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EL CORREGIDOR
Y LA CACICA
A raíz de la Guerra de Sucesión
española Inglaterra permitió a varios
empresarios privados que salieran a piratear por los
mares. Un grupo de banqueros de Londres equipó
los navíos "Duque" y "Duquesa"
y los puso a las órdenes del Cap. Woodes Rogers
que partió de Bristol el 12 de agosto de 1708
con destino a los puertos del Pacifico. En el archipiélago
de las Islas Chiloe se le unió el Cap. Etienne
Coutney con otro barco y juntos avanzaron a las Islas
de Lobos y al Golfo de Guayaquil donde a fines de
abril de 1708 apresaron a los comerciantes Juan Bautista
Palacios, José de Arizavalaga y Juan Morel
que conducían varias cargas de esclavos destinadas
a Lima.
Llegados a la Puna apresaron al Teniente de Corregidor
y a sus familiares que mantuvieron en rehenes. El
jueves 2 de Mayo observaron el malecón de la
ría y se toparon con la sorpresa de encontrarlo
encendido, pues era la víspera de la fiesta
de la Cruz muy celebrada por la Cofradía de
ese nombre; pero esto lo ignoraban los piratas- que
creyeron que el vecindario los esperaba en pie de
guerra.
Rogers vaciló en atacar de inmediato porque
a pesar de la prudente distancia llegaba hasta sus
oídos el incesante tañido de las campanas,
así es que prevalido de mucha sagacidad prefirió
esperar al día siguiente, destacando a sus
mejores hombres para observar de cerca. El viernes
3 de mayo los piratas desembarcaron en el malecón
ante el asombro del desprevenido vecindario que jamas
se imaginó tamaña osadía. Los
primeros en saltar a tierra fueron el Teniente de
Corregidor de la Puna y el cocinero de la nave de
Rogers, que propusieron al corregidor Gerónimo
de Boza Lima y Solís la venta de algunas mercaderías
y las piezas de ébano que habían apresado.
Boza tomó una canoa y subió a la embarcación
de Rogers quedándose al almuerzo y en graciosa
conversación que se prolongó hasta las
primeras horas de la noche, atendido por los principales
cabecillas de la expedición que se dieron cuenta
de su debilidad de carácter y lo agasajaron
con ron en abundancia. El Corregidor era un mocetón
bastante simple y de solo 26 años de edad,
que poco a poco fue revelándoles nuestras débiles
defensas y por eso los ingleses se llenaron de bríos
y le permitieron desembarcar con 20 hombres armados.
Boza venía azumagado por la bebida. Había
arrojado y se hallaba adolorido, además, tenia
que aflojar 50.000 pesos de oro que le hablan pedido
para no incendiar la ciudad.
Esa noche impuso algunas contribuciones a los principales
vecinos: Antonio de Salavarría, Juan de Vargas,
Miguel de Terranova y Moncada, Cristóbal Ramírez
de Arellano, José Millán de Trejo, Fernando
Franco Dávila, Manuel de Carranza y Francisco
Troya y Lobo, que fueron los más afectados,
y a tanto llegó en su cobardía que pocos
días después permitió que los
piratas acamparan en los conventos de San Francisco,
San Agustín y Santo Domingo y se dedicaran
robar los almacenes, subiendo a las casas y despojando
a los propietarios de sus haberes y pertenencias como
si estuvieran en una ciudad rendida.
A muchos miles ascendió el monto de las tropelías,
pues solo en vajilla de plata labrada y martillada
y alhajas de oro y piedras finas amasaron una cuantiosa
fortuna, amén de otras pequeñeces que
también pillaron y subieron a sus naves donde
almacenaron 230 sacos de harina, 15 botijas de aceite,
numerosos sacos de café, cacao, añil
y 40 barricas de vino.
Grupillos de 5 o 6 escandalizaban beodos por las calles
y no había señora o señorita
que pudiera salir de sus casas, so pena de quedar
sometidas a las más crueles humillaciones que
se puede uno imaginar. Por las noches eran obligadas
a bailar en rueda de alcohólicos, al son de
guitarras y panderetas y muy sueltas de vestidos.
Unas lo harían por placer atraídas por
tanto extranjero y otras por miedo a morir a manos
de esos desalmados, mientras el impertérrito
Boza los seguía atendiendo en la casa de su
amante Petra de Villamar Cedeño y Tomala del
Castillo, con quien vivía en público
concubinato dando pésimo ejemplo a la comunidad,
"aunque la miraban como a una reina". Cien
días duraron estos abusos y al cabo de los
cuales Guayaquil quedó desierta porque el que
menos había escapado al monte: solo el Corregidor
y su hermosa amante continuaban de anfitriones tratando
de salvar los bienes de ella que seguían sin
tocarse en su casa de la sabana de Ciudanueva, hasta
donde se llegaba por un puente de siete leguas mandado
a construir por Boza con tablitas y estacas de mangle.
El 7 de Agosto los piratas comenzaron a excavar las
tumbas en las iglesias dizque para encontrar tesoros
y joyas, pero solo se llevaron la pestilencia e infección
de los cadáveres. Entonces decidieron huir
del lugar no sin antes hacerse dar de rehenes a los
comerciantes Manuel Jiménez y Manuel de la
Puente, a quienes matarían si el vecindario
no les entrega 50.000 pesos de oro, 2 bajeles nuevos,
6 barcas y mientras en estas andanzas se hallaban
comenzó la peste a asolar a la tripulación
con el llamado "Mal de Siam" o "Fiebre
amarilla", al cual los vecinos estaban vacunados,
no así los invasores que enfermaban por docenas.
Rogers zarpó a la Puna y esperó por
el oro, días después los comisionados
Alonso de Olvera, Alcalde de la Santa Hermandad; Fray
Francisco de Rojas, Guardián del Convento de
San Francisco y Juan Bautista Inviziati, Superior
de los Jesuitas, los fueron a visitar portando únicamente
30.000 pesos y hubo nueva oferta y plazo. En otro
viaje se juntó 1.500 pesos más en vajillas
plata porque ya no había monedas en Guayaquil
y como los piratas seguían enfermando Rogers
creyó más prudente irse de una vez por
todas, poniendo proa a las costas de Méjico
donde abandonó a los rehenes.
Esta fue la ultima y la peor de las invasiones que
sufriera Guayaquil.
El principal responsable de la tragedia salió
a Lima y allí contrajo matrimonio con Juana
Guerra de la Daga y de la Cueva. En 1736 cuando el
vergonzoso episodio guayaquileño había
sido olvidado en la Corte, obtuvo el Marquesado de
Casa Boza por sus "exactos servicios a la corona,
tan importantes, que en mucho tiempo no se había
dado ejemplo igual en celo y cumplimiento..."
como reza el documento de concesión.
Aquí quedó la Cacica, madre soltera
de María Gerónima Boza y Villamar, que
ya mayor se unió al español Agustín
de Gorostiza y Palacios y dejó ilustre descendencia,
pues su nieto fundó el Mayorazgo de Gorostiza
Garzón en base de la hacienda Tenguel, cerca
de Balao, heredada de sus mayores los caciques de
Puna.
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