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LOS
PRISIONEROS DE CUENCA
El 2 de Agosto de 1809 había
salido un piquete de soldados de Quito con dirección
a Cuenca, a relevar a los que estaban en dicha urbe.
Eran catorce quiteños al mando del Sargento
Mariano Pozo, riobambeño de 36 años
de edad. La tropa marchaba secretamente comprometida
por el Capitán Juan Salinas para propagar las
ideas revolucionarias en el sur. El 8 arribaron a
Cuenca pero la traición de don José
Neyra y Vélez, hizo que una carta enviada desde
Quito, pasara directamente a manos del Coronel Melchor
Aymerich, Gobernador de Cuenca, quien se informó
de todo, mandó a desarmar el piquete y apresó
con grillos a Pozo.
Los otros comprometidos eran el tesorero de las Reales
Cajas, Francisco García Calderón y el
Alcalde de Cabildo Fernando Guerrero de Salazar y
Piedra, apresados por el Teniente de Milicias Manuel
Rodríguez y Villagómez cuando a las
dos de la tarde del 24 de agosto tranquilamente almorzaban
en casa del primero.
El Contador Interventor de la Real Renta de Correos
Joaquín Tobar, vecino de Popayán y de
25 años, vivía en una de las piezas
de la casa del cura de Biblián, Dr. Pedro Ochoa,
donde también alquilaba el Dr. Ignacio Alonso
de Velasco y el día que el correo Blas Santos
llegó a Cuenca trayendo las noticias de la
revolución quiteña, habiendo manifestado
el citado correo que "en Quito queda hecho el
pan y aquí mascarán el ajo", dizque
Tobar había agregado "Al fin gozará
América de libertad con el mando de sus hijos,
cesando los pechos de la rigorosa España, sacudiendo
el yugo de la Casa de Borbón; puesto que es
mejor ser gobernados por los patricios que por estos
ladrones". De todo esto se enteró Aymerich
por boca del chismoso del Dr. Velasco y ordenó
la prisión del correo insolente y de don Joaquín
Tobar.
Igualmente Velasco denunció al comerciante
quiteño Juan Antonio Terán y al ibarreño
Manuel Rivadeneyra y González, que tenía
una tienda de comercio en el frente de la plaza principal
de Cuenca, porque habiendo visto pasar por delante
al odiado Aymerich dizque se habían dicho entre
ellos: "Mejor sería que nos gobiernen
los criollos que los chapetones". “Pluga
a Dios que así sea."
De todo este embrollo de delaciones y chismes obtuvo
Aymerich la prisión de Fernando de Salazar
y Pidra, Francisco García Calderón,
Joaquín Tobar, Vicente Melo, Juan Antonio Terán,
Manuel Rivadeneyra y González, Marino Sánchez,
Miguel Fernández de Córdova y Mariano
Pozo y al 4 de Septiembre los puso en la vía
de Naranjal con destino a Guayaquil, con manos atadas
a las espaldas, engrillados y sobre mulas, y cuantas
veces perdían el equilibrio y caían,
los volvían a montar como si fueran fardos
de tejidos.
Obligados a dormir a la intemperie y sobre suelos
fangosos y húmedos, pasaron frio al principio
y luego el insufrible tormento de los mosquitos, hasta
que el 15 de Septiembre llegaron a Guayaquil donde
el ya conocido Gobernador Cucalón los recibió
en el portal de ese edificio. Los presos llegaban
en total estado de calamidad y fueron bajados a hombros
de negros porque los grillos les impedía cualquier
movimiento por pequeño que este fuera.
Después los encerró en un calabozo de
la planta baja con cepo alto, la familia de García
Calderón intervino y se les bajó el
cepo y así estuvieron hasta que el 10 de Enero
de 1810 fueron remitidos a la orden del Presidente
de la Audiencia, Manuel Urríez, Conde Ruiz
de Castilla, que había vuelto a gobernar, aunque
solamente de nombre, pues dependía en todo
del Coronel Manuel Arredondo.
Durante los días de la prisión guayaquileña
se les inició un proceso penal con la participación
del Fiscal Dr. Joaquín Montesdeoca que muy
suelto de huesos, después de receptarlas declaraciones
instructivas, terminó por pedir la pena de
muerte para los sindicados de "traición
y rebelión" al Rey. En este absurdo y
ridículo proceso actuó como defensor
de oficio el Dr. José Antonio de Marcos y González
de la Carbonera, quien prestó buenos y gratuitos
servicios y hasta contribuyó de su propio peculio
para la adquisición de papel sellado y tinta
de escribir. El 2 de Diciembre, el Procurador Común
Baltazar Joaquín de Torres, contestó
la Acusación del Fiscal con un brillante alegato
jurídico donde no se sabe qué admirar
más, si sus conocimientos en la materia o la
valentía conque los supo exponer, ante autoridades
tan inhumanas como despóticas.
Fernando Guerrero de Salazar y Piedra fue asesinado
mientras era conducido a Quito por una poblada reunida
ex profeso en Ambato. Tobar falleció en prisión,
calzando aún sus atormentadores grillos. Melo
no volvió a recobrar su libertad pues cayó
asesinado en el cuartel Real de Lima el aciago 2 de
agosto de 1810, Francisco García Calderón
logró su libertad y después encabezó
a los patriotas del bando sanchista y luego de batirse
bizarramente en 1812 en San Antonio, último
baluarte de la resistencia patriota, fue derrotado
por Sámano en la retirada de Yaguarcocha, entregó
su espada y murió fusilado junto a sus compañeros
Aguilar y Guyón.
Esa fue la triste suerte que esperaba a los valientes
del año nueve en Cuenca, a través de
sus odiseas en Guayaquil y Quito.
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