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SECRETOS
DE LA REGION ANIMISTA
Los indios del Amazonas son nómadas
y se desplazan sin rumbo fijo en busca de animales
que matan para saciar sus necesidades. Entre ellos
descuella la nación antiguamente denominada
Jíbara del Oriente ecuatoriano y que hoy conocemos
que forman más de veinte grupos étnicos
diferentes, pero todos ellos combinan las proteínas
con plantas de las que extraen las hojas, tallos,
frutos y raíces; saben que existen algunas
de sabor agradable y alto poder alimenticio, otras
de mal sabor y no faltan las que producen reacciones
negativas en el organismo. Son experimentados botánicos,
conocen las que ocasionan cambios síquicos
de tipo depresivo o eufórico que conducen a
estados alucinantes y modifican la percepción
y la personalidad, especies de puertas para comunicarse
con los espíritus o "arutames" en
sesiones secretas, donde la magia juega un papel preponderante;
esta es la religión de la jivaría ecuatoriana,
basada en la existencia de todo género de espíritus
que pueden ocasionar beneficios: cosechas abundantes,
lluvias necesarias y salud robusta, así como
maleficios; enfermedades, pestes, sequías,
guerras y muertes.
Una tempestad con truenos y relámpagos, la
lluvia, las crecientes de los ríos, los temblores,
los huracanes y en fin, la misma naturaleza, es producida
por fuerzas superiores que no se ven pero que existen
poderosas y complejas a las que hay que agradar con
sacrificios y ofrendas para impedir sus furias. Los
dioses o espíritus viven en sitios poco accesibles
y sagrados como los ríos, cascadas, cuevas,
montes altos de la Cordillera oriental de los Andes.
Cada familia tiene su tótem particular y para
representarlo en forma comprensible a los sentidos
les dan apariencias humanas o de animales según
los casos, mediante la fabricación de toscos
ídolos de barro, madera o metal. Estos tótem
protectores originan un nexo cordial entre el jefe
de la tribu que intercede por ella y la tribu en sí.
Cada tribu tiene un jefe intercesor que al mismo tiempo
es hechicero pues al conocer a los dioses o espíritus
queda capacitado para sanar a los enfermos.
El hechicero utiliza casi siempre cocimientos de yerbas
para ver, tocar, oír, probar y oler a los espíritus
o "arutames". Las yerbas les producen sensaciones
y visiones en las que estos arutames se les aparecen
y hablan sobre diversos asuntos. En Méjico
y en Guatemala dichas plantas son consideradas divinas
por ser vehículos para llegar a los dioses.
Los Jíbaros piensan que durante las sesiones
mágicas pueden predecir el futuro y convertirse
en hombres superiores, también aceptan objetos
"tabúes" que causan desgracias y
"talimanes" que sirven para obtener felicidad.
Los tabúes y los talismanes trasmiten poderes
a quienes lo poseen. Una uña de jaguar, un
colmillo de tigre, etc. proporcionarán fiereza
a los guerreros.
La medicina se realiza por rezos, exorcismo y brebajes
vegetales. El hechicero generalmente es escogido entre
los más corpulentos e inteligentes muchachos
de cada región, capaz de poseer una o más
"arutames" que beneficien su labor de descubrimiento
y curación de las enfermedades.
Cuando muere un anciano la tribu estima que ha ocurrido
un hecho natural y previsto en el devenir físico
de cada ser humano; pero cuando la enfermedad ataca
a un joven, se piensa en maleficios y allí
entra el hechicero para consultar con su arutame sobre
el origen del mal y sus posibles curas.
El hechicero llega a la casa del enfermo portando
un saco con yerbas y polvos y sobre el pecho lleno
de hojas le cuelgan piedras con poderes mágicos;
el saco tiene un sinfín de remedios vegetales,
su botiquín de primeros auxilios. Escucha al
pariente más cercano sobre los síntomas
del "mal" y entra en la choza ocasionando
gran ruido con invocaciones y conjuros dichos en alta
voz. En ocasiones baila alrededor del paciente para
alejar a los malos "arutames" que lo tienen
postrado y enfermo. Luego sopla, raspa o chupa la
"trunchi" o flecha del mal que el enfermo
tiene dentro de su organismo y que le fuera lanzada
por algún enemigo desconocido. Enseguida se
retira del cuarto y emite su dictamen que puede ser
desfavorable si la "trunchi" está
muy adentro y nadie puede sacarla; entonces pasa por
sabio y se decreta la muerte a tal o cual enemigo
autor de la venganza o del mal y al que se supone
necesario matar. Esta estúpida costumbre se
ha venido trasmitiendo de generación en generación
y ha diezmado a la tribus orientales.
Si el hechicero anuncia la curación del enfermo
y éste muere, puede ser que los parientes se
resignen a la equivocación y piensen en la
acción negativa de algún enemigo o estimen
que el hechicero es el verdadero autor del mal y deben
matarlo en venganza. De allí es que el cargo
de hechicero en nuestras selvas orientales es oficio
duro y peligroso y muchos han pagado con sus vidas
por una equivocación.
La ayahuasca o banisteria caapi es una planta de la
familia de las malpighiaces y del orden de las geraniales,
que por lo general tienen hermosas formas con flores
hermafroditas y tallos que se alargan como lianas
o bejucos. El jugo cocinado de la ayahuasca provoca
visiones alucinantes y viajes al estilo del Acido
Lisérgico. Manuel Villavicencio relató
en su Geografía que probó la ayahuasca
y contempló hermosos paisajes con torres y
palacios, en un viaje feliz que lo elevó por
los aires; pero luego, al volver a la tierra, se sintió
en medio de la selva y rodeado de los más feroces
monstruos y enemigos, hasta que poco a poco la droga
perdió sus poderes y regresó a la realidad,
liberándose de tantos horrores. Varios días
después aún le dolía la cabeza,
no recobraba el apetito y vómitos y mareos
lo aquejaban sin misericordia. En otras palabras,
seguía bajo los efectos tóxicos del
brebaje.
Los indígenas solían ingerir dosis pequeñas
de ayahuasca para no sentir esos efectos. Drogados
bailan y cantan, quedan adormecidos y se llenan de
visiones eróticas y sensuales que luego devienen
en caprichosas formas de vibrantes colores para terminar
agitándose en sones de guerra. En ese estado
salen a la cacería y matan a cuanto ser vivo
encuentran a su paso, regresando a los pocos días
con trofeos que prueban sus victorias.
Cuando un Jívaro famoso muere es necesario
conservar su arutame cortándole la cabeza para
reducirla a tzantza. El proceso fue celosamente guardado
durante siglos, pero los Jesuitas lograron averiguar
su secreto y es como sigue: 1) Por el cuello se extrae
la materia gris del cerebro. 2) Lavan la cabeza con
hierbas cocidas, 3) Le introducen hierbas aromáticas,
4) La reducen en sucesivas operaciones con humo de
las fogatas. 5) La pintan de negro con el tinte de
la planta "súa" o genipa americana,
para impedir que el espíritu del fallecido
cobre venganza contra su asesino o parientes.
De regreso a la tribu se organiza un festín,
bailan, cantan y beben chicha. El matador sostiene
su trofeo en alto. Una o dos mujeres de la tribu lo
acompañan y también se benefician con
la tzantza, después la depositan en el centro
para escarnio y mofa de la tribu y el espíritu
que la habita huye de vergüenza al lugar de su
nacimiento. Entonces, ya perdido su poder mágico,
la tzantza puede ser regalada, vendida o abandonada,
conforme le parezca a su propietario, que no está
obligado a conservarla.
Las mujeres están prohibidas de beber ayahuasca
pues les ocasiona desórdenes menstruales y
hasta abortos, pero tienen para sí la elaboración
de la "nijamanchi" a base de yuca, que siembran,
cosechan, pelan, cortan, cocinan y mascan sobre una
escudilla de madera o pondos de barro para su fermentación.
Este es el único licor de la jivaría,
que lo consume gozosamente.
La caza y la pesca son faenas viriles reservadas a
los hombres iniciados (guerreros) y la agricultura
es para las mujeres incapaces de realizar otra labor
por su débil condición.
Los niños pertenecen a la tribu y son criados
por las madres hasta los siete años. De allí
pasan a manos de maestros adiestrados en los secretos
de la selva. De cada veinte niños sale un hechicero
que recibe los conocimientos mediante el depósito
de una punta de madera que le da su maestro, boca
a boca, con saliva mojada en tabaco. Luego transcurre
algunas semanas a dieta de vegetales preparados por
mujeres vírgenes, apartado de la tribu y en
una choza aislada. De allí en adelante necesitará
dos años para aprender botánica y mitología,
ciencias que consideran afines para la curación
de las enfermedades. Durante este tiempo debe inhibirse
de todo trato carnal pues espantaría a su arutame.
Al final puede decir que es un hombre sabio, depositario
de la tradición oral de su tribu y con la calidad
de curandero ayuda a su maestro, acompañándole
en la práctica de la medicina. Allí
se adiestra en pasar sobre el cuerpo de los enfermos
diversas piedras mágicas, distinguirá
los polvos, las semillas, raíces, hojas y flores
y aprenderá a realizar sus cocimientos. También
sabrá distinguir a los malos arutames provocadores
de enfermedades. ¡Ese será su oficio!.
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