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El CUENTERO
En el Guayaquil de la década
de los años l.940 era usual observar a ciertos
vendedores que se situaban en una esquina céntrica
o en un parque, acompañado de dos ayudantes
que se mezclaban entre el público sin que nadie
se diera cuenta.
El cuentero comenzaba a gritar:
Yo soy el representante de la Fountain pen
Ueseaneivi de los Estados Unidos y he venido a demostrarles
los últimos productos elaborados por esta fábrica
transnacional de los Estados Unidos de América.
( Pausa ) para que la gente rústica pudiera
digerir el mensaje.
Por lo tanto me voy a prestar para darles a conocer
estos productos que les acabo de mencionar, de la
más alta calidad, partiendo por esta peinilla
de muchos usos, que es de carei - nácar y sirve
para alisar el pelo más reacio, limpiar de
piojos y liendres y en fin, para que a los calvos
les salga nuevamente el pelo. Se puede arquear y doblar
en trescientos sesenta grados y no se quiebra.
El precio en el comercio local es de un sucre pero
yo, por ser empleado de la empresa transnacional Fountain
pen Ueseneivi de los Estados Unidos y auspiciador
de la calidad de estos productos milagrosos, la voy
a vender a Ud. en la pequeña suma de veinte
centavos, dinero que no hace a nadie rico, ni a nadie
empobrece. Pasaré entregando a Uds. esta peinilla
de alta calidad para que la aprecien. Es un regalo,
no gano nada, pero quiero saber que Uds. tiene la
capacidad de comprar. ( Esto último incitaba
el amor propio de los campesinos )
Repartía las peinillas y la gente sacaba el
dinero, que tomaba el cuentero y lo ponía en
su otra mano..
Luego agregaba:
¿Quieren decir Uds. que esta plata es mía
y puedo guardarmela?
Si – contestaban los dos ayudantes y la gente
seguía el son y también gritaba Si.
No señores, respondía el cuentero, yo
soy el representante de la Fountain pen Ueseaneivi
de los Estados Unidos y por lo tanto solamente he
venido a hacer propaganda, de manera que les voy a
devolver los veinte centavos que generosamente han
pagado por esta milagrosa peinilla.
Devolvía las pesetas, retiraba las peinillas
y continuaba gritando.
Ahora les voy a presentar algo nuevo, este si de todo
uso, un cepillo especial de dientes porque tiene mucho
quiebre y les limpia por todos los ángulos
sus dientes. Señores no se laven los dientes
con los dedos porque después les van a parecer
dedos de ahogado. Pasaré entregando estos cepillos
a las personas que tengan capacidad de pago, al módico
precio de cuarenta centavos cada uno. Una ganga, un
verdadero regalo. A ver ¿ Quien quiere uno?
Yo, yo, gritaban los ayudantes sacando al mismo tiempo
el dinero, enseguida la gente los imitaba y todos
querían un cepillo y entregaban la plata al
cuentero, que la ponía en su mano y preguntaba..
¿Están contentos con el cepillo? Si,
si, gritaban los ayudantes. ¿Quieren decir
que esta plata es mía y puedo quedarmela? preguntaba
alzando el dinero.
Si, Si.
No señores, ya les he dicho que no he venido
a vender nada, porque soy representante de la gran
firma transnacional norteamericana Fountain pen Useaneivi
y por eso solo estoy mostrando sus geniales productos,
así es que les devuelvo su dinero y tomo los
cepillos para pasar a enseñarles en esta ocasión
algo realmente asombroso, único en el mundo,
maravilloso como ningún otro producto, se trata
nada menos que de la mejor pluma fuente, algo inusitado,
pluma que haría palidecer de envidia a los
siete sabios de la Grecia si la tuvieran en sus manos.
Se trata de una pluma fuente increíble, digna
de ser usada solo por los Gerentes de las más
grandes compañías del mundo, pero ahora
- por gracia y generosidad de la Fountain pen Useaveivi
de los Estados Unidos – mi compañía
como ya Uds. saben - porque la represento en el Ecuador,
está al alcance de todo el que quiera tenerla,
lucirla y usarla.
¿Quién desea admirar esta elegantísima
pluma fuente de banqueros por el módico precio,
prácticamente de regalo, de tres sucres, cuando
su precio oficial en las mejores tiendas de París
es de cincuenta sucres?
Yo, yo, gritaban los ayudantes y el público
coreaba con cara de bobo. El cuentero se relamía
de gusto, dándose cuenta que había enganchado
varias ventas y procedía a entregar las plumas
fuentes y a cobrar tres sucres por cada una.
Entonces preguntaba levantando la mano con el dinero.
¿Les gusta la pluma? Si si – otra vez
los ayudantes y algunas personas más
¿Quieren decir que esta plata es mía
y puedo quedármela?
Si , si , gritaban emocionados, mientras trataban
de abrir la pluma y observar su interior.
Bueno señores, como han dicho que esta plata
es mia ¿ Puedo quedármela? Si, si.
Entonces me la quedo¡
Se producía un silencio comprometedor, porque
recién en este momento los presentes se daba
cuenta que había sido timado. El cuentero,
rápidamente agregaba. Me la quedo gracias a
Uds., la guardo en mi bolsillo y con esto me despido
y me voy (. Alejándose rápidamente.}
No faltaba alguien que preguntara ¿I la manguerita?
Porque entonces las plumas fuentes se llenaban de
tinta a través de una manguerita de caucho.
Uno de los ayudantes que se había quedado ex
profeso, comenzaba a distribuir gratuitamente las
mangueritas, para evitar que la gente siguiera al
cuentero a reclamarle la plata, pues tres sucres por
una pluma fuente fabricada en el Japón ocupado
y no en los Estados Unidos, era mucho, debido a que
las plumas se podían adquirir en cualquier
bazar por la mitad de dicho valor.
Los curiosos se agolpaban para recibir sus mangueritas
y hacían maniobras para colocarlas. No faltaban
algunos que se prestaban para ayudar, pues el asunto
era asas complicado.
Finalmente, tras varias maniobras, colocaban sus mangueritas
y se disolvían, mientras el Cuentero se instalaba
a dos o tres cuadras y comenzaba nuevamente sus ventas,
atrayendo a los curiosos de esa nueva esquina con
su llamado.
A raíz de la Guerra de Sucesión española
Inglaterra permitió a varios empresarios privados
que salieran a piratear por los mares. Un grupo de
banqueros de Londres equipó los navíos
"Duque" y "Duquesa" y los puso
a las órdenes del Cap. Woodes Rogers que partió
de Bristol el 12 de agosto de 1708 con destino a los
puertos del Pacifico. En el archipiélago de
las Islas Chiloe se le unió el Cap. Etienne
Coutney con otro barco y juntos avanzaron a las Islas
de Lobos y al Golfo de Guayaquil donde a fines de
abril de 1708 apresaron a los comerciantes Juan Bautista
Palacios, José de Arizavalaga y Juan Morel
que conducían varias cargas de esclavos destinadas
a Lima.
Llegados a la Puna apresaron al Teniente de Corregidor
y a sus familiares que mantuvieron en rehenes. El
jueves 2 de Mayo observaron el malecón de la
ría y se toparon con la sorpresa de encontrarlo
encendido, pues era la víspera de la fiesta
de la Cruz muy celebrada por la Cofradía de
ese nombre; pero esto lo ignoraban los piratas- que
creyeron que el vecindario los esperaba en pie de
guerra.
Rogers vaciló en atacar de inmediato porque
a pesar de la prudente distancia llegaba hasta sus
oídos el incesante tañido de las campanas,
así es que prevalido de mucha sagacidad prefirió
esperar al día siguiente, destacando a sus
mejores hombres para observar de cerca. El viernes
3 de mayo los piratas desembarcaron en el malecón
ante el asombro del desprevenido vecindario que jamas
se imaginó tamaña osadía. Los
primeros en saltar a tierra fueron el Teniente de
Corregidor de la Puna y el cocinero de la nave de
Rogers, que propusieron al corregidor Gerónimo
de Boza Lima y Solís la venta de algunas mercaderías
y las piezas de ébano que habían apresado.
Boza tomó una canoa y subió a la embarcación
de Rogers quedándose al almuerzo y en graciosa
conversación que se prolongó hasta las
primeras horas de la noche, atendido por los principales
cabecillas de la expedición que se dieron cuenta
de su debilidad de carácter y lo agasajaron
con ron en abundancia. El Corregidor era un mocetón
bastante simple y de solo 26 años de edad,
que poco a poco fue revelándoles nuestras débiles
defensas y por eso los ingleses se llenaron de bríos
y le permitieron desembarcar con 20 hombres armados.
Boza venía azumagado por la bebida. Había
arrojado y se hallaba adolorido, además, tenia
que aflojar 50.000 pesos de oro que le hablan pedido
para no incendiar la ciudad.
Esa noche impuso algunas contribuciones a los principales
vecinos: Antonio de Salavarría, Juan de Vargas,
Miguel de Terranova y Moncada, Cristóbal Ramírez
de Arellano, José Millán de Trejo, Fernando
Franco Dávila, Manuel de Carranza y Francisco
Troya y Lobo, que fueron los más afectados,
y a tanto llegó en su cobardía que pocos
días después permitió que los
piratas acamparan en los conventos de San Francisco,
San Agustín y Santo Domingo y se dedicaran
robar los almacenes, subiendo a las casas y despojando
a los propietarios de sus haberes y pertenencias como
si estuvieran en una ciudad rendida.
A muchos miles ascendió el monto de las tropelías,
pues solo en vajilla de plata labrada y martillada
y alhajas de oro y piedras finas amasaron una cuantiosa
fortuna, amén de otras pequeñeces que
también pillaron y subieron a sus naves donde
almacenaron 230 sacos de harina, 15 botijas de aceite,
numerosos sacos de café, cacao, añil
y 40 barricas de vino.
Grupillos de 5 o 6 escandalizaban beodos por las calles
y no había señora o señorita
que pudiera salir de sus casas, so pena de quedar
sometidas a las más crueles humillaciones que
se puede uno imaginar. Por las noches eran obligadas
a bailar en rueda de alcohólicos, al son de
guitarras y panderetas y muy sueltas de vestidos.
Unas lo harían por placer atraídas por
tanto extranjero y otras por miedo a morir a manos
de esos desalmados, mientras el impertérrito
Boza los seguía atendiendo en la casa de su
amante Petra de Villamar Cedeño y Tomala del
Castillo, con quien vivía en público
concubinato dando pésimo ejemplo a la comunidad,
"aunque la miraban como a una reina". Cien
días duraron estos abusos y al cabo de los
cuales Guayaquil quedó desierta porque el que
menos había escapado al monte: solo el Corregidor
y su hermosa amante continuaban de anfitriones tratando
de salvar los bienes de ella que seguían sin
tocarse en su casa de la sabana de Ciudanueva, hasta
donde se llegaba por un puente de siete leguas mandado
a construir por Boza con tablitas y estacas de mangle.
El 7 de Agosto los piratas comenzaron a excavar las
tumbas en las iglesias dizque para encontrar tesoros
y joyas, pero solo se llevaron la pestilencia e infección
de los cadáveres. Entonces decidieron huir
del lugar no sin antes hacerse dar de rehenes a los
comerciantes Manuel Jiménez y Manuel de la
Puente, a quienes matarían si el vecindario
no les entrega 50.000 pesos de oro, 2 bajeles nuevos,
6 barcas y mientras en estas andanzas se hallaban
comenzó la peste a asolar a la tripulación
con el llamado "Mal de Siam" o "Fiebre
amarilla", al cual los vecinos estaban vacunados,
no así los invasores que enfermaban por docenas.
Rogers zarpó a la Puna y esperó por
el oro, días después los comisionados
Alonso de Olvera, Alcalde de la Santa Hermandad; Fray
Francisco de Rojas, Guardián del Convento de
San Francisco y Juan Bautista Inviziati, Superior
de los Jesuitas, los fueron a visitar portando únicamente
30.000 pesos y hubo nueva oferta y plazo. En otro
viaje se juntó 1.500 pesos más en vajillas
plata porque ya no había monedas en Guayaquil
y como los piratas seguían enfermando Rogers
creyó más prudente irse de una vez por
todas, poniendo proa a las costas de Méjico
donde abandonó a los rehenes.
Esta fue la ultima y la peor de las invasiones que
sufriera Guayaquil.
El principal responsable de la tragedia salió
a Lima y allí contrajo matrimonio con Juana
Guerra de la Daga y de la Cueva. En 1736 cuando el
vergonzoso episodio guayaquileño había
sido olvidado en la Corte, obtuvo el Marquesado de
Casa Boza por sus "exactos servicios a la corona,
tan importantes, que en mucho tiempo no se había
dado ejemplo igual en celo y cumplimiento..."
como reza el documento de concesión.
Aquí quedó la Cacica, madre soltera
de María Gerónima Boza y Villamar, que
ya mayor se unió al español Agustín
de Gorostiza y Palacios y dejó ilustre descendencia,
pues su nieto fundó el Mayorazgo de Gorostiza
Garzón en base de la hacienda Tenguel, cerca
de Balao, heredada de sus mayores los caciques de
Puna.
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