TOMO I
 
 
 TOMO II
TOMO III
TOMO IV
     


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EXPEDICION DE FRAY MIGUEL CABELLO BALBOA
Hacia 1575 el III Presidente de la Real Audiencia, licenciado García de Valverde, ordenó al Presbítero Miguel Cabello Balboa, sobrino nieto de Vasco Núñez de Balboa, que se trasladara a Esmeraldas acompañado del Diácono Juan de Cáceres Patiño, para que entre ambos llamen al orden a Alonso de Illescas, de quien se conocía que era hombre cuerdo y civilizado por la ayuda prestada a un náufrago español en esas costas.

En 1577, tras mucha demora, salieron los expedicionarios de Quito a Manta; eran muchos, llavaban abundantes provisiones y objetos de culto porque iban a fundar una población estable que sirviera de avanzada para futuros intentos de pacificación. El día 15 de septiembre llegaron a las playas de Atacames, repoblándolas por primera vez desde que las abandonó el Capitán Juan de Olmos. Los expedicionarios bajaron la carga, la nave regresó a Manta, dejándoles solos. Días después Alonso de Illescas bajó por el río con indios armados de flechas y cerbatanas y les gritaban:

"¿Qué hacéis aquí en mi tierra? ¿Quién os ha permitido llegar acá? Estas son mis playas! Idos de aquí...."

Balboa le contestó con suaves palabras y entonces Illescas con sus hijos y yerno besó la mano del Presbítero y de su acompañante Cáceres Patiño que estaba a su lado y lo mismo hicieron los demás. Balboa les mostró las Reales Provisiones y su proyecto de fundar una población para mejorar las condiciones de todos los vecinos. Illescas se alegró, eligieron la Bahía de San Matheo, que también estaba abandonada, por ser más conveniente y prometió regresar en doce días con viandas y provisiones. Luego rezaron con unción en la pequeña capilla que se había construido.

AVENTURAS DEL DIACONO CACERES PATIÑO
En la fecha convenida Illescas bajó nuevamente con numerosos concurso de gentes engalanadas que saltaron a tierra y regaló 90 pesos en prendas de oro a la capilla, bien y al día siguiente se despidió amistosamente, llevando al Diácono Cáceres Patiño para que conociera su choza en la espesura, a solo tres días de viaje.

La vivienda era sucia y llena de mosquitos que martirizaban al religioso; pero, todo lo aceptó por el servicio a Dios. Un día le visitó el negro Antonio movido de curiosidad por verle, se arrodilló y le besó la mano, oportunidad que Illescas consideró propicia para arrojársele encima con un puñal y de no haber sido por la agilidad de Cáceres posiblemente lo habría matado; mas, el religioso se interpuso y lo salvó, apostrofando al atacante con tanta vehemencia que logró que ambos se reconciliaran y abrazaran regresando todos a Atacamos a visitar la ranchería.

Días después un buque pasó de Nicaragua a Perú, los divisó y atracó, desembarcando sus ocupantes para proveerse de agua fresca y vender todo género de mercancías a los de la expedición. Los indios se dieron cuenta de estas maniobras y sospecharon contra blancos y negros por igual; sin embargo nada dijeron porque eran astutos. Cinco días después se despidieron Antonio y el portugués yerno de Illescas, prometiendo una nueva visita para el jueves siguiente, que no se realizó. El sábado Cabello Balboa exploró las márgenes del río sin éxito. Una semana después subió Cáceres Patiño encontrando numerosas balsas destruidas y señales de violencia y volvió a la ranchería presa de mil temores.

A los veinticinco días de esos sucesos, en horas de la mañana, se escuchó un grito que venía de lejos; era uno de los negros de Illescas que avisaba que había guerra entre las tribus y que vendrían a asesinar a todos. Se armó un zafarrancho descomunal, los más asustados gritaron y corrieron buscando sus pertenencias, nadie trató de guardar la calma y en pocos minutos, salieron en caravana hacia el sur. Era el día de Todos los Santos lo. de noviembre de 1557.

En mitad del camino se dividieron, unos hacia Portoviejo y otros por la cordillera entraron a Quito. Cabello Balboa había tenido que abandonar los ornamentos para cargar a una señora que ya no podía caminar más. Unos llegaron descalzos y otros desnudos por haber perdido sus vestiduras entre las puntiagudas ramas de los arbustos del camino, todos llagados por los mosquitos y con tal aspecto que movían a conmiseración y lástima. Tal fue el desastroso resultado de esta aventura.

EXPEDICIÓN DE DIEGO LOPEZ DE ZUÑIGA
En 1579 el hijo del Capitán Alvaro de Zúñiga solicitó al Presidente de la Real Audiencia, Diego de Narváez, como premio por haber sojuzgado a los indios orientales sublevados meses antes, se le concediera el derecho de colonizar Esmeraldas con 100 soldados que armó por su cuenta.

Bajó de Quito y durante cuatro meses deambuló en las selvas buscando indios y negros, pero los muy ladinos, al saber de esa expedición, habían huido a las partes más profundas con sus familias y pertenencias. Por fin llegó el pobre Zúñiga a Manabí con sólo veinticinco soldados que volvió a armar y regresó por mar desde Manta, sorprendiendo a Antonio y apresándolo.

Con este rehén siguió por el río Santiago, mas nada encontró y las famosas esmeraldas no aparecían en ningún lado.

Para colmos, perdió la canoa con provisiones de boca, que se hundió en un rápido y pasaron tales penurias que para no morir de hambre debieron alimentarse con raíces, hojas y cogollos de palmas. Sus soldados lo abandonaron y en tan precarias circunstancias el pícaro de Antonio se fugó y López de Zúñiga regresó a Quito empobrecido, derrotado y habiendo gastado en ambas expediciones, ocurridas en 1583 y 1585, sus caudales propios y los de su esposa Mayor de Bastidas, que quedó en la miseria y de paso sin siquiera una esmeraldita, de las muchas prometidas por su marido.

Con esta desgraciada empresa terminó la primera etapa de colonización de los territorios de la Provincia de Esmeraldas y se cerró el siglo XVI sin haberse conseguido ningún beneficio para esas regiones.

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