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MACHUPICCHU
El viaje del Cusco a Machupicchu tiene todo
un matiz de impresiones, reza una guía turística
de por allí y es verdad. Comienza a las 5 y
1/2 de la mañana cuando lo despiertan a uno
en el Hotel para que desayune a las 6 porque a las
6 1/2 sale el único tren que viaja diariamente
a las ruinas, desde la estación de San Pedro,
a pocas cuadras del centro de la ciudad y si se pierde
el viaje, habrá que esperar el siguiente día.
Por eso se compran los pasajes con antelación,
por medio de una agencia de turismo, dada la gran
demanda que existe de ellos. Su costo en sí
no es caro, no pasa de los 35 dólares incluyendo
el derecho a escuchar los interminables discursos
de un guía bilingüe inglés y español.
El trencito amarillo de más de diez vagones
movido por una locomotora, pita y repita antes de
partir. Adentro se acomodan turistas de casi todas
las nacionalidades del mundo; no se encuentra peruanos,
no les interesan sus ruinas o ya las han visto, y
comienza el viaje.
El panorama es cambiante y lleno de emociones, se
sale del Cusco y se llega al Valle Sagrado de los
Incas que baña el Vilcamayo o "Río
del Sol”, después llamado Urubamba, que
va por el Amazonas a desembocar al Atlántico.
Montañas nevadas, indios con ponchos y cultivos
andinos van dando paso a paisajes semi-tropicales
de armoniosa grandeza. De vez en cuando se divisa
a lo lejos las llamadas "terrazas andinas",
construidas en lo más abrupto y empinado de
las montañas para cosechar la quinua, el olluco,
el maíz y la papa, que produce la madre tierra
o "Pachamama". Estas terrazas evitan los
efectos negativos de la erosión y en algunos
casos eran proveídas con tierras fértiles
traídas de los valles en canastas o mantas.
A eso de las once de la mañana y luego de hacer
una breve estación en un tambo donde se puede
comprar riquísimos choclos cocinados, de un
tamaño descomunal, se llega al terminal del
ferrocarril y allí hay que esperar para subir
a unos buses que trepan el cerro a gran velocidad
por la carretera zigzagueante "Hiram Bingham",
con la que se ha honrado la memoria del ilustre explorador
americano que en 1911 casualmente descubrió
las ruinas de Machupicchu en la selva. Esta carretera
sirve para probar los nervios de los más templados
valientes, porque es una vía estrecha, sinuosa
y pendiente, la única para subir a lo alto
de la montaña donde se encuentran las ruinas.
Una vez allí, ¡Oh sorpresa! aparece ante
los turistas una modernísima cafetería
automática con comedor adosado y más
atrás un hotel de cinco estrellas, que siempre
está copado porque dicen que la salida del
sol en Machupicchu es un espectáculo religioso
sin par en el mundo y hay gente que se queda hasta
el día siguiente sólo por eso.
Nosotros, modestamente, sólo habíamos
ido por el día, así es que después
de ingerir un refresco nos dejamos llevar por un caminito
ubicado al otro costado y que da la vuelta a la montaña
y luego de un corto trecho se presentó ante
nuestros asombrados ojos la visión más
rara y dantesca del mundo, toda una ciudad fantasma,
conservada tal como fue construída hace tantos
siglos, que realmente nadie sabe cuántos.
Machupicchu es un conjunto arqueológico monumental,
con calles y casas abandonadas donde no se escucha
un ruido ni se mueve una hoja; todo es de piedra,
desde sus calzadas hasta sus acequias, que en un tiempo
entre 1538 y 1561 albergó a más de 2.500
habitantes, miembros de la corte de Manco Inca II,
que huyeron del Cuzco después de perder la
batalla de Sacsaywaman.
¿Qué hizo ese gentío en Machupicchu
durante 23 largos años? ¿De qué
vivían? Estas y otras preguntas sólo
pueden ser contestadas a base de simples conjeturas.
En 1911 Hiram Bingham descubrió en el cementerio
de Machupicchu 110 momias, de las cuales 82 eran del
sexo femenino, suponiendo que se tratarían
de vírgenes del sol que Manco Inca II llevó
consigo para que no cayeran en poder de los españoles.
Por otra parte una serie de jardines colgantes o terrazas
de cultivos que rodean a Machupicchu hace pensar que
de allí sacaban sus cosechas y que bien pudieron
alimentarse de modo tan ingenioso.
La ciudad está dividida en barrios o complejos,
tiene su reloj solar que aún existe y se puede
tocar, compuesto de una gran piedra graduada matemáticamente
sobre una base para dar con su sombra las horas del
día. Tiene su plaza sagrada para las conmemoraciones
históricas y el ceremonial religioso, el Templo
de las tres ventanas está ubicado en lo más
alto del conjunto, existe la tumba o mausoleo real,
la ventana de las sierpes, así llamada por
las culebras venenosas que encontró Bingham
en su interior; la hermosísima portada de acceso
o puerta principal, un puente incásico que
se dirigía a Chinchaysuyo y una mesa funeraria
complementan el conjunto que finaliza en el cementerio.
Machupicchu tiene todo lo necesario y es una ciudad
incásica como cualquier otra.
¿Entonces, cuál es su importancia y
porqué es tan visitada? La respuesta es simple;
primero se trata de ruinas muy bien conservadas, intocada
hasta su descubrimiento en 1911 y desde allí
respetadas por el gobierno del Perú. Segundo,
se trata de una ciudad - fortaleza, símbolo
de la resistencia nacional frente al invasor español
que todo lo atropelló en el antiguo Perú.
Tercero, es tan especial su encaje natural en la cima
de la montaña, tan sutil su atmósfera
y tan radiante el sol que la decora, que visitarla
es una experiencia religiosa más que turística
y uno sale de ella sobrecogido por la grandiosidad
del paisaje y el respeto que inspira lo más
noble del pasado de la humanidad.
El regreso se hace por el mismo tren, que llega al
Cusco a eso de las nueve de la noche, cuando la ciudad
ya está dormida, la lluvia llora inclemente
sobre sus oscuras y apagadas calles de piedra y el
frío hace temblar. Entonces cae bien una tacita
de hirviente infusión de coca, lo mejor que
existe para el soroche y quién sabe para qué
otras cosas porque la coca es la hoja sagrada y mágica
de los Andes. ¿Lo sabias lector?.
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