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SANTOS
Y MILAGROS
Por 1569 Fray Pedro de la Peña
era Obispo de Quito y el Lcdo. Hernando de Santillán
ejercía la Presidencia de la Audiencia, aun
se vivían los temores de los tiempos de las
guerra civiles de los conquistadores pues su recuerdo
seguía fresco; así, pues, el señor
Presidente, temeroso de que lo quisieran asesinar
por las noches, hizo cercar su casa con tiras ajustadas
y llenas de ruidosos cascabeles que lo hubieran despertado
al menor intento de traspasar su propiedad. En otra
ocasión manifestó que la gente de Quito
era la peor del mundo porque lo peor de Méjico
y Centroamérica vivía en Quito.
Unos hablan llegado por el norte desde el río
Magdalena y otros del sur por Guayaquil. González
Suárez opina que Santillán tuvo razón
en sus apreciaciones geográficas y demográficas
pero no en el resto. Santillán era de genio
vivo, mal hablado y drástico en sus resoluciones,
para quien nada habla imposible en la tierra. Al final
de sus días y bastante achacoso, tuvo que viajar
a España a desvanecer cargos que se formularon
en su contra y cansado de tantos avatares se metió
a sacerdote, siendo promovido al Arzobispado de Charcas
(hoy Bolivia) por lo que tuvo que volver a cruzar
el Atlántico y falleció en Lima sin
haberse podido posesionar de su silla, a causa de
los maltratos de este segundo viaje.
Por su parte el Obispo de la Peña sufrió
la rebelión de los canónigos quiteños
que no acataron una de sus disposiciones relacionadas
con la buena conducta que debía primar en los
actos públicos y privados de los religiosos,
ordenando la prisión de Bartolomé Hernández
de Soto y Antonio Ordóñez de Villaquirán.
Igualmente tuvo muchos roces con Santillán,
pues ambos eran de fuerte carácter, lo que
sumado a la estultes del medio, hacíales proclives
a desavenencias.
Años después el Oidor Diego de Ortegon,
muy ufano por estar casada con Francisca de Colón,
descendiente directa del descubridor del nuevo mundo,
exigía que se le trate con Excelencia a él
y de Duquesa a su consorte y como el orgullo y la
fatuidad son contagiosos, tenía una negra esclava
y levantisca y ésta abofeteó por cuestiones
baldíes a otra esclava de propiedad del Dr.
Venegas, español recién llegado a Quito,
quien al presenciar el desplante intervino con su
espada y le atravesó el vientre, pero luego
pagó quinientos pesos de indemnización,
tuvo que retirarse de estos territorios y su crímen
quedo en la impunidad.
Al conocer estos hechos, Ortega había exclamado:
"Que insolencia, Venegas debió haberse
sentido honrado al recibir el mojicón que le
propinó a su esclava, una esclava de la Duquesa.
En 1569 el Guardián del convento franciscano
de Quito, Fray Juan Cabezas de los Reyes, predicando
en una fiesta religiosa sobre el tema de la oración,
dijo que "la oración de un hombre en pecado
mortal no puede agradar a Dios y aconsejaba confesarse
primero para rezar con éxito. "Muchos
fieles quedaron tan impresionados que fueron a sincerarse
con el Obispo, quien ordenó levantar causa
eclesiástica para estudiar dicha proposición
a la luz de la teología.
Como resultado de tales estudios se sacó en
claro lo siguiente: 1) Que Adán recibió
de Dios todos los bienes espirituales necesarios para
una vida sana y feliz. 2) Que los escribas y fariseos
tentaron a Nuestro Señor con muchas sutilezas
y estratagemas de las que Jesús pudo salir
bien parado. 3) Que solamente se consigue gracia y
santificación por medio de la Virgen María,
y 4) Que más grave pecado contra la castidad
y la virtud se comete con viuda que con mujer soltera
y libre. ¿Y qué de la oración,
motivo de la consulta? Bueno, estimados lectores,
con tantos temas de interés, los teólogos
quiteños se fueron por las ramas y no tuvieron
tiempo para entrar al estudio exhaustivo del meollo
del asunto, dejándolo para próxima ocasión
que jamás les llegó.
El VIII Presidente de la Audiencia Dr. Antonio de
Morga y Villaseñor, era considerado muy ilustrado
y hasta hombre de letras. De joven había estudiado
en la Universidad de Osuna con singular éxito
siendo de los más destacados literatos del
claustro, Felipe III lo nombró para Quito y
trajo en su equipaje más de ochenta pinturas
de las escuelas de Sevilla y Venecia, muchas de ellas
aun existen en Quito porque murió de repente
y sin herederos, pasando sus bienes a poder de algunas
familias, por remate.
Nos dejo varias composiciones en verso y en prosa,
siendo la más famosa una escrita con motivo
de las solemnes exequia a Felipe III; también
mandó a erigir varias estatuas de la muerte
de ilustres personajes en la Catedral, para indicar
que a nadie respeta la guadañadora cuando hace
su cosecha de vidas.
Fray Gaspar de Villaroel en su "Historias sagradas
eclesiásticas" cuenta que Fray Presentado
de Salmerón, religioso que viajaba con intenciones
de llegar a España, al arribar a Lima, habló
de una milagrosísima imagen de San Juan de
Sahagün que tenía en su poder y que empezó
a obras maravillas. Muchos quisieron que la regalase
para que se repitieran los milagros pero el sacerdote
cada vez respondía "Antes me dejare hacer
pedazos que dejar a tan buen compañero en estas
tierras"; así es que algunos clérigos
jóvenes, entre los que estaba Villarroel, decidieron
robarle la imagen y lo ejecutaron con gran alboroto
en el convento, porque Fray Presentado gemía
y formó tremendo problema, pero a los pocos
días comprendió que el asunto estaba
concluido y que mejor sería regalar lo perdido
y quedar como filántropo antes que regresar
mohíno y contrariado a España e hizo
lo mismo que aquel vendedor de liebres, que siendo
robado por uno a caballo, le dijo: "Buen hombre,
deténgase un rato y escuche" El otro,
bien asegurada la rapiña, por curiosidad más
que por otra cosa detuvo su huida y oyó no
sin asombro lo que su víctima le grito: "Cómasela
en mi nombre, señor ladrón, porque no
puedo recuperarla."
Y Fray presentado dijo que siempre había sido
su resolución donar la imagen al convento de
Lima y que solo quería verla de vuelta para
mandar a confeccionar un cuadro al óleo por
Francisco Bejarano, famoso pintor de esos tiempos
y Santo remedio, apareció al día siguiente.
Marchóse el Fraile a España pero San
Juan de Sahagún quedó en Lima y dicen
que del puro coraje castigó a los ladrones
negándose a realizar milagros y entonces su
fama cesó, pero aun puede admirarse el bulto
en el templo de San Francisco, donde se le labró
un riquísimo altar de plata con la esperanza
de que se compusiera, lo que aún no ha sucedido.
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