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PAIS
DE LA CANELA
En 1536 el Capitán Gonzalo
Díaz de Pineda bajó por el río
Pastaza al Oriente y llamó a esa desconocida
región con el poético nombre de "País
de la Canela", por los numerosos árboles
de "Ishpingo" que en forma silvestre encontraba
a su paso.
Desde ese año hasta 1551 numerosas expediciones
se adentraron a los bosques y selvas próximas
a las estribaciones del ramal oriental de la cordillera,
atraídas por el alto precio que la canela tenía
en Europa, al punto que solo podía ser paladeada
por reyes y potentados.
En 1551 se erigió el gobierno de los países
de la Canela, con amplia jurisdicción, dependiendo
de Quito con el nombre de Tenencia de Quijos. Al año
siguiente se fundó la ciudad de Quijos sobre
el río de ese nombre, que duró muy poco
pues en 1558 sus vecinos la abandonaron para formar
dos nuevas poblaciones llamadas: Baeza sobre los ríos
Mazpa y Bermejo y Mazpa sobre el de su nombre. En
1560 se fundaron tres centros más: Avila, Archidona
y Tena sobre los ríos Suno, Misaguallí
y Tena, respectivamente, creándose al sur el
gobierno de Macas, en una amplia zona boscosa cercana
al Corregimiento de la Villa del Villar Don Pardo
hoy Riobamba. La capital de la tenencia de Macas era
Sevilla de Oro fundada en 1552 sobre el antiguo asiento
aborigen de los indios Macas, con poblaciones filiales
en la villa de Mendoza sobre el asiento de los Huamboyas
y en Logroño sobre el de los jíbaros
del río Paute.
La explotación de la canela no llegó
a prosperar debido al desconocimiento del cultivo
y cuidado de tan raro y delicado Ishpingo o flor de
la canela, planta desconocida en Europa, pues solo
se producía en el archipiélago de las
Especies, donde los portugueses habían fundado
colonias comerciales a fines del siglo XV.
La canela de Ceylán, Java, Sumatra y Borneo
es de aroma fuerte y agradable cuando está
seca y compacta, lo que facilita su molienda y trituración
hasta convertirla en polvo, que es lo que se comercia.
Era tan caro este polvo de canela que su peso y medida
se hacía en balanzas de oro y de alta precisión
para evitar desperdicios. En cambio la canela de nuestro
Oriente, aunque de aroma superior, adolecía
del grave defecto de ser muy húmeda y en ocasiones
pegajosa y difícil de conservar debido a las
constantes garúas que se producen en las cejas
de montañas, por eso su sabor era más
bien desagradable.
Hoy se conoce que la canela necesita de abundante
sol para evaporar cualquier reserva de líquido
que pudiera haber acumulado en el tallo y como en
nuestro oriente florecía a la vera de grandes
y corpulentos árboles, solo quedaba en "ishpingo
babosus" o canela inferior, poco comercial, fácil
de descomponer.
Mas la infalible visión comercial del conquistador
español muy pronto le indicó que el
porvenir del país de la Canela no estaba justamente
en dicho vegetal sino en los numerosos lavaderos de
oro de los ríos orientales, sobretodo en aquellos
que se desprendían de los ramales andinos situados
entre el volcán Cotopaxi y la cordillera de
los Llanganatis, ricos en este metal, al punto que
Manuel Villavicencio, en su "Geografía
de la República del Ecuador", publicada
en 1858, manifiesta que no cree en la leyenda del
tesoro de Atahualpa enterrado por orden de Rumiñahui
en los Llanganatis, sino que dicha leyenda se ha originado
por las numerosas vetas subterráneas de oro
que allí se encuentran y que son tan ricas,
que parte de ellas pasan al Oriente en forma de pepitas
encerradas en terrenos de aluvión, que arrastran
los ríos en las épocas de deshielos.
Para probar este aserto Villavicencio manifiesta que
mientras más cerca de la cordillera se lava
el oro, mayor es el peso y tamaño de las pepitas
que se descubren, pues las menores, llamadas "láminas
o laminitas", son empujadas por las torrentosas
aguas.
Para 1560 existían en Sevilla de Oro y sus
alrededores más de treinta reales de minas
de oro en plena producción. Quijos y Macas
también prosperaban; pero, desde 1589 hubo
una gran epidemia de viruela que azotó los
territorios de la Audiencia de Quito, diezmando a
la población indígena. Solamente en
la ciudad de Quito murieron en pocos meses mas de
treinta mil personas y al poco tiempo las minas, asientos
y ciudades quedaron abandonados. Los indios huían
con terror y sin saberlo portaban el mal, contagiando
a sus vecinos con Viruelas, enfermedad que por nueva
y desconocida en América los exterminaba sin
compasión. Para los indios esta dolencia era
como un castigo divino y lo atribuían a la
presencia de los blancos entre ellos. La idea quedó
latente por muchos años hasta que en 1599 hubo
otra epidemia y un "pende" o sacerdote –
mago, nombrado Quirruba, autodenominado Jefe de la
nación Jíbara, atacó a Logroño,
incendiándola y pasando a cuchillo a todos
sus habitantes hombres y niños, llevándose
a las selvas a las mujeres y niñas que jamás
volvieron a la civilización, perdiendo familia,
patria y Dios, en un solo día.
El tal Quirruba había sido educado en las cercanías
de un real asiento de minas de la Tenencia de Macas
donde conoció de cerca a los españoles
y aún se dice que llegó a estimarlos,
pero fiel a la selva de sus mayores, se escapó
al bosque y logró unir a los Jíbaros
de los ríos Morona y Paute enemigos por tradición
y con ellos se dirigió a Mendoza, encontrándola
desierta, pues sus vecinos habían marchado
dos días antes, avisados por los Macas y Huamboyas
que jugaban a dos aguas y aunque estaban de acuerdo
con Quirruba servían de guías y proveedores
a los españoles.
Quirruba destruyó Mendoza, dejando solo las
construcciones de piedra que no pudo demoler. Enseguida
se dirigió a Sevilla de Oro donde fue rechazado
por el vecindario, pero una semana después
volvió a la andadas cuando ya había
sido abandonada y entonces la destruyó. Hoy
se yergue sobre ese sitio la población de Macas,
capital de provincia y ciudad próspera en nuestro
Oriente, pero el gobierno del país de la Canela
no volvió a surgir, perdiéndose tan
importante esfuerzo civilizador.
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