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INSTRUMENTOS
DEL DIABLO
Aunque nunca existió el cargo de Maestro de
Capilla en la Iglesia Matriz durante la colonia, no
por eso nuestros mayores se privaron del placer de
escuchar música sacra tocada en órgano
de fuelle y a base de la lectura de libros de motetes,
como llamaban las partituras musicales. El organista
y el fuellero, porque sin ambos era imposible maniobrar
tal instrumento, eran parte integrante de la liturgia
guayaquileña. El primero casi siempre fue algún
eclesiástico de los muchos que habían
en el puerto. El segundo era moreno liberto al servicio
de la Iglesia, o quizá hasta alguno de los
esclavos que tenia el Cura de la Matriz.
La música sacra no hacia desdén de la
profana y sus instrumentos típicos y para las
festividades de los Belenes o Navidades, se oía
el sonido de las chirimías y las trompetas,
los pífanos, los clarinetes y los atabales,
que mas servían para convocar ejércitos
que para otra clase de resonancias.
Desde el siglo XVIII la chirimía fue reemplazada
por la dulzaina y luego por el oboe moderno. La flauta
llegó tarde de Europa y solo se impuso con
el advenimiento de la República. El clarinete
y el bajón o fagot nos vino de la Italia postrenacentista.
La corneta blanca, porque era de marfil, con sus suaves
y tenues sonidos, también fue apreciada y hasta
se prestaba para que con ella ofrecieran verdaderos
conciertos los "ministriles" o músicos
a domicilio, llamados cuando se requería alguna
distracción.
El sacabuche, antepasado del trombón recibía
tan raro nombre debido a los esfuerzos que había
que realizar para tocarlo. El serpentón era
una larga cometa retorcida cuyos más antiguos
orígenes venían de la Francia de los
Druidas y era pariente de la trompa o Corno, con el
que se daban los toques mayores. El Clarín
o trompeta servía para dar las dianas en los
cuarteles y fue un instrumento militar. El arpa tenía
fama de ser un noble instrumento nacido en Grecia,
más propio de mujeres que de hombres, fue muy
usado en la colonia y principalmente entre los naturales
o indígenas. La vihuela era una guitarra pequeña
y el violín solo se impuso en el siglo pasado
cuando fue considerado instrumento digno de dar conciertos.
Violas y violonchelos casi no se conocieron y el canto
llano y el gregoriano, el primero popular y el segundo
sacro, siempre requirieron de acompañamiento,
aunque a veces se llegó a cantar a capella,
es decir, a simple voz, pero esto fue la excepción.
En la Iglesia Matriz hubo la costumbre de contratar
a seis niños cantores que por eso compusieron
un coro agudo llamado de los seises, pero pocas noticias
se tienen al respecto. Los seises cantaban normalmente
en las iglesias de España y América
y no pudieron faltar en nuestra pequeña Matriz,
donde quizá hasta cantó alguna vez un
tiple capón, como se llamaban los eunucos,
castrados con fines artísticos para que no
les cambiara la voz y pudieran seguir en el oficio
hasta los últimos días de sus vidas.
Famoso fue el caso del italiano Farinotti, joven que
decidió que lo castren, cuando empezó
a notar que su voz de tiple se le estaba engrosando
y luego de un corto y doloroso receso, pudo reintegrarse
a la Cámara de Música de su Majestad
Felipe V de España, donde cantaba siempre la
misma tonadilla para distracción del melancólico
Borbón, que lo tuvo en grande estima y por
muchos años más, diciendo que cantaba
como los ángeles.
Pero no faltaron obispos maliciosos que definieron
a la música como un abrebocas diabólico
para que los "cristianos se pierdan en mundanos
vericuetos" y sobre todo si con ella se servían
para bailes con mujeres y ni cortos ni perezosos prohibieron
estas demostraciones y hasta condenaron a quienes
practicaban danzas y a los instrumentos musicales,
por ser invenciones del Diablo.
Durante las Fiestas de Corpus era usual que salieran
los cristianos en procesión y que algún
maestro de danzas enseñara los pasos a los
angelitos. Estos maestros eran españoles llegados
de la península, que por su profesión
de espaderos habían aprendido "pasos ágiles
y gimnásticos" y de allí, con habilidoso
tino, resultaron maestros de danza ¡Vaya giro
profesional!.
Desconocemos si por aquí también anduvo
algún Maestro cantor, de los que solían
componer "Autos sacramentales" para ser
representados en los atrios de las iglesias. Chávez
Franco menciona este tipo de demostraciones artísticas
pero como nuestra documentación municipal sufrió
el embate de los incendios, poco o nada queda de recuerdo
y no se puede asegurar ni que si ni que no.
Los "autos sacramentales" eran sainetes
litúrgicos donde nunca faltaba el coro de seises
o niños tiples, ni el bufón o bobo a
cuyo cargo corrían las mojigas y mojigangas,
con las que el público se distraía a
más no poder. Sin embargo estos autos tenían
de todo, eran drama y comedia, poseían coros
y canciones y a veces hasta existía el dialogo
franco y cordial con el pueblo, que de espectador
pasaba a actor, entonando villancicos o canciones
populares por todos conocidas. Eran lo sublime mezclado
con el ridículo y en no pocas ocasiones terminaron
en tumultuosas riñas cuando el mojiga abusaba
de sus bromas, chanzas y charadas con algunas mozas
espectadoras y los novios o maridos salían
en sus defensas.
La música existió en la coloma como
arte latente aunque no cultivado. No hubo maestros
ni especialistas que enseñaran la técnica
ni compositores que crearan piezas o tonadas, pero
el sentimiento popular mantuvo ciertos niveles de
arte a través de los años y en los conventos
se cultivó la Música sacra o noble para
deleite de todos y riqueza del ceremonial.
Juan Bautista Aguirre Carbo es el mayor poeta de la
colonia, criterio que se tiene desde su redescubrimiento
en el siglo pasado por obra del erudito bibliógrafo
argentino Juan María Gutiérrez, quien
publicó en 1865 "Estudios Biográficos
y Críticos" con poesías del jesuita
guayaquileño. Posteriormente correspondió
a Gonzalo Zaldumbide culminar esta misión y
he aquí que la obra de Aguirre se nos presenta
más honda y más bella.
No con la opacidad del disparate bien dicho, ni del
delirio conceptista o culterano como la leyera en
1866 Juan León Mera, sino con el conocimiento
del secreto que encierra y que Aguirre lo confió
sólo a medias, bajo un ingenioso sistema para
eludir las pesquisas de la inquisición.
Aguirre tituló uno de sus poemas de la manera
que sigue: "El P. Juan Bautista de Aguirre.—
Revelación del Poeta. Leed desprevenidos unas
cuantas estrofas de ésta su carta a Lizardo".—
¡Ay querido Lizardo! / si feliz muerte conseguir
esperas/ es justo que advertido,/ pues naciste una
vez, dos veces mueras;/ así las plantas, brutos
y aves lo hacen/ dos veces mueren, una sola nacen.
Hemos copiado sólo la primera estrofa, por
ser el poema muy largo; atroz rompecabeza conceptista
le pareció a Mera, igual que a cualquiera que
lo lee sin darse cuenta del mensaje, porque a primera
vista establece una tesis aparentemente ridícula
que todo ser vivo debe morir dos veces para nacer
una; pero Aguirre sabía lo que decía
a Lizardo (personaje ficticio o quizá también
alquimista como él) a quien le refería
el secreto oculto, de tal forma disfrazado, que nadie
más que los iniciados pudieran entenderlo.
Hasta que un buen día a alguien se le ocurrió
descubrir ese mensaje y hoy lo sabemos tú y
yo, querido lector.
El padre Aguirre fue alquimista y de los buenos, practicó
la antigua Al — Chimia que importaron los árabes
a Europa en la alta edad media, ciencia tan antigua
como el occidente y que se remontaba al antiguo Egipto,
a una misteriosa piedra verde llamada la "Esmeraldina"
donde un faraón escribiera su mensaje con palabras
obscuras y de eternidad. Dicha piedra dizque fue descubierta
por el Califa Ornar en el interior de una de las pirámides,
de donde la sacó en el siglo VIII.
Posteriormente los alquimistas se multiplicaron por
Europa. Unos intentaron la vía seca, del fuego,
queriendo combinar mercurio con una substancia también
misteriosa llamada la piedra filosofal, para sacar
oro. Otros, en cambio, fueron más sutiles y
espirituales y trataron de llegar a Dios mediante
la perfección corporal y moral, a base de ejercicios
y lecturas, de meditaciones trascendentales, de purificaciones
y a todo esto se llamo la vía húmeda,
porque no requería del fuego, daba salud y
prolongaba los años de juventud más
allá del tiempo razonable.
Entre los primeros se dieron sonados descubrimientos
químicos casi por casualidad, su alquimia se
llenó de experimentos, redomas, crisoles, retortas
y hornos que funcionaron a todo vapor. ¿Que
si encontraron oro? Parece que no, aunque la ciencia
moderna ha probado que los átomos de los cuerpos
simples pueden disgregarse y combinar a voluntad del
hombre, aunque a costos elevadísimos. ¿Sería
la alquimia la etapa final de una ciencia avanzada
y extinguida hace mucho, cuyo recuerdo se conservó
en Egipto? ¿Quién lo puede saber? sólo
conocemos que a partir del siglo XVI los alquimistas
tuvieron que trabajar en el secreto de sus laboratorios
para huir del populacho y del Santo Oficio, que en
España y sus colonias quemaba a los heterodoxos
en la hoguera.
Así pues, no es vana pretensión imaginar
a Aguirre metido hasta las narices en experimentos
alquímicos, por diversión o por curiosidad
de científico, que lo fue sin duda, porque
vio con el primer microscopio traído a la Audiencia
a "los corpúsculos pequeñísimos
llamados microbios causantes de todas las enfermedades
y hasta compuso un Tratado completo de Física
en latín." Igualmente conoció los
sistemas físicos modernos de Pascal y Newton
que enseñó con gran éxito en
la Universidad de Quito y así podríamos
seguir mencionando sus logros, pero temo cansar. Al
final de sus días fue extrañado del
país por la Pragmática de Carlos III
y junto a sus compañeros viajó a Italia
donde recibió la protección del Arzobispo
de Tívoli. Fue consejero de Cardenales y Prelados
y tenido por hombre de consulta de casi todos ellos.
Le decían "Pico de Oro" por su talento,
murió apreciadísimo de todos.
¿Y el verso? ¿Porqué hay que
morir dos veces para nacer una? No los voy a dejar
con la curiosidad, les descifraré el mensaje
a Lizardo. Aquí va: Todo ser vivo nace muerto
según los filósofos, porque nace ignorante
y en pecado, por eso debe ser bautizado; para los
alquimistas esto no era lo último, debía
morir de nuevo, para nacer en el conocimiento del
secreto, del mensaje, del símbolo y obtener
su unión con Dios.
A la primera muerte por la ignorancia y el pecado,
debía seguir la segunda muerte, a las cosas
del mundo, a sus placeres, a sus tentaciones sólo
así podría vivir eternamente el hombre
en unidad perpetua con Dios.
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