..............................................................................................................................................................................................................
|
QUEVEDO
Y LA MUSA TERPCICORE
Cuando veo los bailes modernos llenos
de contorsiones, estridencias y meneos, recuerdo lo
que cuenta la historia sobre los bailes antiguos,
especialmente los españoles de los siglos XVI
y XVII, anteriores al rigodó, la mazurca y
la polca, que después llegaron de Francia.
Los dichos bailes españoles eran la zamacueca,
el ras— ras, la chacona, el rastro viejo, el
bullicuscuz, el daca aquí el palo y otros más
que tanto agradaban a los nobles como al pueblo llano
y servían de diversión a todos por igual.
El ilustre poeta Quevedo y Villegas, autor de muy
pocos de los cachos que aun hoy se cuentan en el Ecuador
como suyos, en su libro "La Musa Terpcícore"
y haciendo alarde de conocimientos en el ramo de la
danza, trazó una larga cronología de
los bailes aplebeyados de su tiempo y que también
se conocían en América, comenzando por
enumerar el famoso "Ay, ay, ay" de lejana
procedencia árabe y considerado el mejor modo
de pasar el tiempo con mozas generosas y antojadizas
y continuando con la perramora, la capona, el polvillo,
el hermano Bartolo, el pollo, el gateado, que se lo
bailaba en cuatro y el escamarrán, pues todos
eran de uso corriente y nadie se ruborizaba por ellos.
Tanto éxito tenían las danzas, que una
noche el jocundo y españolísimo rey
Felipe IV, al salir del tablado de la Pacheco y del
estreno de una de las creaciones de Lope de Vega,
invitó a don Luis de Haro y a don Baltazar
de Guzmán y Pimentel, Conde - Duque de Olivares,
a un escondido salón del palacio, para aprender
a bailar dichos pasos con don Cleofas, maestro de
un popular bodegón de los contornos. Gran regocijo
les entró a aquellos nobles señores
cuando empezaron a menearse al son del vilipinti,
la marionda, el guirigay— de donde salió
la palabreja que hasta hoy se usa para calificar reuniones
con mucha bulla y gritos, la pipironda y el canario.
Todas esas canturrias tenían frases procaces
de muy mal gusto pero que dichas al calor de los tragos
olían a rosas y a azafrán. Algunas como
el bullicuscuz revelaban el uso vernacular del lenguaje
para alcanzar ritmo dentro del baile. Allí
va la letra para quien le guste: //Zarabullí/
¡Ay bulí, bullí, zarabulli, /
Bullí... cruz, cruz/ de la vera cruz, / yo
me bullo y me meneo/ me bailo, me zangoloteo/ me refocilo
y me recreo/ por medio maravedí/ Zarabulli,
bullí, bullí....//
Pero a los exigentes teólogos no les caía
en gracia tales frases, un si es no impías,
ni tampoco los ademanes, mojigangas, vueltas, dimes
y diretes que se cantan y por eso cayeron sobre ellas
con todas las admoniciones del infierno. El Padre
Juan de la Cerda decía desde el convento de
San Francisco de Madrid, que penaba con excomunión
mayor al que metiera la palabra cruz dentro de los
versos del Bullicuscuz y así fue como este
baile comenzó a desaparecer.
En Guayaquil, danzones como hemos sido desde tempranas
épocas, las admoniciones del reverendo de la
Cerda no nos llegaron ni nos importaron un comino.
Ricardo Palma al tratar sobre la vieja enemistad que
tenían franciscanos y jesuitas del Perú,
dice que todo se originó por un baile o mascarada
en que ambas congregaciones tuvieron parte y de la
que no quedaron buenos recuerdos por la forma en que
terminó, pero sea así o de otro modo,
en estas regiones se amó a la musa Terpsicore
y amén.
Otro autor español de aquellos años,
Esquivel y Navarro, daba tanta importancia al baile
que escribió un enjundioso trabajo titulado
"Discursos sobre el arte del danzado" dividiendo
a los movimientos rítmicos de la danza en cinco,
a saber: Accidentales, extraños, transversales,
violentos y naturales y hasta se atrevió a
opinar que eran los mismos que se usaban en la práctica
de la esgrima ¡Qué cachaza!.
De estos cinco movimientos hacía desprender
otros más, que por accesorios eran menos importantes:
el de pasos, las florestas, los saltos al lado, los
saltos de vuelta, los encajes, las campanetas de compás
mayor, los graves, las breves, las de adentro, las
de afuera, las cabriolas enteras, las medias cabriolas
y las cabriolas atravesadas, los sacudidos, los cuatropiados
(en cuatro), las vueltas de pecho, las vueltas al
descuido, las de folias, las gradas, las continencias
(¿cómo habrán sido?) los boles,
los dobles, los sencillos y los rompidos (así
como se escribe).
El tal Esquivel y Navarro causó sensación
con su Tratado de danzas pues sucesivas ediciones
así lo demuestran, por eso cabe pensar que
nada muere, todo se transforma y en materia de danzas
las antiguas se parecían mucho a las modernas.
|
| |
|