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GIGANTES
DE SUMPA
En la actual península de Santa
Elena llamada Sumpa en tiempos prehistóricos,
gobernaba el Cacique "Tumbe" y a su muerte
lo sucedió su hijo segundo "Otoya",
que dejóse llevar por los más bajos,
sentimientos y tiranizó a la región
convirtiendo a los pobladores en víctimas de
sus excesos. Los hombres realizaban trabajos forzados
y las mujeres engrosaban su harén, pero una
mañana divisaron enormes balsas que se acercaban
a la playa y fondearon en medio mar; de ellas bajaron
enormes hombres que al tocar el agua aun sobresalían
de la cintura para arriba y caminando a la playa se
acostaron a reposar y roncaban tan alto y fuerte que
por poco desgajaban las ramas de los más cercanos
árboles, (1)
ANDANZAS DE LOS GIGANTES
Horas después y ya despiertos,
no encontrando cosa alguna de comer en los alrededores,
fueron a un prado cercano y dieron buena cuenta de
más de cien llamas, tomaron de las patas y
las mataron en un santiamén. Con troncos de
mangles hicieron una fogata, medio cocinaron sus carnes
y las devoraron. Bien se conocía que llegaban
con hambres atrasadas porque no contentos con eso
arrasaron con frutas, verduras y legumbres en un radio
de dos kilómetros a la redonda, sin encontrar
seres humanos, porque los sumpeños habían
tenido la buena idea de subirse a los más lejanos
árboles, a contemplar la escena.
(1) La leyenda de los gigantes de Santa Elena se funda
en el mito de una invasión muy antigua, posiblemente
de origen Chimú, procedente del norte del Perú,
donde existían indios de gran talla y corpulencia.
El mejor plantado súbdito de Otoya no llegaba
ni a la barbilla de un gigante, cuyos dedos eran del
grosor de un tronco de guasango y desde ese día
pasaron a ser esclavos de estos nuevos señores,
iguales o peores que Otoya, quienes construyeron fortalezas
de grandes dimensiones desde donde salían en
sucesivos viajes a devastar los contornos, acabando
con sembríos, rebaños y poblaciones
para satisfacer su voraz apetito. Nada les llenaba,
una sementera era poca cosa, necesitaban más
y como eran jóvenes y juguetones, cierto día
apresaron a Otoya y en son de broma le dieron muerte
cruel y así terminó este desgraciado
príncipe.
VORACIDAD DE COMER Y
BEBER
También fabricaron redes para
pescar cientos de peces en cada ocasión, alejando
los cardúmenes de Santa Elena. De un sorbo
bebían el agua de los pozos construidos por
los naturales y se vieron forzados a construir otros
nuevos, mucho más grandes y profundos, que
aún existen a la entrada de la población.
Y así, en estas andanzas, los gigantes vivieron
algunos meses sin problemas hasta que notaron con
cierta desazón que se habían olvidado
de traer a sus mujeres, a las que posiblemente dejaron
abandonadas en alguna otra zona del planeta e iniciaron
una sistemática persecución entre las
hijas de los habitantes de la península, que
no sabían qué hacer con estos incómodos
huéspedes. (2).
Ignoro y ni siquiera llego a imaginar como habrá
sido el amor entre tan descomunales seres con las
mujeres de la región. Los antiguos aseguraban
que el más simple abrazo las trituraba como
obleas y que una mínima caricia les rompía
los huesos. Lo único cierto es que la cosa
no progresó por imposibilidad física,
y entonces los gigantes, lejos de conservarse castos
y puros, se dedicaron a hacer el amor entre ellos,
a vista
(2) Hasta aquí se ha seguido los relatos originales
conservados a través del cronista José
Gabriel Pino Roa entre otros, de la población,
con lo que incitaron a la divinidad en su cólera
y cierta mañana, memorable en los anales de
la región de Santa Elena, Dios se dignó
componer el error cometido al enviar a los gigantes
para libertar a los sumpeños de Otoya, mandando
esta vez al Arcángel San Miguel con su espada
de fuego, que exterminó a los intrusos rápidamente,
volviendo las cosas a la normalidad.
ORIGEN DE LA LEYENDA
Desde los albores de la conquista
española numerosos habitantes de la zona de
Santa Elena al arar las tierras de sembrío
descubrían enormes muelas, quijadas, costillas
y osamentas que atribuyeron a restos humanos prehistóricos.
Nada más fácil que achacar estos huesos
a seres enormes fallecidos en remotas épocas
y así surgió la leyenda de los gigantes,
recogida por Cronistas de tanta importancia como Agustín
de Zarate, Cieza de León y los padres Acosta
y Oliva, para mencionar solamente a unos cuantos.
En 1736 el Sargento Mayor Juan del Castillo llevó
a Quito una singular muela de cinco libras de peso,
igual a la de un hombre, pero mucho mayor. Esta muela
formó parte de una valiosa colección
de fósiles hallados en Santa Elena y no hubo
títere con cabeza en la ciudad capital que
se quedara sin contemplar y palpar tan descomunal
pieza dentaria, nunca vista ni soñada y nadie
dudó que hubiera pertenecido a un gigante.
El propio del Castillo exhibía en su poder
una certificación notarial obtenida en Guayaquil,
donde se informaba que la quijada de donde sacó
tal muela media tres cuartas partes del tamaño
del cuerpo de un hombre normal.
Otro descubridor de muelas prehistóricas en
Santa Elena fue el Capitán Juan de Olmos, que
concluyó sus observaciones asegurando la existencia
de seres gigantescos cuyo porte sobrepasaba a cuatro
hombres. Igualmente, en 1550, se descubrió
cerca de la actual población un lote de muelas
de una libra cada una y tuvo varias en su poder el
cronista Oliva.
Mas la moderna investigación ha llamado a desengaño
a los estudiosos de nuestro folclor, porque habiéndose
enviado a Europa y Norte América estos restos,
nos han venido como única respuesta que son
de una especie extinta de “mastodonte andinun”,
cuyo peso y tamaño concuerda con la talla atribuida
a los gigantes y debieron existir en gran número,
en la época terciaria hasta principios de la
cuaternaria, por aquella zona.
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