..............................................................................................................................................................................................................
|
LOS
DOS CUCHILLOS Y ALGO MAS
El anecdotario de la obra "Los
dos Cuchillos" o "Gobierno eclesiástico
y pacifico", que escribiera Gaspar de Villaroel,
es numeroso y diverso. Cuenta Villaroel que el Marqués
de Montes claros. Virrey del Perú, refería
que en Sevilla había quedado un asistente suyo,
viejo y medio chiflado, que creía ser la Santísima
Trinidad y que un día se le presentó
sucio y con la ropa desgajada, así es que el
Marqués le preguntó con sorna ¿Cómo
es posible que siendo la Santísima Trinidad
estéis así de roto? Esto es, señor
¡porque somos tres al romper! le respondió
riéndose el loco y el bromista Marqués
quedo chasqueado.
El Abad San Besarión tenía un nuevo
testamento copiado a mano y sobre pergamino que reputaba
muy valioso y se entretenía en leerlo con gran
consuelo. Un día se lo robó un monje
y fue a venderlo lejos, dejando el manuscrito en manos
del presunto comprador para que lo estudiara con detenimiento.
Esta persona viajó al convento a consultar
el precio con Besarión, que al ver la obra,
dijo: "Vete con Dios, esta obra no está
cara"... guardándose de avisarle el robo.
Al otro día volvió el monje ladrón
por su dinero y el comprador le manifestó:
"Cuenta las monedas que ya llevé el libro
donde Besarión para que lo estudie y me ha
dicho que está barato". El monje se avergonzó
del robo y no quiso tomarlas, corriendo a devolverlo
a Besarión y le pidió perdón,
pero el santo, lejos de aceptarlo agregó: "Te
perdono, pero léelo tu, que buena falta te
hace ... ¡Te lo regalo!
Vivía un monje en su retiro haciendo mofa del
mundo y tenía por celdas dos pequeños
cuartos y muy contados muebles y ropas; cuando un
día, mientras rezaba en uno de los cuartos,
notó que dos ladrones entraban al otro, hacían
un atado con sus bienes y libros y los cargaban sobre
un borrico. Entonces el perjudicado se levantó
con gran paz y los saludo: ¡Hijos míos!
¿A dónde nos mudamos? Ellos, obstinados
y groseros, se fueron con burlas y el monje quedó
a su vez riendo...
Diego el Ermitaño, santo varón de Dios,
moraba en una cueva de Porfírión en
el Asia cuando algunos burdos individuos decidieron
ponerlo a prueba enviándole una mujer de malas
costumbres y esa noche, mientras Diego dormía,
ella tocó la puerta y fingiendo gran susto
por las fieras de los alrededores, pedía entrar.
Déjeme entrar, soy del monasterio y he perdido
mi camino - Vete mujer, contestó el santo desde
adentro, sin atreverse a abrirle, pero tanto molestó
la perversa que al fin logró sus propósitos
y penetro en la cueva con suplicas y lloros.
Una vez en el interior, gritó que le dolía
el corazón y se tendió en el suelo a
revolcarse. El pobre santo no atinaba a curarla y
ella le rogó que le frotara aceite tibio en
el pecho, desnudándose como Dios la había
mandado al mundo y Diego — en vista de tanto
escándalo— le comenzó a aplicar
el aceite y cada vez que retiraba la mano del pecho
de la supuesta enferma, esta comenzaba a quejarse
y en tan ridícula porfía se estuvieron
ambos cosa de diez minutos, hasta que el santo varón
comenzó a sentir extraños deseos y para
no caer en pecado, solo atinó a poner la mano
libre sobre el fuego! y dándose cuenta la mujer
del sacrificio, reaccionó favorablemente y
pidió perdón y convirtióse. El
Ermitaño Diego la mandó con recomendaciones
donde el Obispo Alejandro, que la metió en
un convento; luego de ello Diego abandonó la
cueva y buscó un sepulcro más alejado
aun, alimentándose de hiervas hasta que ocurrió
su pacífica muerte, que sirvió de ejemplo
a todos por igual.
Felipe IV salía una tarde con lucido séquito
a pasear por las calles de Madrid cuando oyó
a mitad del camino un ruido de voces y preguntó
la razón. ¡Es un cura burdo que lleva
el viático y no quiere ceder el paso! Oír
esta respuesta y bajar del caballo, fue todo uno,
arrodillándose delante del viático con
toda la corte y pasó el cura y detrás
de el fue él rey y los suyos hasta la casa
del moribundo, donde esperaron la salida para volver
a acompañar hasta la iglesia parroquial de
Nuestra Señora de Atocha. Ejemplo digno de
imitación para los demás reyes del mundo,
según apuntó Villaroel.
Fray Luis López de Solis era tan generoso y
desprendido de los bienes materiales que en cierta
ocasión, mientras él mismos remendaba
su viejo hábito, un criado que lo vio, le dijo:
Monseñor, en vuestras cajas hay dinero suficiente
para comprar cien hábitos de armiños.
¿Por qué pierde su tiempo remendando
éste que ya es muy viejo? ¡Idos con Dios!
le contestó el Obispo, que soy un pobre fraile
mayordomo de los que no lo son. Ese dinero no es mío,
con este habito vine a ser Obispo y habiéndole
pedido a Dios que me entierren con él, si no
lo remiendo, no lo harán sin milagro.
Obispo bueno y limosnero, López de Solís,
pues construyó de su peculio el famoso Seminario
de San Luis en Quito y dejó imborrables recuerdos.
|
| ...................................................................................................................................................................................................... |
| |
|
|
|