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FINISIMOS
SOMBREROS ALADOS
Hacia 1800 Napoleón recibió de los reyes
españoles Carlos IV y María Luisa, un
hermoso obsequio manufacturado con fibra de palma
de paja toquilla de Manabí, que acentúo
las magníficas relaciones de amistad imperante
entre ambas cortes y constituyó un triunfo
diplomático para el Ministro Manuel Godoy,
en su política de acercamiento hacia el emperador
de los Franceses.
Desde entonces numerosos científicos prestaron
atención a la palma que servía para
confeccionar obsequios entre reyes y los sabios José
Celestino Mutis, José de Caldas, Amideo Bompland
y Alejandro von Humboldt la dibujaron en sus apuntes,
justipreciándola con gran publicidad.
En 1820 fue clasificada en botánica con el
nombre de "Carludovica Palmata", que viene
de Carolus y Ludovica, los nombres en latín
de los reyes Carlos y María Luisa, sus auspiciadores.
La historia de tan rara planta arranca de 1534, año
en que el adelantado Pedro de Alvarado llegó
a las costas de Manabí y se asustó al
ver a los indios desnudos y cubiertos con "alas
de murciélago", según creyó
en un primer momento, después se dio cuenta
que las alas eran finísimos sombreros y no
tuvo empacho en ponerse uno y pavonearse entre los
suyos, con uno tan suave que al tacto parecía
como de seda.
I pasaron los años, llegó el siglo siguiente
y en 1630 don Francisco Delgado impuso en Manabí
la moda indígena de los "sombreros alados",
que hizo alargar en forma de cono para los hombres
y en tocas para las mujeres, que todos querían
usar por elegante y chic; pero, al poco tiempo, el
calor redujo los grandes sombreros femeninos cortados
considerablemente formándose unas tocas pequeñas
o "Toquillas", nombre que se impuso para
la palma y su paja.
Con toquillas iban las mujeres a misa los domingos,
con toquillas se acostaban en las hamacas de los corredores
y patios, con toquillas se asomaban a las ventanas,
en fin de cuentas solo se las quitaban cuando nadie
las veía, y a tanta aberración llegó
el gusto por ellas que hubieran dejado de comer con
tal de tener algunas en el ropero pues servían
para toda ocasión.
Muchos quisieron aclimatar la palma en sus haciendas,
pero ésta parecía más manabita
que la sal prieta, puesto que solo en dos o tres puntos
aislados de la geografía del Guayas se comenzó
a dar, que en el resto se moría por poca o
mucha humedad, por falta de sol, en fin, parece que
es un cultivo muy delicado.
En 1824 el Capitán Damián Najar y Valenzuela,
mejor conocido como Capitán Nájera,
habiendo terminado la campaña militar del Perú
se venía de regreso a Guayaquil, cuando al
pasar por Moyobamba se aficionó de ese pueblo
del norte peruano y sentó sus reales, trabajando
en la agricultura y el comercio. Años después,
tres amigos suyos que huían de la policía,
le pidieron posada y no teniendo qué hacer
durante el encierro, se pusieron a tejer sombreros,
enseñando el oficio, a los hábiles moyobambinos
y pronto numerosos tejedores iniciaron la industria
de la paja toquilla en esa región y los pícaros
pasaron a benefactores.
La memoria de Nájar también quedó
relievada ante sus vecinos que le sacaron el siguiente
verso //Damián de Damián renace/ como
el fénix en su nido/. Pues el Damián
que ha venido,/ Siempre al punto nos complace,/ fue
por muchos años, electo y reelecto corregidor
de Moyobamaba, en paz y justicia con todos.
I volviendo a la paja toquilla, cabe aclarar que se
da en casi toda Manabí, y fuera de ella solamente
en Jujan, Manglaralto y Gualaquiza, a donde la llevó
amorosamente la benemérita civilizadora Sor
Mercedes de Jesús Molina. La Palma es esbelta
y grácil como pocas y sus hojas alargadas alcanzan
hasta tres metros de largo, sosteniéndose en
el peciolo central, color verde con tonalidades diversas.
Una prima cercana de esta especie sirve de adorno
a muchos jardines cuencanos, pero no proporciona paja
para tejer, es tacaña, solo se deja mirar.
Durante la independencia se relieve la importancia
de la paja pues ambos ejércitos, el patriota
y el realista, se cubrían con sombreros. En
1834 el jefe Militar de Guayaquil, Coronel Pedro Mena,
ordenó a Agustín Alegría, Gobernador
de Manabí, que procediera a requisar la totalidad
de los sombreros vendiéndolos a los comerciantes
y sosteniendo el ejército con el producto de
ellos, Rocafuerte no se atrevió a contradecirlo
y tuvo que pasar por la vergüenza de observar
cómo los soldados se robaban los sombreros,
los precios decrecían y se terminaba el mercado.
De allí nació la mala costumbre de ir
a vender la paja al Perú. En 1835 el Congreso
prohibió dichas exportaciones que amenazaban
terminar con los cultivos de paja, a menos que éstos
se produjeran con tanta velocidad como eran arrancados
los cogollos. Para 1843 se había superado la
crisis y el Ecuador podía contar nuevamente
con una industria progresista y de exportación.
En 1844 se obligó en Cuenca a enseñar
en las escuelas a tejer sombreros. El comerciante
Bartolomé Serrano convenció al Municipio
para que recogieran a los vagos y mendigos de las
calles y los pusieran a trabajar tejiendo por módicos
precios, así libró a Cuenca de sus harapos
y a los vagos de sus necesidades, refosilando sus
bolsillos con jugosas ganancias y como no era nada
tonto, para congraciarse con la policía, les
empezó a regalar unos graciosos sombreritos
adornados con cintas bicolores (teníamos la
bandera celeste y blanca de Guayaquil), inponiéndose
la moda del "fino toquilla" en todas las
cabezas serranas. La paja se sacaba de la zona de
Manglaralto en cajones cerrados, en Cuenca se la sahumaba
para ablandarla, luego la teñían de
blanco con cal.
Cuentan que una tarde estaba Don Bartolomé
Serrano en su tienda despachando a bien y mejor cuando
de improviso entró un fornido negro de casi
dos metros que fingiéndose policía,
le intimidó prisión. Serrano protestó
y se negó al arresto, el intruso sacó
un tremendo cuchillo con ánimo de matarlo y
no lo consiguió por la rápida intervención
de "Bocotón Rojas", alias con el
que se conocía a Benjamín Rojas, empleado
de la tienda de Serrano, que se lanzó contra
el negro, lo desarmó y apresó. Minutos
después, Ponciano García, que así
se llama el malvado, confesó que había
recibido algunos pesos de un comerciante de Jipijapa
para que lo despachara al otro mundo, por competidor
y quita trabajo.
Un sombrero de paja toquilla costaba 1 peso de a 8
reales, lo que relativamente era barato dado la carestía
de la vida.
LA FIEBRE DE ORO EN CALIFORNIA
En 1848 y con el descubrimiento de oro en
California, enormes caravanas comenzaron a salir del
este norteamericano con destino al otro lado del continente,
hacia el Pacífico. Meses después comenzó
el retorno por tierra y mar. Los que prefirieron esta
última vía navegaron desde Los Angeles
y San Francisco hasta Panamá donde cambiaban
de rumbo y de mar. Allí compraban sombreros
de paja, de los fabricados en Montecristi y Jipijapa
porque los cuencanos servían para el consumo
interno de Ecuador y por eso llamabanles “Panamá
Hats”.
En 1855 y con motivo de la Feria Internacional de
París, Monsieur Phlippe Raimondi, que vivía
y trabajaba en el istmo, instaló una hermosa
vitrina con "sombreros de Panamá"
fabricados en Manabí y logró que Napoleón
III y el Mariscal Patricio Mac Mahon, Duque de Magenta
y héroe nacional francés, colocaran
sobre sus cabezas bellos sombreros de paja toquilla,
tan finos que podía entrar plegados en una
caja de fósforos corrientes. ¡Qué
maravilla!
Raimondi, comerciante al fin, cedio el resto de la
existencia de sombreros a precios exorbitantes. Hasta
1.000 francos (193 dólares) pagaron los aristócratas
de Europa por no quedarse atrás del Emperador
y ellos también lucían la última
moda masculina por los parques Elíseos y el
bosque de Boloña. Napoleón, en cambio,
no se cansó de recorrer la feria bien ensombrerado
y saludando a todos con suprema elegancia y buen gusto.
EDAD DE ORO DE NUESTRO
SOMBRERO
Ante este éxito los comerciantes
españoles de Cuba iniciaron la guerra del sombrero
contra Ecuador, aclimatando la palma de paja toquilla
en la isla, pero con motivo de la guerra de la independencia
vieron destruidas sus esperanzas por la quema de las
plantaciones y seguimos como reyes indiscutibles.
Los entendidos refieren que en 1897 el primer Ministro
español, Práxedes Mateo Sagasta, prefirió
los fabricados en Ecuador a pesar que Cuba era colonia
de la madre patria y nos mandó a comprar media
docena que usó a discreción en Madrid.
Tres años después la moda norteamericana
desplazó al tongo o sombrero de felpa por el
de paja, más fresco y cómodo para los
meses de verano y no había elegante que no
tuviera siquiera uno. Las damas también los
encargaban de colores vivos, para juego con sus vestidos.
Todos usaban sombreros ecuatorianos con el nombre
de "Panamá hats".
De 1904 al 14 se construyó el Canal y aumentó
la demanda inusitadamente. Las principales familias
cuencanas viajaban a Europa con el producto de las
ventas y todo era holgura y bienestar económico
en el austro. De esta época nos dio una clara
visión G. Humberto Mata en uno de sus "libros
prohibidos"; donde llora amargamente por las
injusticias cometidas con los pobres tejedores, únicos
perjudicados con la industria, porque morían
de enfermedad, debido a la explotación en que
vivían. Esto fue hasta por los años
30.
Desde esa fecha el sombrero ecuatoriano no ha podido
levantar cabeza y hoy, a pesar de los esfuerzos que
distintas instituciones nacionales realizan para diversificar
sus formas y modelos, permanecen olvidados de la moda
y solo unos cuantos "dandies" los usan de
puro "snobs".
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