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PEQUEÑOS
CRONISTAS
Toda ciudad que se respete ha visto
florecer a los pequeños cronistas, especie
de historiadores domésticos que acostumbraban
anotar en libretitas o papeles sueltos todo acontecimiento
humano o divino de alguna significación. Decir
"Pequeño cronista" es referirse a
épocas anteriores a la imprenta o al periodismo
hispanoamericano; lastimosamente Guayaquil sólo
cuenta con pocas muestras de este género literario.
Allí la crónica de la revolución
de Octubre de Fajardo con detalles de mucho interés
sobre los escarceos prerevolucionarios, como si el
autor los hubiera sabido desde siempre, como si hubiera
compartido algunos pasajes de ellos y en fin, dando
la impresión que hasta hubiera estado completando
desde 1816 cuando menos. Manuel Gallegos Naranjo hizo
de pequeño cronista en una de sus obras, inédita
por cierto, pero merecedora de salir al público
por la variedad de datos y noticias que trae insertos.
En la Colonia se dice que el presidente Alcedo mandó
al padre Jacinto Moran de Butrón a escribir
una Memoria documentada de Guayaquil y su provincia,
que salió después con el nombre del
citado funcionario y de la que se conocen varias ediciones.
Esta crónica fue escrita como documento público
o más bien como Informe, no teniendo por tanto
el dato suelto y pequeño que aguza la curiosidad
del lector de casa adentro.
EN LA REPUBLICA
Pedro Carbo iba escribiendo una buena
historia del Ecuador con documentación abundante
y bien hilvanada, cuando un incendio intencional comenzado
en una pieza de los bajos de la casa que habitaba,
lo dejó sin papeles y lo que es peor, sin el
ánimo de rehacerlos.
Así pues, la pequeña historia guayaquileña
está por escribirse y será materia de
un buen proyecto al alcance de cualquier persona con
suficiente curiosidad, tiempo y que se dedique a la
benedictina labor de ir anotando día por día
los principales acontecimientos del lugar, con sus
correspondientes anécdotas, para matizar tan
áridas lecturas ¡Manos a la obra!
El Dr. Carlos A. Rolando me contaba allá por
1958 que en su primera juventud él había
tenido en sus manos algunas crónicas del Guayaquil
decimonónico anteriores al Incendio Grande
pero que entonces no tenía mayor interés
que eso le vino después de su viaje a Quito
y tras largas conversaciones con el Arzobispo González
Suárez. Lástima grande, porque dichos
papeles se han perdido.
En Bogotá hubo un vecino que fue anotando los
sucesos de la colonia día por día, y
con ingenuidad de cronista inexperto; así escribió
"El Carnero", de tan grata recordación.
En Lima vivieron los Mugaburu, padre e hijo, José
el primero y Francisco el segundo, que entre ambos
hicieron 50 años de crónicas. Estos
Mugaburu han dejado un diario que abarca más
de un siglo del vivir límense. En Quito floreció
el Escribano Ascaray así como su continuador,
pero sólo historiaron aspectos religiosos en
sus famosa serie de Obispos. Los Mugaburu en cambio
se dedicaron a sucesos mundanos sin despreciar por
eso la chismografía de los conventos. El Mugaburu
padre posiblemente fue español de Viscaya y
nació hacia 1.601, pasó a Lima de militar
y llegó a Sargento, comenzando a escribir desde
1640 hasta su muerte, salvo un pequeño lapso
de dos años en que viajó al Cusco y
donde anotó los acontecimientos de esa ciudad.
Murió en 1686 y su hijo Francisco tomó
la posta con interesantes noticias. Se sabe que fue
hijo legítimo en Jerónima de Maldonado
y Flores y debió nacer hacia 1647, que fue
franciscano y residió en los conventos del
Cusco y Callao, secularizándose en 1683 para
regresar a Lima. Tres años después siguió
el Diario de su padre, escribiendo hasta 1690 en que
no se tienen más noticias de él. Así
es que el padre escribió 46 años y el
hijo solamente 4, pero ambos con el mismo estilo,
enumerando festejos y ceremonias, prodigios como el
de la estatua de San Pedro Nolasco, la colocación
de la campana grande de la iglesia de la compañía,
el paseo del Virrey y sus hijos a caballo y con vestidos
de colores y plumas blancas, la ceremonia de bendición
de la primera piedra del convento de Santa Catalina,
los paseos nocturnos a la luz de hachones e incidentes
varios como la desgraciada caída de un mulato
carpintero cuando se encontraba en lo alto del túmulo
levantado para la ceremonia de homenaje a la muerte
del Príncipe Baltazar Carlos ocurrida en Madrid.
La pequeña historia de casa adentro y de vecindario
queda abrillantada por la ingenuidad de los cronistas
Mugaburu, como quedaría después con
otros más de la misma condición, que
cuando el periodismo no había nacido aun en
estas ciudades ya existían compiladores o cronistas
que historiaban lo que sucedía diariamente
en ingenuas y primorosas crónicas, espejos
de la vida lugareña.
Pero como no las hay sin misterio, las crónicas
de los dos Mugaburu también trae ciertas hazañas
de picos pardos como la ejecutada por un sacerdote
italiano que ni bien llegó al Perú se
puso a jactar de haber tenido relaciones con más
de 390 mujeres guapas, que las feas no las contaba
en su lista y todo ello, en menos de dos años.
¡Vaya con el cleriguillo mentiroso y procaz!
También se rebela la causa de la súbita
muerte del Virrey Conde de Niebla, otro don Juan famoso
de esos tiempos, que encontró trágico
fin cuando salía misteriosamente de la casa
de una de las señoras Manrique de Lara, a manos
de algunos parientes.
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