que dieron primacía
al espíritu, alcanzando las altas cimas de
la cultura occidental.
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