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PESTE
Y EPIDEMIAS
El Dr. Luis Alfredo Noboa Baquerizo
figuro a fines del siglo pasado como alienista o médico
de locos, tratando a los enfermos del Hospicio "José
Vélez" donde ya no se usaba el látigo
como antaño en Europa, sino la civilizada camisa
de fuerza. Después estuvo en el "Lorenzo
Ponce y hasta su muerte, ocurrida a temprana edad,
introdujo nuevos métodos y mereció la
gratitud de sus pacientes.
Eduardo Tola Merino le dedicó el siguiente
acróstico: //Luz le das a la insania/Ufano
de tu misión/ I devuelves la razón/
Sólo con tu alopatía/// Bien se vé
que no estaba tan trascuerdo don Pablo, pues componía
versos y no de los malos.
Alfredo Valenzuela Valverde es quizá el más
recordado por sus constantes bromas con las que deleitaba
y mortificaba al mismo tiempo a sus pacientes.
Hombre de conversación chispeante, agudo ingenio
y gran mundo, distraía sin cesar con sus sabrosas
salidas. En Europa había sido obsequiado por
el Rey Leopoldo de Bélgica con su valiosísimo
reloj de oro, pues le diagnosticó un tumor
amebiano cuando acababa de llegar del Congo, donde
había permanecido algunos meses.
Cuéntase que en su consultorio primero hacia
pasar a los niños de pecho exclamando "Que
pasen los que maman". "Una cierta tarde
muy calurosa, una dama encopetada y enferma, al oír
la frase, se levantó y dijo: ¡A mí.
Doctor, que ya tengo media hora esperando ¿Ud.
también mama? fue la respuesta y la señora
se sentó a seguir esperando.
Del Dr. César Borja Lavayen se afirma que era
tan seguro en sus diagnósticos que al cobrar
sus honorarios decía "La consulta vale
dos sucres y si no se cura regrese Ud. que le devuelvo
la plata."
En 1918 Guayaquil sufrió la última epidemia
de fiebre amarilla aunque según autores fue
fiebre icteroide solamente, ya que ambos males se
confunden por ser muy parecidos. Años antes
se conocía a la fiebre amarilla con los nombres
de vomito prieto o mal de Siam y a la icteroide como
fiebre aduanera o hemorrágica.
El sabio japonés Hideyo Noguchi que investigó
estas plagas y hasta creyó descubrir el germen
de la fiebre amarilla a través del ultramicroscopio,
solo consiguió aislar el de la fiebre icteroide
en 1920; su esfuerzo trajo un cambio fundamental a
Guayaquil, se desecaron algunos pantanos, se generalizó
el uso del petróleo sobre las charcas o pozas
de agua y murió gran cantidad de larvas de
mosquitos propagadores de esas dolencias.
La bubónica vino a Guayaquil desde los pueblos
del sur del continente y en los vapores de la Pacific
Steam Co. La primera peste data de 1907, la segunda
de 1913, la tercera de 1918 y la última de
1930. Miles de personas morían en las casas,
las familias emigraban a las poblaciones cercanas
y otras a la sierra donde la bubónica no se
daba con igual intensidad. Los médicos creían
terminar con la "peste negra" mediante la
aplicación del suero de Yersin.
En cada ocasión la epidemia era precedida de
una gran mortandad de ratas o "epizootio",
por inoculación del germen a través
de las pulgas infectadas. Entonces se generalizó
el uso de trampas y la Sanidad organizó cuadrillas
cazadoras de estos roedores llegando a pagar cuarenta
centavos por rata grande o pericote y veinte por ratón
pulpero o laucha.
La bubónica se presentaba en tres formas: 1)
Ganglionar, 2) Septicémica o Neumónica,
y 3) Dérmica o Carbuncosa, siendo las más
graves éstas dos últimas y la más
contagiosa la neumónica, que se trasmitía
por todos los medios o sea por picada, mordida o inhalación
del baho de un enfermo.
El Hospital de aislamiento o Lazareto se llenó
al tope y hasta se rechazaban enfermos. La ciudad
quedo vacía por dos o tres meses y los edificios
en que se habían producido casos eran desinfectadas,
cerrándose las ventanas y cubriendo las paredes
con sábanas blancas desde el tumbado al suelo,
humeando numerosos braseros de azufre para matar las
pulgas que caían del techo y a través
de las sabanas en grandes cantidades; también
se acostumbraba que cuando alguien moría de
bubónica se rociaba el cadáver con gasolina
o kerosene para evitar el contagio.
Otras enfermedades también se producían
en forma intermitente en la costa ecuatoriana, por
ejemplo en Esmeraldas, era común el Mal de
Pian o Bubas, tumores a veces mortales. En El Oro
y en Loja y especialmente en Zaruma se decía
que existían numerosos casos de lepra, lo mismo
en Puna donde vivían algunos enfermos retirados
de la población; pero la peor de todas las
dolencias era la tuberculosis que mantenía
a la población con una baja tasa demográfica.
Igualmente la parasitosis era causa de numerosas muertes.
Se calculaba que el 80 por ciento del campesinado
tenia parásitos en los primeros diez años
de vida, no siendo raro observar a niños con
enormes vientres llenos de lombrices que clamaban
a gritos por un vermífugo que nadie les proporcionaba.
Esos seres tenían graves problemas de crecimiento
pues la solitaria les chupaba sus glóbulos
rojos transformándolos en eternas víctimas
de la anemia tropical.
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