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PATRIOTAS
QUE APOYARON A QUITO
Al producirse la revolución
del 10 de Agosto en Quito las nuevas autoridades comenzaron
a cambiar a los funcionarios subalternos de la administración
por personas adictas al nuevo estado de cosas. El
9 de septiembre, Miguel Hernández Bello, Corregidor
de Latacunga, designó a Carlos Mendoza como
Teniente Pedáneo de Zapotal, en reemplazo de
Matías Victoriano Morales que se había
pasado a los realistas de Portoviejo.
Zapotal está ubicado al norte de la actual
provincia de Los Ríos y entonces era zona estratégica
de paso entre la sierra y la costa, era la frontera
de la Gobernación realista de Guayaquil con
la Junta Libre y Soberana de Quito, cuya jurisdicción
por Latacunga llegaba hasta Zapotal, Ventanas y Ventanilla.
Pocos días después hizo su entrada en
Zapotal el nuevo Teniente Hernández Bello acompañado
del jefe de las tropas Capitán Agustín
Rebolledo y de 4 soldados rasos llamados José
Herrera, Agustín Viscaíno, Manuel Clavijo
y José Camino, siendo recibidos por el Cura
Párroco Fray Pedro Vallejo que los acompañó
a Ventanas y a Ventanillas, que fueron anexados a
la Junta de Quito.
Mientras tanto el Cura de Puebloviejo, José
María Ormaza y Gazitúa se llenaba de
celos contra el padre Vallejo, a quien no le reconocía
ningún derecho a meterse en su jurisdicción
parroquial, por ello escribió varias misivas
al Teniente Coronel José Falques y "Rubí
de Mountilion y al Sargento Mayor Veterano José
de Pimentel Sotomayor para que con el escuadrón
de Dragones de a caballo se movilicen a aprehenderlo.
Falques y Pimentel no se sentían tan fuertes
como para organizar una expedición militar
a Zapotal y por ello comisionaron al propio Ormaza
para que sirviera de intermediario ante las autoridades
de esas zonas.
Carlos Coello y Barreiro era Teniente de Puebloviejo
y Agustín Rebolledo lo era en Zapotal y se
trenzaron en una discusión bizantina sobre
si le correspondía al Obispo de Quito o al
de Cuenca ejercer mando en Zapotal, Ventanas y Ventanillas.
Así las cosas, Rebolledo aprovechó para
alistar a todos los hombres disponibles en Zapotal
y Ventanas con lo que formó una falange belicosa
y a caballo, pero sin armas. En cambio su vecino Coello,
ni siquiera disponía de gente, pues sólo
tenía seis paisanos armados a su favor; sin
embargo, escribió al Gobernador de Guayaquil
pidiendo refuerzo y manifestándole que los
quiteños no invadirían la costa por
Babahoyo como todos pensaban, sino por Zapotal, recibiendo
a la postre unos doscientos hombres a las órdenes
del Capitán José Valdez y cincuenta
más que se situaron en Moquique dirigidos por
el viscaíno Julián Antonio de Aspiazu
y Bonechea, teniente de Gobernador de Palenque.
Estas fuerzas, más la labor de zapa que había
estado realizando el Cura Ormaza, que no trepidaba
en mentir, amenazar o rogar a favor del bando realista,
hizo que los patriotas de Zapotal se desalentaran
y cuando el 21 de septiembre llegó de Quito
un enviado Extraordinario de la Junta llamada Juan
Ponce, para discutir con su amigo el Teniente Coello
sobre una fórmula de arreglo amistoso, casi
no quedaban patriotas. La entrevista debía
tener lugar en Ventanas el día 30, pero el
pícaro de Coello, la noche del viernes 29 sorprendió
a Ponce que tranquilamente descansaba y fue intimado
a prisión por el Cap. José Sebastián
de Puga y Ayala, quien también detuvo a Rebolledo
y sus cuatro soldados y comisó un fusil con
bayoneta, una tercerola, una daga con mango de carey,
dos escopetas y una lanza. Los milicianos pudieron
salvarse porque dormían en sus ranchos y al
oir el galope de los caballos, las órdenes
de mando y demás gritos, tuvieron tiempo para
saltar de sus camas y meterse al monte.
Al día siguiente el Teniente Coello comunicó
su victoria a Guayaquil y fue felicitado por el Gobernador
Bartolomé Cucalón y Villamayor. ¡Se
había despejado la vía de Zapotal para
los realistas!
Los detenidos fueron enviados por Puga a Babahoyo,
descalzos, con grillos y cadenas. Allí los
esperaba Falques que los llenó de dicterios,
tratándoles con grosería y en forma
impersonal como si fueran delincuentes. Las riendas
les fueron bajadas a los caballos y se les hizo montar
para que la población entera los viera en tan
triste circunstancias. En la plaza pública
les vendaron los ojos y quitaron las ropas dejándoles
en paños menores, luego les pasaron una soga
por el cuello amarrándola a un canuto hasta
las manos, en forma tal que la sangre se les agolpaba
en las muñecas y en ese calamitoso estado los
metieron a una celda, remachándoles los pies
con pesados grillos cogidos a la pared. Esa noche
se los comieron los mosquitos a los que ni siquiera
podían espantar.
El 3 de octubre los metieron en una canoa sin más
vestido que un mísero calzonsillo y durante
un día y dos noches los presos se vieron atacados
de toda clase de insectos. Tenían las caras
hinchadas y la alta fiebre los hacía delirar;
sólo el segundo día pudo Juan Ponce
descansar un poco porque entregó un pantalón
que había salvado del pillaje en Zapotal.
Al llegar a Guayaquil, fueron obligados a caminar
por medio del populacho que miraba absorto la escena.
Frente al edificio de la Gobernación estuvieron
una hora hasta que Cucalón bajara. Ponce sufrió
un síncope producido por la fatiga de tres
días de ayuno y no cayó al suelo porque
uno de los presentes lo auxilió. Vuelto en
sí, se encontró frente a Cucalón
que gritaba denuestos contra los vencidos y que ordenó
meterlos en calabozos separados con cepo alto y grillos,
ubicados en los bajos de la Gobernación. Allí
pasaron 25 días con alimentación escasa
y mala hasta que cansado de los ayes que oía,
el propio Cucalón los hizo trasladar a otros
calabozos comunes donde se confundieron con ladrones
y vagos de la peor especie.
Los equipajes confiscados fueron rematados en pública
subasta. Miguel Ponce, hermano del detenido, salvó
algunos comprándolos para sí, menos
un cuchillón y dos escopetas que se había
reservado el Gobernador según costumbres de
esa época y de un eslabón de plata que
cogió su ayudante José Castro.
Entonces el Regidor José López Merino
y el Dr. José Joaquín de Olmedo, Asesor
de la Junta de Temporalidades, intervinieron para
que se trasladara a los detenidos al primer piso alto,
libres de ladrones, cepos y grillos y allí
completaron 65 días de prisión, saliendo
a Quito merced a las influencias de los Rebolledo
y Ponce que habían escrito a Cucalón.
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