..............................................................................................................................................................................................................
|
PALOTES
SOBRE EDUCACIÓN
El Capitán Jacinto Moran de
Butrón y Rendón a fines del siglo XVII
solicitó al Cabildo de Guayaquil que arbitrara
las medidas convenientes para recabar del Rey Carlos
II el permiso para la fundación de un Colegio
de enseñanza secundaria y como era de esperarse,
la Ilustre corporación así lo hizo en
1688, levantando fondos para la construcción
del edificio, adecuación de las aulas y formación
de una modesta biblioteca con libros y textos de estudio.
El Padre Juan Bautista Herrera - Campusano era el
más empeñado en esta tarea ofreciendo
dictar clases gratuitas de Gramática, Retórica,
Dicción y Latín hasta que finalmente
llegó el esperado permiso y se inauguró
el Colegio con gran pompa y regocijo general, trazándose
bien logrados discursos en el acto de apertura de
clases y cuando todo iba viento en popa y los jesuitas
estaban muy contentos, el incendio de 1727 redujo
a escombros el edificio y aunque se siguieron dictando
clases de Gramática en forma aislada, no se
lo volvió a abrir sino hasta veinte años
más tarde.
Con la independencia surgieron nuevas esperanzas,
anotándose que para la época algunos
preceptores daban clases particulares por paga. Solo
en 1843 y durante la Gobernación de Vicente
Rocafuerte se consiguió la fundación
del "San Vicente del Guayas", primer colegio
estable, en el entero sentido de la palabra, que funcionó
en Guayaquil.
Como dato anecdótico vale la pena mencionar
que el Capitán Toribio de Castro y Grijuela
había fundado en el siglo XVII un vínculo
hereditario sobre varios terrenos de su propiedad
ubicados cerca de Posorja, donde funcionaban las salinas
de Punta Arenas, para que con el producto de su extracción
se pagaran preceptores y aprendieran a leer y a escribir
sus descendientes mujeres.
Esta sabia disposición que a primera vista
parecería incongruente, tiene su explicación
en el hecho de que no existiendo escuelas en Guayaquil,
eran las madres de familia las llamadas a enseñar
a leer y a escribir a sus hijos; en ellas descansaba
el peso de la educación durante esos largos
siglos de formación que tuvimos que atravezar
hasta la República.
A los naturales se les enseñaba en las Parroquias
a hablar el idioma castellano mediante el ardid de
hacerlos cantar, lo que vencía la incontenible
modorra que les asaltaba cuando estaban aprendiendo
y por eso era que desde el alba hasta bien entrada
la mañana, cantaban con hermosas voces el alfabeto,
las palabras y los rezos del día, como aquel
que decía: //Dios nos dé muy buenos
días// y amanezcamos con bien// gracias, con
que le sirvamos/ por siempre jamás, amén//
Igualmente en las Encomiendas se cantaba para aprender
durante el primer siglo de colonización, que
después de 1.600 el castellano se generalizó
entre los indios y ya no hubo necesidad, de tal suerte
que el canto fue más sonado que las narices
y como decían antes, mejor es cantar a no hacer
nada, que cuando el diablo no tiene qué hacer,
mata moscas con el rabo.
Como dato curioso cabe aclarar que el mismo Capitán
Jacinto Moran de Butrón y Rendón era
casado con doña María de Guzmán
y Mestanza, quien había heredado el cerro Santa
Ana de sus mayores. Moran tenía negocios con
los Dominicanos de Guayaquil, cuyo convento se encuentra
todavía al pié del dicho cerro y a tanto
llegó la deuda de Moran que un día de
1674 tuvo que entregar la propiedad de su mujer en
pago de la deuda que ascendía a 1.600 pesos
y desde entonces los dominicanos pudieron agrandar
su iglesia y convento. El cerro se tasó en
2.100 pesos y Moran de Butrón recibió
sus documentos y 500 pesos encima. Pasaron los siglos
y para 1.880 la propiedad de los dominicanos lindaba
con la hacienda Mapasingue del Dr. Francisco Javier
Aguirre Jado, que se vendió en dos partes,
la de atrás al Ing. Gómez Gault con
el nombre de Mapasingue y la de adelante que se reservó
algunos años más, vendiéndola
a la Junta Municipal de Beneficencia, que pagó
con 200.000 pesos recibidos en calidad de legado de
la testamentaría de don José Domingo
de Santistevan.
Posteriormente el gobierno quiso arrebatar a los dominicanos
su histórico ccrrito y hasta la Municipalidad
de Guayaquil llegó a negarle sus derechos,
pero Monseñor Juan María Riera se dedicó
a buscar papeles en el archivo del convento y logró
hallar en 1915 los títulos de venta de Moran
de Butrón a los dominicanos, cosa que él
atribuyó a un milagro obrado por Catalina de
Jesús Herrera, monja y escritora mística
guayaquileña fallecida en olor de santidad
y de la que era muy devoto, por haber encontrado sus
cuadernos de apuntes autobiográficos.
Hoy los dominicanos ya no conservan su propiedad pues
se la vendieron al Dr. Alfredo Valenzuela Valverde
y este continuó cobrando el alquiler a los
inquilinos, pero queda la tradición y el recuerdo
de otras épocas cuando les pertenecía
el Cerro y lo alquilaban a la clase pobre de nuestra
ciudad; allí vivían las lavanderas,
los albañiles, carpinteros y calafates, así
como personas de viso que habían caído
en desgracia. El Cerro era para Guayaquil un sitio
de recogimiento, que estando muy cerca del tráfago
del puerto al mismo tiempo conservaba la paz y el
discreto encanto de lo que se ve a medias, algo así
como bajo el claroscuro que se difumina a los lejos.
|
| |
|