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HISTORIETAS
Y AVENTURAS
Gaspar de Villaroel refiere en su
"Gobierno eclesiástico y pacífico"
que a fines del siglo XVII hubo un raro caso en el
Cusco porque cierta mañana el Corregidor y
varios prelados recibieron comunicaciones del "Obispo
electo de Caracas", indicando que iba de viaje
a esa ciudad a posesionarse de su silla y que esperaba
que lo recibieran y atendieran con el rigor de la
ley y en razón de su rango.
Entre los santos varones eclesiásticos se inició
entonces una gran contienda por quien agasajaría
al ilustre visitante hasta que después de muchas
discusiones triunfó Fray Lucas de Mendoza,
Prior del Convento de San Agustín, que preparó
un grupo de habitaciones para su Excelencia el señor
Obispo, que no se hizo esperar y poco después
arribó con rico acompañamiento, bajo
palio y durante los siguientes días recibió
el saludo cordial y respetuoso de los vecinos, del
Corregidor y de los miembros del Cabildo, que lo llevaron
y trajeron por toda la ciudad y sus alrededores en
evidentes saraos. Al domingo siguiente predicó
en la Catedral y demás está decir que
lo hizo bien, sentado sobre almohadones por su alta
dignidad y cuentan que hasta salió de la sacristía
con guantes olorosos a ámbar y que solo se
los quitó después de mucha parsimonia
al tomar la palabra y todo a vista y paciencia de
la ciudad entera que se había congregado para
oírle.
Al final, luego de tres semanas, pudo el Obispo de
Caracas desprenderse de sus aduladores y continuar
viaje a Lima, Guayaquil y Caracas: mas, á poco
de su ida, llegó la noticia de que no había
tal prelado y que solo se trataba de un estafador
de grandes alcances que se pasaba por Obispo para
engañar a quienes podía como en efecto
lo había conseguido en el Cusco, pues con el
pretexto del viaje había recibido varios préstamos
y donativos en dinero, así como joyas y objetos
de arte. El Corregidor en persona salió a perseguirle,
pero solo encontró las mulas abandonadas pues
el prelado, las donaciones, préstamos y demás
regalos en oro y plata habían desaparecido.
En 1675 se imprimió en Madrid "El Ramillete
de varias flores poéticas recogidas y cultivadas
en los primeros abriles de sus años por el
Maestro Jacinto de Evia, natural de la ciudad de Guayaquil
en el Perú"; sus cuatrocientas paginas
en formato de octava mayor contienen numerosas poesías
culteranas de tres literatos: el propio autor, su
Maestro el Padre Antonio Bastidas y el jesuita Hernando
Domínguez Camargo; mas, en el ciclo, debió
producirse una desagradable y absurdo entrevero, algo
así como un fenomenal batiburrillo, pues en
horrible confusión se encuentra a los santos,
la Virgen, ángeles y arcángeles, mezclados
con felices mortales y dioses paganos sacados del
Olimpo. Dafne y Apolo conversan con Píndaro,
Dcmóstencs y la Elocuencia. El prólogo
corrió a cargo del guayaquilcño Atanasio
Amescua y Navarrete y la construcción resulta
artificiosa y gongorista, recargada, modosa y llena
de eufemismo, aunque no exenta de belleza y armonía.
Las artes y las ciencias se hallaban recluidas en
los conventos y flotaba en el ambiente aire de reminiscencias
lejanas. Esta obra y la del Maestro en retórica
Antonio Navarro Navarrete, también guayaquileño,
es casi lo único que nos queda de la poética
colonial. En cuanto a Navarro Navarrete, por más
esfuerzo que se han hecho para investigar su origen
genealógico, aún no se consigue ubicarlo
en tan famosa familia de ingenios. ¿Será
acaso un simple seudónimo?.
"El Clérigo Agradecido", como a si
mismo se llamaba Pedro Ordóñez de Ceballos,
escribió un hermoso libró de aventuras,
quiza único en su género en América,
pero lamentablemente poco conocido y del que podrían
entresacarse historias de todo género. En una
de esas narraciones cuenta que los indios levantados
en Quijos, después de asesinar a la población
de Avila, marchaban a un pueblo cercano a Archidona
donde reinaba un Cacique muy simpático llamado
don Felipe, amiguísimo de brindar hospitalidad
a quien la necesitara. Allí estaba Ordóñez
de Ceballos morando en su casa, cuando una noche,
negra como boca de loco, oyó que en el cobertizo
de al lado una mujer gritaba en buen castellano y
pedía auxilio.
Nuestro Clérigo tomó una macana y con
una tea para alumbrar entró al sitio, viendo
a una bella dama que completamente desnuda estaba
atada de pies y manos a un tronco y a varios indios
desnudos y pintados de diversos colores, que en son
de guerra preparaban con su jefe Jumandi un gran caldero
para asarla viva.
El Clérigo empezó a dar de macanazos
a algunos pero no pudiendo con todos gritó
y pudo llegar don Felipe, que al ver la escena empezó
a divertirse. Entonces Ordoñez de Ceballos
lo increpó: "Así es como se sufre
en tu casa. Mal amigo", y consiguió con
este atroz insulto conmover al Cacique, que también
entró a la pelea, rompiendo un brazo a uno,
una cabeza a otro y luego de algunos instantes pudieran
expulsar de la choza a Jumandi y a los suyos.
La señora lloraba a mares, pero una vez respuesta
del susto, contó a su providencial amigo que
Jumandi quería comérsela viva porque
así dizque es mejor la carne de señora
y luego matar al Clérigo para beber chicha
en su calavera. ¡Qué cosas! Don Felipe
se había conmovido con este episodio y abrazó
a Ordoñez diciéndole en su lengua trapajosa:
"Padre, como es de bueno Dios."
Y no termina aquí la anécdota porque
Ordoñez hizo llamar a Jumandi y lo perdonó,
entregando a la dama en matrimonio al Capitán
Joaquín de Salazar, junto a los indios de Jumandi
que se los dió en encomienda para que tuviera
cama, dama y chocolate. ¡Qué suerte la
de Salazar!
Jacinto Jijón y Caamaño editó
en 1921 "Las Armas Antárticas" de
Miramontes Suázola, poema en el que se halla
una descripción de Guayaquil que dice: //Su
puerto es Guayaquil que circundado / de un monte excelso,
de árboles sombríos,/ de naves astilleros,
está ilustrado/ con un profundo y navegable
río /de donde el tenaz ferro ha levantado/
en felices punto aquel navío/ navegando a Perico,
vía recta/ puerto que en Panamá esta
en una isleta......
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