TOMO I
 
 
 TOMO II
TOMO III
TOMO IV
     


..............................................................................................................................................................................................................

INSTRUMENTOS DEL DIABLO
Aunque nunca existió el cargo de Maestro de Capilla en la Iglesia Matriz durante la colonia, no por eso nuestros mayores se privaron del placer de escuchar música sacra tocada en órgano de fuelle y a base de la lectura de libros de motetes, como llamaban las partituras musicales. El organista y el fuellero, porque sin ambos era imposible maniobrar tal instrumento, eran parte integrante de la liturgia guayaquileña. El primero casi siempre fue algún eclesiástico de los muchos que habían en el puerto. El segundo era moreno liberto al servicio de la Iglesia, o quizá hasta alguno de los esclavos que tenia el Cura de la Matriz.

La música sacra no hacia desdén de la profana y sus instrumentos típicos y para las festividades de los Belenes o Navidades, se oía el sonido de las chirimías y las trompetas, los pífanos, los clarinetes y los atabales, que mas servían para convocar ejércitos que para otra clase de resonancias.

Desde el siglo XVIII la chirimía fue reemplazada por la dulzaina y luego por el oboe moderno. La flauta llegó tarde de Europa y solo se impuso con el advenimiento de la República. El clarinete y el bajón o fagot nos vino de la Italia postrenacentista. La corneta blanca, porque era de marfil, con sus suaves y tenues sonidos, también fue apreciada y hasta se prestaba para que con ella ofrecieran verdaderos conciertos los "ministriles" o músicos a domicilio, llamados cuando se requería alguna distracción.

El sacabuche, antepasado del trombón recibía tan raro nombre debido a los esfuerzos que había que realizar para tocarlo. El serpentón era una larga cometa retorcida cuyos más antiguos orígenes venían de la Francia de los Druidas y era pariente de la trompa o Corno, con el que se daban los toques mayores. El Clarín o trompeta servía para dar las dianas en los cuarteles y fue un instrumento militar. El arpa tenía fama de ser un noble instrumento nacido en Grecia, más propio de mujeres que de hombres, fue muy usado en la colonia y principalmente entre los naturales o indígenas. La vihuela era una guitarra pequeña y el violín solo se impuso en el siglo pasado cuando fue considerado instrumento digno de dar conciertos.

Violas y violonchelos casi no se conocieron y el canto llano y el gregoriano, el primero popular y el segundo sacro, siempre requirieron de acompañamiento, aunque a veces se llegó a cantar a capella, es decir, a simple voz, pero esto fue la excepción.

En la Iglesia Matriz hubo la costumbre de contratar a seis niños cantores que por eso compusieron un coro agudo llamado de los seises, pero pocas noticias se tienen al respecto. Los seises cantaban normalmente en las iglesias de España y América y no pudieron faltar en nuestra pequeña Matriz, donde quizá hasta cantó alguna vez un tiple capón, como se llamaban los eunucos, castrados con fines artísticos para que no les cambiara la voz y pudieran seguir en el oficio hasta los últimos días de sus vidas. Famoso fue el caso del italiano Farinotti, joven que decidió que lo castren, cuando empezó a notar que su voz de tiple se le estaba engrosando y luego de un corto y doloroso receso, pudo reintegrarse a la Cámara de Música de su Majestad Felipe V de España, donde cantaba siempre la misma tonadilla para distracción del melancólico Borbón, que lo tuvo en grande estima y por muchos años más, diciendo que cantaba como los ángeles.

Pero no faltaron obispos maliciosos que definieron a la música como un abrebocas diabólico para que los "cristianos se pierdan en mundanos vericuetos" y sobre todo si con ella se servían para bailes con mujeres y ni cortos ni perezosos prohibieron estas demostraciones y hasta condenaron a quienes practicaban danzas y a los instrumentos musicales, por ser invenciones del Diablo.

Durante las Fiestas de Corpus era usual que salieran los cristianos en procesión y que algún maestro de danzas enseñara los pasos a los angelitos. Estos maestros eran españoles llegados de la península, que por su profesión de espaderos habían aprendido "pasos ágiles y gimnásticos" y de allí, con habilidoso tino, resultaron maestros de danza ¡Vaya giro profesional!.

Desconocemos si por aquí también anduvo algún Maestro cantor, de los que solían componer "Autos sacramentales" para ser representados en los atrios de las iglesias. Chávez Franco menciona este tipo de demostraciones artísticas pero como nuestra documentación municipal sufrió el embate de los incendios, poco o nada queda de recuerdo y no se puede asegurar ni que si ni que no.

Los "autos sacramentales" eran sainetes litúrgicos donde nunca faltaba el coro de seises o niños tiples, ni el bufón o bobo a cuyo cargo corrían las mojigas y mojigangas, con las que el público se distraía a más no poder. Sin embargo estos autos tenían de todo, eran drama y comedia, poseían coros y canciones y a veces hasta existía el dialogo franco y cordial con el pueblo, que de espectador pasaba a actor, entonando villancicos o canciones populares por todos conocidas. Eran lo sublime mezclado con el ridículo y en no pocas ocasiones terminaron en tumultuosas riñas cuando el mojiga abusaba de sus bromas, chanzas y charadas con algunas mozas espectadoras y los novios o maridos salían en sus defensas.

La música existió en la coloma como arte latente aunque no cultivado. No hubo maestros ni especialistas que enseñaran la técnica ni compositores que crearan piezas o tonadas, pero el sentimiento popular mantuvo ciertos niveles de arte a través de los años y en los conventos se cultivó la Música sacra o noble para deleite de todos y riqueza del ceremonial.

Juan Bautista Aguirre Carbo es el mayor poeta de la colonia, criterio que se tiene desde su redescubrimiento en el siglo pasado por obra del erudito bibliógrafo argentino Juan María Gutiérrez, quien publicó en 1865 "Estudios Biográficos y Críticos" con poesías del jesuita guayaquileño. Posteriormente correspondió a Gonzalo Zaldumbide culminar esta misión y he aquí que la obra de Aguirre se nos presenta más honda y más bella.

No con la opacidad del disparate bien dicho, ni del delirio conceptista o culterano como la leyera en 1866 Juan León Mera, sino con el conocimiento del secreto que encierra y que Aguirre lo confió sólo a medias, bajo un ingenioso sistema para eludir las pesquisas de la inquisición.

Aguirre tituló uno de sus poemas de la manera que sigue: "El P. Juan Bautista de Aguirre.— Revelación del Poeta. Leed desprevenidos unas cuantas estrofas de ésta su carta a Lizardo".— ¡Ay querido Lizardo! / si feliz muerte conseguir esperas/ es justo que advertido,/ pues naciste una vez, dos veces mueras;/ así las plantas, brutos y aves lo hacen/ dos veces mueren, una sola nacen.

Hemos copiado sólo la primera estrofa, por ser el poema muy largo; atroz rompecabeza conceptista le pareció a Mera, igual que a cualquiera que lo lee sin darse cuenta del mensaje, porque a primera vista establece una tesis aparentemente ridícula que todo ser vivo debe morir dos veces para nacer una; pero Aguirre sabía lo que decía a Lizardo (personaje ficticio o quizá también alquimista como él) a quien le refería el secreto oculto, de tal forma disfrazado, que nadie más que los iniciados pudieran entenderlo. Hasta que un buen día a alguien se le ocurrió descubrir ese mensaje y hoy lo sabemos tú y yo, querido lector.

El padre Aguirre fue alquimista y de los buenos, practicó la antigua Al — Chimia que importaron los árabes a Europa en la alta edad media, ciencia tan antigua como el occidente y que se remontaba al antiguo Egipto, a una misteriosa piedra verde llamada la "Esmeraldina" donde un faraón escribiera su mensaje con palabras obscuras y de eternidad. Dicha piedra dizque fue descubierta por el Califa Ornar en el interior de una de las pirámides, de donde la sacó en el siglo VIII.

Posteriormente los alquimistas se multiplicaron por Europa. Unos intentaron la vía seca, del fuego, queriendo combinar mercurio con una substancia también misteriosa llamada la piedra filosofal, para sacar oro. Otros, en cambio, fueron más sutiles y espirituales y trataron de llegar a Dios mediante la perfección corporal y moral, a base de ejercicios y lecturas, de meditaciones trascendentales, de purificaciones y a todo esto se llamo la vía húmeda, porque no requería del fuego, daba salud y prolongaba los años de juventud más allá del tiempo razonable.

Entre los primeros se dieron sonados descubrimientos químicos casi por casualidad, su alquimia se llenó de experimentos, redomas, crisoles, retortas y hornos que funcionaron a todo vapor. ¿Que si encontraron oro? Parece que no, aunque la ciencia moderna ha probado que los átomos de los cuerpos simples pueden disgregarse y combinar a voluntad del hombre, aunque a costos elevadísimos. ¿Sería la alquimia la etapa final de una ciencia avanzada y extinguida hace mucho, cuyo recuerdo se conservó en Egipto? ¿Quién lo puede saber? sólo conocemos que a partir del siglo XVI los alquimistas tuvieron que trabajar en el secreto de sus laboratorios para huir del populacho y del Santo Oficio, que en España y sus colonias quemaba a los heterodoxos en la hoguera.

Así pues, no es vana pretensión imaginar a Aguirre metido hasta las narices en experimentos alquímicos, por diversión o por curiosidad de científico, que lo fue sin duda, porque vio con el primer microscopio traído a la Audiencia a "los corpúsculos pequeñísimos llamados microbios causantes de todas las enfermedades y hasta compuso un Tratado completo de Física en latín." Igualmente conoció los sistemas físicos modernos de Pascal y Newton que enseñó con gran éxito en la Universidad de Quito y así podríamos seguir mencionando sus logros, pero temo cansar. Al final de sus días fue extrañado del país por la Pragmática de Carlos III y junto a sus compañeros viajó a Italia donde recibió la protección del Arzobispo de Tívoli. Fue consejero de Cardenales y Prelados y tenido por hombre de consulta de casi todos ellos. Le decían "Pico de Oro" por su talento, murió apreciadísimo de todos.

¿Y el verso? ¿Porqué hay que morir dos veces para nacer una? No los voy a dejar con la curiosidad, les descifraré el mensaje a Lizardo. Aquí va: Todo ser vivo nace muerto según los filósofos, porque nace ignorante y en pecado, por eso debe ser bautizado; para los alquimistas esto no era lo último, debía morir de nuevo, para nacer en el conocimiento del secreto, del mensaje, del símbolo y obtener su unión con Dios.

A la primera muerte por la ignorancia y el pecado, debía seguir la segunda muerte, a las cosas del mundo, a sus placeres, a sus tentaciones sólo así podría vivir eternamente el hombre en unidad perpetua con Dios.