TOMO I
 
 
 TOMO II
TOMO III
TOMO IV
     


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SUCESOS DE LA PATRIA BOBA
En 1810 doña María Ontaneda y Larraín formó en Quito una compañía de damas patriotas cuyo principal objeto era cuidar al Coronel Carlos Montúfar durante su estadía en esa capital como delegado de la Junta de Regencia, que ya para entonces se había trasladado a la isla de León, huyendo de las fuerzas francesas. No se conocen los pormenores del caso pero es de presumir que las atenciones y convites menudearon para Montúfar, que no podía rechazarlas por delicadeza, pues estaban dirigidas a precautelar su gozo y seguridad.

El 29 de abril de 1813 Antonio Nariño ordenó que en todas las poblaciones insurrectas se plantara un árbol emblema de la libertad a usanza de la antigua Roma y Grecia. El asunto sonaba a novedad traída de París por cuanto los revolucionarios franceses habían hecho lo mismo veinte años antes y las autoridades de Bogotá desfilaron encabezadas por los Oidores y Alcaldes a caballo, correspondiéndole al Corregidor la tarea de declarar solemnemente inaugurado un árbol de arrayán, en cuya copa se colocaron carteles con leyendas alusivas a la libertad y un óvalo confeccionado en cartón con los nombres de Jesús y María para solicitar la protección divina. De las ramas guindaban tarjetas y gorros frigios y no hubo personaje grande o pequeño que no visitara tan raro y peregrino altar del civismo.

Esa noche hubo luminarias y numerosos concurso de pasantes y se bailó hasta bien entrada la madrugada a los acordes de las bandas militares de los batallones urbanos, pero en 1816 cuando entraron los realistas a la ciudad no se les ocurrió otra cosa más provechosa que descuajar el árbol de arrayán, que no tenia la culpa de nada, perdiéndose tan hermosa reliquia de la Patria Boba.

Mientras tanto había ocurrido en Quito un suceso verdaderamente feliz y que bien merece contarse. Guardaba prisión en Julio de 1810 varios próceres en el cuartel del batallón Real de Lima y entre ellos, uno de los más importantes era Pedro Montúfar y Larrea, hermano del jefe de la Junta y hombre muy adinerado, que ya fuere por pasar las horas o por agradar a los tahúres del batallón, accedía a jugar cartas con ellos, perdiendo de propósito buenas sumas de dinero.

Con este motivo existía un clima de familiaridad poco normal en la prisión entre los soldados y algunos de los detenidos, circunstancia propicia para Montúfar que era diariamente visitado por su sobrina Rosita y por doña María Larraín de Ontaneda, damas de alcurnia, que a veces presenciaban el juego hasta las ocho en que abandonaban el cuartel rumbo a sus casas.

Una noche Montúfar se puso las polleras que usaba la Larraín, quien era tan empingorotada que usaba muchas, con el mantón largo de su sobrina se cubrió los brazos y el rostro e imitando graciosamente el andar de las quiteñas pudo escapar a sitio bien seguro, donde no lo encontraron más.

Del asunto se hizo un escándalo y el presidente Conde Ruiz de Castilla montó en culera, pero nadie dio razón del fugado. Las damas causantes del hecho fueron abochornadas y presas pero a los pocos días se las dejó salir en libertad y años después aun se reían de la pasada que dejó en muy mal sitio al temible Fiscal Dr. Tomás de Aréchaga, quien había jurado hacer colgar a Montúfar por "traidor a la corona".

Por entonces toda disputa se resolvía en grupos de familias de donde surgían antagonismos pueriles que se volvían eternos. Los Montúfar, Larrea, Jijón y Matheus eran montufaristas y los Peña, Maldonado, Ante, Mancheno, Sánchez de Orellana, Barba, Checa y Guerrero se sentían postergados en la Junta y formaban la oposición. A todo esto no faltaban los realistas empecinados como los Carcelen, Fernández- Salvador, Calisto, Ricaurte, Arteta y Muñoz que andaban perseguidos por los montes o escondidos en sus haciendas. Igual cosa ocurría entre los frailes de los conventos, los viejos apoyaban al rey y los jóvenes se alzaban contra ellos dando gritos por la libertad.

En algunos conventos de monjas se confeccionaban uniformes para las tropas patriotas y a los de clausura se le habían agregado candados mayores para evitar que el aire realista de sus interiores se evaporara al contacto con las nuevas ideas y tendencias.

De un Arcediano quiteño se cuenta que yendo por media calle fue detenido por un grupo de revoltosos que le pidieron el santo y seña, costumbre típica en esos tiempos. El pobre tuvo que gritar: "Viva la Junta de Gobierno" para evitar que le faltaren el respeto y fue largamente aplaudido; mas, cuando apenas había llegado a la esquina y sintiéndose libre, dio vuelta en redondo y con la mayor voz que le podía salir de los pulmones vociferó: "Si es que el diablo sigue con Uds. Barrabases!" echando a correr en precipitada fuga, perseguido muy de cerca por los burlados mocetones.

En otra ocasión un santafereño poeta y patriota, iba prisionero, cuando un realista le pidió que compusiera un verso de los que se llaman de pie quebrado, que habiéndose dado una frase inicial tienen que rimar. La frase era "Viva don Fernando VII y su noble y leal nación..." y para hacer más efectiva la cosa hasta apostaron un doblón. Pensó un minuto el poeta y cantó la siguiente estrofa con la gracia propia de los paisas: "Viva Fernando VII y su noble y leal nación, pero con la condición, de que en mi no tenga mando y venga acá ese doblón ...

Con lo que dejó burlado al soldado realista y se ganó su moneda en premio a su talento y en buena ley, que apuesta es apuesta y siempre se debe pagar.