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SUCESION
ESPAÑOLA EN 1700
El Rey Carlos II de España
murió en 1700 sin haber tenido descendencia
de sus dos matrimonios, primero con María Luisa
de Orleans y segundo con Mariana de Necoburg, que
le sobrevivió. Sus últimos años
estuvo muy enfermo y presa de rudos ataques de nervios
que se sucedían con largos períodos
de abulia durante los cuales permanecía sentado
y sin pronunciar palabras.
En la corte habíanse formado dos partidos.
Unos querían que el Sucesor fuera un príncipe
de la familia francesa de Borbón y otros preferían
que siguieran los Habsburgo de Austria. Entre los
primeros estaba el Cardenal Portocarrero, quien tenía
convencido al débil Carlos II de la necesidad
de hacer un testamento a favor del Príncipe
Felipe, Duque de Anjou, hijo segundo del Delfín
de Francia.
Portocarrero era tan hábil que suponía
que Carlos II podía en cualquier momento cambiar
de opinión, así es que para asegurar
que esto no sucediera, convenció al enfermo
monarca de que estaba "Hechizado". El Inquisidor
Mayor de España, Cardenal Rocaberti, también
se dejó engañar y apeló a las
artes de Fray Froilán Díaz, Confesor
del Rey, para que lo exhorcise, ordenando a los demonios
y demás espíritus malignos que salieran
por donde mismo los habían metido "los
partidarios de los Austrias".
Mientras tanto, el Emperador de Alemania, sabedor
de tales sinvergüencerías, ni lerdo ni
perezoso mandó al Capuchino Fray Martín
Tenda, famoso en esas artes, para que también
lo exhorcise y cuando este llego a Madrid declaró
que los únicos y verdaderos causantes de la
real enfermedad eran los partidarios de los Borbones,
y junto a los ramalazos que diariamente le aplicaban
estos impostores al Rey, dizque para curarlo, también
le hacían ingerir nauseabundas pócimas
que lo enfermaron del estómago y el 20 de septiembre
de 1700, a eso de las cuatro de la mañana,
viendo Portocarrero que el Rey podía expirar
en cualquier momento, decidió actuar con el
Cardenal Borja, el Conde—Duque de Benavente,
don Manuel Arias y los Duques de Medina—Sidonia,
Sessa y del Infantado y bajo la amenaza de hacerlo
caer en las penas del infierno consiguieron que el
moribundo firmara su testamento a favor del Duque
de Anjou. Al firmar, dijo, con los ojos anegados en
lágrimas: "Dios es quien da y quita los
imperios. Ya no soy nada ..."
Sin embargo, no murió enseguida, pues aunque
afiebrado y sumido en letargos vivió hasta
el lo. de noviembre de ese año y practicada
su autopsia se conoció que ninguno de sus órganos
eran normales pues unos estaban hinchados y otros
atrofiados; por algo había pasado por la vida
con fama de cretino. Casi enseguida las cancillerías
europeas se movilizaron y comenzó una guerra
diplomática para impedir que el nieto del todopoderoso
Luis XIV ocupara el trono de España; mas, a
pesar de ello, el día 18 de febrero de 1701
entró Felipe V en Madrid, a quien el pueblo
apodo "El animoso", quizá en contraste
con su antecesor que era abúlico. Y como todo
lo nuevo despierta curiosidad, desde los comienzos
fue admirado, quizá en demasía.
El día de su ingreso en la Villa y Corte hubo
"mojigangas", arcos de triunfo, esquelas
poéticas y ninfas vestidas con finas telas
que llevaron al ungido a Palacio entre repetidas vivas
y aplausos del populacho, que aun no sabía
si el nuevo Rey sería bueno y loable. El gremio
de Plateros y Martilladores le presentó una
cabeza real labrada en plata que media seis metros
de alto y tres de ancho y que se colocó en
lo alto de un Arco triunfal. Un poeta le cantó
así: Felipe de mis entrañas, /gran rey
y dichoso eres/ pues, los hombres y mujeres/ te adoran
en las Españas./ A tu esposa María Luisa/
queremos en igual modo:/ Vuestro es nuestro amor y
todo,/ hasta el pellejo y camisa. . . / /.
Felipe V era alto y delgaducho, gustaba de llevar
una peluca blanca empolvada con polvos de plata como
entonces llamaban a los polvos de arroz y con muchos
rizos a la usanza francesa. Desgarbado en sus movimientos
y bastante cómodo para sentarse, estaba casado
con María Luisa de Saboya, princesa igualmente
joven pero débil de carácter, que pronto
fue dominada por la Princesa Orsini, María
de la Tremouille, a quien nombró su Camarera
Mayor y que el pueblo bautizó como "de
los Ursinos", aplebeyándole el apellido.
La reina María Luisa residió muy poco
tiempo en Madrid pues tuvo que huir ante el ejercito
del Archiduque Carlos de Habsburgo, el otro pretendiente
al trono. Se cuenta que la reina lloró desconsoladamente,
no así su marido que se alejó muy fresco;
el pueblo también recibió al Archiduque,
que se hacia llamar Carlos III y cantó lo siguiente:
//Viva Carlos III/, mientras dure el dinero / pues
llegó gastando muchas monedas que largamente
repartió entre la población; pero ese
mismo año las tropas de Felipe consiguieron
dos brillantes victorias en Brihuela y en Villaviciosa
y este pudo regresar a Madrid, quedándose definitivamente
en España.
Su Mujer la reina, tuvo cuatro principitos, sobreviviendo
solamente dos, los futuros reyes Luis I y Fernando
VI, murió el 14 de febrero de 1714, de solo
26 años y de parto, aunque a ciencia cierta
nunca se le descubrió la infección pues
de su último parto quedó muy delicada
y por tal motivo su abuelo político Luis XIV
le envió de París al Dr. Helvetíus,
célebre médico holandés quien
diagnosticó "hidropesía a los pechos",
pero no la curó. ¿Que habrá tenido?.
A su muerte el rey sufrió mucho, iniciándose
su mal psíquico que años después
lo llevaría a la tumba. De entonces le salió
la costumbre de escuchar diariamente al famoso cantante
Farinotti, divo italiano que para preservar su aflautada
voz no trepido en someterse a una delicada operación
de castración que le permtió el privilegio
de pronunciar hasta los más altos tonos de
la escala musical, que sólo cantan las sopranos.
Pero como las razones de estado siempre se imponen,
Felipe V tuvo que volver a contraer nupcias para asegurar
su dinastía y en agosto de ese año casó
con Isabel de Famesio, mujer de gran talento que llegó
a España dispuesta a reinar y para ello comenzó
por expulsar a la terrible Princesa de los Ursinos.
El suceso fue contado por una testigo: "Estaba
la recién llegada en Jadraque, cerca de la
capital y descansando del largo viaje, cuando fue
visitada por la Princesa, que en un abuso de confianza
le señaló algunos defectos del tocado,
quizá queriendo caerle en gracia, pero sólo
consiguió que la echaran de la real presencia
y en medio de la hilaridad de las concurrentes".
Nunca regresó a la Corte y poco después
salió con destino a Roma donde murió
de más de ochenta años.
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