TOMO I
 
 
 TOMO II
TOMO III
TOMO IV
     


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SECRETOS DE LA REGION ANIMISTA
Los indios del Amazonas son nómadas y se desplazan sin rumbo fijo en busca de animales que matan para saciar sus necesidades. Entre ellos descuella la nación antiguamente denominada Jíbara del Oriente ecuatoriano y que hoy conocemos que forman más de veinte grupos étnicos diferentes, pero todos ellos combinan las proteínas con plantas de las que extraen las hojas, tallos, frutos y raíces; saben que existen algunas de sabor agradable y alto poder alimenticio, otras de mal sabor y no faltan las que producen reacciones negativas en el organismo. Son experimentados botánicos, conocen las que ocasionan cambios síquicos de tipo depresivo o eufórico que conducen a estados alucinantes y modifican la percepción y la personalidad, especies de puertas para comunicarse con los espíritus o "arutames" en sesiones secretas, donde la magia juega un papel preponderante; esta es la religión de la jivaría ecuatoriana, basada en la existencia de todo género de espíritus que pueden ocasionar beneficios: cosechas abundantes, lluvias necesarias y salud robusta, así como maleficios; enfermedades, pestes, sequías, guerras y muertes.

Una tempestad con truenos y relámpagos, la lluvia, las crecientes de los ríos, los temblores, los huracanes y en fin, la misma naturaleza, es producida por fuerzas superiores que no se ven pero que existen poderosas y complejas a las que hay que agradar con sacrificios y ofrendas para impedir sus furias. Los dioses o espíritus viven en sitios poco accesibles y sagrados como los ríos, cascadas, cuevas, montes altos de la Cordillera oriental de los Andes.

Cada familia tiene su tótem particular y para representarlo en forma comprensible a los sentidos les dan apariencias humanas o de animales según los casos, mediante la fabricación de toscos ídolos de barro, madera o metal. Estos tótem protectores originan un nexo cordial entre el jefe de la tribu que intercede por ella y la tribu en sí. Cada tribu tiene un jefe intercesor que al mismo tiempo es hechicero pues al conocer a los dioses o espíritus queda capacitado para sanar a los enfermos.

El hechicero utiliza casi siempre cocimientos de yerbas para ver, tocar, oír, probar y oler a los espíritus o "arutames". Las yerbas les producen sensaciones y visiones en las que estos arutames se les aparecen y hablan sobre diversos asuntos. En Méjico y en Guatemala dichas plantas son consideradas divinas por ser vehículos para llegar a los dioses.

Los Jíbaros piensan que durante las sesiones mágicas pueden predecir el futuro y convertirse en hombres superiores, también aceptan objetos "tabúes" que causan desgracias y "talimanes" que sirven para obtener felicidad. Los tabúes y los talismanes trasmiten poderes a quienes lo poseen. Una uña de jaguar, un colmillo de tigre, etc. proporcionarán fiereza a los guerreros.

La medicina se realiza por rezos, exorcismo y brebajes vegetales. El hechicero generalmente es escogido entre los más corpulentos e inteligentes muchachos de cada región, capaz de poseer una o más "arutames" que beneficien su labor de descubrimiento y curación de las enfermedades.

Cuando muere un anciano la tribu estima que ha ocurrido un hecho natural y previsto en el devenir físico de cada ser humano; pero cuando la enfermedad ataca a un joven, se piensa en maleficios y allí entra el hechicero para consultar con su arutame sobre el origen del mal y sus posibles curas.

El hechicero llega a la casa del enfermo portando un saco con yerbas y polvos y sobre el pecho lleno de hojas le cuelgan piedras con poderes mágicos; el saco tiene un sinfín de remedios vegetales, su botiquín de primeros auxilios. Escucha al pariente más cercano sobre los síntomas del "mal" y entra en la choza ocasionando gran ruido con invocaciones y conjuros dichos en alta voz. En ocasiones baila alrededor del paciente para alejar a los malos "arutames" que lo tienen postrado y enfermo. Luego sopla, raspa o chupa la "trunchi" o flecha del mal que el enfermo tiene dentro de su organismo y que le fuera lanzada por algún enemigo desconocido. Enseguida se retira del cuarto y emite su dictamen que puede ser desfavorable si la "trunchi" está muy adentro y nadie puede sacarla; entonces pasa por sabio y se decreta la muerte a tal o cual enemigo autor de la venganza o del mal y al que se supone necesario matar. Esta estúpida costumbre se ha venido trasmitiendo de generación en generación y ha diezmado a la tribus orientales.

Si el hechicero anuncia la curación del enfermo y éste muere, puede ser que los parientes se resignen a la equivocación y piensen en la acción negativa de algún enemigo o estimen que el hechicero es el verdadero autor del mal y deben matarlo en venganza. De allí es que el cargo de hechicero en nuestras selvas orientales es oficio duro y peligroso y muchos han pagado con sus vidas por una equivocación.

La ayahuasca o banisteria caapi es una planta de la familia de las malpighiaces y del orden de las geraniales, que por lo general tienen hermosas formas con flores hermafroditas y tallos que se alargan como lianas o bejucos. El jugo cocinado de la ayahuasca provoca visiones alucinantes y viajes al estilo del Acido Lisérgico. Manuel Villavicencio relató en su Geografía que probó la ayahuasca y contempló hermosos paisajes con torres y palacios, en un viaje feliz que lo elevó por los aires; pero luego, al volver a la tierra, se sintió en medio de la selva y rodeado de los más feroces monstruos y enemigos, hasta que poco a poco la droga perdió sus poderes y regresó a la realidad, liberándose de tantos horrores. Varios días después aún le dolía la cabeza, no recobraba el apetito y vómitos y mareos lo aquejaban sin misericordia. En otras palabras, seguía bajo los efectos tóxicos del brebaje.

Los indígenas solían ingerir dosis pequeñas de ayahuasca para no sentir esos efectos. Drogados bailan y cantan, quedan adormecidos y se llenan de visiones eróticas y sensuales que luego devienen en caprichosas formas de vibrantes colores para terminar agitándose en sones de guerra. En ese estado salen a la cacería y matan a cuanto ser vivo encuentran a su paso, regresando a los pocos días con trofeos que prueban sus victorias.

Cuando un Jívaro famoso muere es necesario conservar su arutame cortándole la cabeza para reducirla a tzantza. El proceso fue celosamente guardado durante siglos, pero los Jesuitas lograron averiguar su secreto y es como sigue: 1) Por el cuello se extrae la materia gris del cerebro. 2) Lavan la cabeza con hierbas cocidas, 3) Le introducen hierbas aromáticas, 4) La reducen en sucesivas operaciones con humo de las fogatas. 5) La pintan de negro con el tinte de la planta "súa" o genipa americana, para impedir que el espíritu del fallecido cobre venganza contra su asesino o parientes.

De regreso a la tribu se organiza un festín, bailan, cantan y beben chicha. El matador sostiene su trofeo en alto. Una o dos mujeres de la tribu lo acompañan y también se benefician con la tzantza, después la depositan en el centro para escarnio y mofa de la tribu y el espíritu que la habita huye de vergüenza al lugar de su nacimiento. Entonces, ya perdido su poder mágico, la tzantza puede ser regalada, vendida o abandonada, conforme le parezca a su propietario, que no está obligado a conservarla.

Las mujeres están prohibidas de beber ayahuasca pues les ocasiona desórdenes menstruales y hasta abortos, pero tienen para sí la elaboración de la "nijamanchi" a base de yuca, que siembran, cosechan, pelan, cortan, cocinan y mascan sobre una escudilla de madera o pondos de barro para su fermentación. Este es el único licor de la jivaría, que lo consume gozosamente.

La caza y la pesca son faenas viriles reservadas a los hombres iniciados (guerreros) y la agricultura es para las mujeres incapaces de realizar otra labor por su débil condición.

Los niños pertenecen a la tribu y son criados por las madres hasta los siete años. De allí pasan a manos de maestros adiestrados en los secretos de la selva. De cada veinte niños sale un hechicero que recibe los conocimientos mediante el depósito de una punta de madera que le da su maestro, boca a boca, con saliva mojada en tabaco. Luego transcurre algunas semanas a dieta de vegetales preparados por mujeres vírgenes, apartado de la tribu y en una choza aislada. De allí en adelante necesitará dos años para aprender botánica y mitología, ciencias que consideran afines para la curación de las enfermedades. Durante este tiempo debe inhibirse de todo trato carnal pues espantaría a su arutame. Al final puede decir que es un hombre sabio, depositario de la tradición oral de su tribu y con la calidad de curandero ayuda a su maestro, acompañándole en la práctica de la medicina. Allí se adiestra en pasar sobre el cuerpo de los enfermos diversas piedras mágicas, distinguirá los polvos, las semillas, raíces, hojas y flores y aprenderá a realizar sus cocimientos. También sabrá distinguir a los malos arutames provocadores de enfermedades. ¡Ese será su oficio!.