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EL BARRIO
DEL ASTILLERO
La primera Galera que se fabricó
en la América del Sur salió de una de
las caletas, de las muchas que existían en
la Isla Puna, a pedido de Andrés Hurtado de
Mendoza, Virrey del Perú, siendo su fabricante
el Maestro Baltazar Rodríguez de los del número
de Carpinteros de Ribera de la Isla. Igualmente se
conoce que al siguiente año el mismo Rodríguez
construyó dos Galeras más, una de las
cuales fue tripulada por García Hurtado de
Mendoza, hijo del Virrey, para viajar a Chile, llevando
auxilios a las tropas del Cap. Pedro de Valdivia,
que combatía a los indómitos araucanos
tratando de sojuzgar la región. (1).
Durante los siguientes siglos Guayaquil fue un emporio
de riqueza maderera y de sus caletas y astilleros
salieron las más veloces embarcaciones de América.
En importancia ningún puerto le sobrepasaba
en el Pacífico desde Norte América a
la Antártida; pero, la tala inclemente de sus
bosques terminó con las reservas forestales
del Guayas y al iniciarse el Siglo XVIII poco quedaba
de su antigua grandeza; a pesar de ello, en 1766 arribó
al puerto José Cipriano Echenar, Comisionado
por el Consejo de Indias, a estudiar las posibilidades
de fundar en Guayaquil el Real Astillero de la Mar
del Sur. Años después el Comisionado
murió repentinamente sin dejar nada establecido
y el Gobernador Coronel Francisco de Ugarte, comunicó
la noticia al Rey (1772).
De Echenar se sabe que escribió un informe
sobre Guayaquil razonándolo de la siguiente
manera:
1) Se daba en abundancia la materia prima para construir
barcos.
2) El costo del transporte de la madera hasta el Astillero
era ínfimo dada la cercanía de los bosques.
(1) Más alto que ellos, los arboles
-Por Julio Pimentel Carbo.
3) Los Carpinteros de Ribera que existían en
el puerto teman experiencia y estaban organizados
en un Gremio.
4) El Cabildo de la ciudad había separado una
extensa faja de terreno para que sirviera de asiento
al Astillero Real.
Pero en el Consejo de Indias, Manuel José Orejuela
se opuso a la construcción del Real Astillero
en Guayaquil, aduciendo que mejores condiciones existían
en el sitio denominado "Realejo" dentro
de los limites de la Gobernación de Tierra
Firme (Nicaragua).
Larga fue la disputa y aun se agravó más
cuando el Virrey del Perú José de Amat
y Borbón opinó en contra de Guayaquil,
aduciendo que los materiales accesorios para la construcción
y carena de navíos, tales como clavos, betún,
etc., eran de muy subido costo en la ciudad. En tal
situación y como de muchos puertos españoles
en América habían surgido peticiones
para el Real Astillero, el Consejo de Indias se abstuvo
de opinar y el proyecto quedó en receso.
EL BARRIO DEL REAL ASTILLERO
¿Cuál fue la suerte de los
terrenos destinados por el Cabildo de Guayaquil para
el Real Astillero? Desde 1770 en que se dio la disposición,
numerosos vecinos hablan levantado sus viviendas en
dichas tierras, a pesar de la prohibición en
contrario que sobre ello pesaba, corriendo el riesgo
de una demolición. En 1785 los vecinos de esos
parajes suscribieron una petición para que
se les concediera la propiedad efectiva pues ya no
se pensaba en el Astillero. El Gobernador Ramón
García de León y Pizarro, cauteloso
en su proceder, el 5 de marzo solicitó a los
Oficiales Reales, Luis de Ariza y Gaspar de la Cruz
Ximena; al Escribano Público Mayor de Cabildo,
Minas y Real Hacienda, Alejo Guiraldes Pereyra y Castro,
y al Escribano Público e Interino de Gobierno
y Guerra, José Vásquez Melendez, que
informaren si en la Escribanía de la Gobernación,
en el Archivo del Cabildo o en el de la Real Contaduría
existía algún Superior Despacho o Real
Orden para que los Gobernadores concedieran a los
vecinos que lo solicitaren autorización para
construir sus casas en los solares existentes entre
el Estero llamado de Carrión y el recién
construido Fortín de San Carlos de norte a
sur y entre el Río Guayas y la Sabana de este
a oeste, respectivamente, sitio que estaba destinado
por el Cabildo para asiento de las Fábricas
del Real Astillero de la Mar del Sur.
No se halló tal Orden o Decreto pero existiendo
la costumbre inveterada de conceder solares con cláusulas
de resolución y consecuente demolición
si el caso lo requería; el Gobernador, el 15
de Mayo de 1785 dictó el Auto de Ley ordenando
la mensura de los terrenos y designando los peritos.
Así se inició el barrio, veamos la iglesia.
En 1786, Fray Salvador Guerrero, del convento mercedario
del barrio del Bajo, reunió a los vecinos y
les manifestó la necesidad de contar con una
Capilla y Hospicio dedicados a la Virgen de las Mercedes
y a los pobres. La idea fue bien acogida, se pidió
a Quito el permiso para la fundación religiosa,
que llegó sin problemas, porque al comienzo
la Audiencia no quizo concederlo diciendo que el barrio
estaba ubicado en las cercanías de la iglesia
Matriz (Hoy Catedral) y San Agustín (hoy manzana
del Correo) y que por lo tanto no era necesario una
nueva capilla, pero a fines de año todo se
había solucionado y don Severino Franco y Navarrete
dio el dinero y se compró el solar donde hoy
se levanta la iglesia San Alejo y su casa parroquial.
GARCIA MORENO Y GUILLERMO
FRANCO
Y aquí interviene la historia
porque en 1859, un nieto de Don Severino, llamado
Guillermo Franco Herrera se proclamó Jefe Supremo
de Guayaquil y ante la invasión y bloqueo peruano
de nuestro puerto, transó con los vecinos del
sur aceptando el Tratado de Mapasingue, que jamas
llegó a aplicarse porque fue rechazado por
ambas legislaturas y no se canjearon las ratificaciones
como es de ley en estos casos.
Libre ya del enemigo, Franco se enfrenta con García
Moreno, que llegó por Babahoyo procedente de
Quito, con numeroso ejercito comandado por el General
Juan José Flores. La luchare fue ardua en Guayaquil;
pero, a la postre, la mayor experiencia bélica
de Flores pudo con el ardor juvenil de los soldados
de Franco y nuestra urbe fue tomada por asalto el
24 de Septiembre de 1860.
LA VIRGEN DE LAS MERCEDES
ES PROCLAMADA
Lo primero que hizo García
Moreno es proclamar a la Virgen de las Mercedes Patrona
del Ejército y las armas nacionales, obsequiándole
un bastón de mando en prueba de poder. Hay
guayaquileños antiguos que afirman que fue
la imagen de la Capilla de San Alejo la que recibió
tan valioso presente y que García Moreno, sin
conocer los antecedentes históricos de esa
imagen, la hizo sacar en procesión por toda
la ciudad, en acción de gracias por el triunfo.
Cómo se habrán sorprendido los Franco
al ver que, después de la derrota, se tributaba
honores a una imagen que tantos recuerdos traía
a la familia. ¡Así son las paradojas
del destino!.
Hoy ya no está la imagen que obsequiara el
piadoso Don Severino. Ya no se la puede admirar en
la Iglesia de San Alejo; porque su actual Párroco
Monseñor Antonio Bermeo, buen conocedor de
su valor histórico, queriendo preservarla de
cualquier daño material que pudiera sufrir
con motivo de los trabajos de terminación del
interior de la Iglesia, la ha hecho retirar a la Sacristía,
poniendo en el altar mayor, una nueva y moderna, de
reemplazo.
Sin embargo, de vez en cuando sale a lucir su apostura
“nuestra madre de Las Mercedes” y entonces
se la puede admirar en toda su espléndida belleza,
de talla antigua, a veces en el presbiterio, otras
en el baptisterio, donde la observé en semanas
pasadas. ¡Quién creyera que tiene casi
200 años de antigüedad, si parece nueva,
recién adquirida!
Esta imagen y una talla moderna de hace 70 años,
situada en la nave izquierda del templo, representando
a dos soldados azotando a Cristo, son las atracciones
históricas del actual templo de San Alejo.
¡Hay que ir a verlas!
Los dos verdugos de Cristo, uno negro (el General
Montero) y otro blanco (el General Alfaro) fueron
mandados a tallar con dedicatoria (uno con chiva y
otro con mostachos) por un padrecito anti alfarista
que ejercía el ministerio a principios de siglo
y que no pudiendo contener más su ira antiliberal,
decidió un buen día tomar desquite,
representando a ambos caudillos en el innoble proceder
de latiguear a Nuestro Señor. Hoy la talla
ha perdido actualidad y muy pocos recordamos su significado
que tanto dio que hablar en su tiempo y al ver la
escultura sonreímos maliciosamente con la consiguiente
intranquilidad de alguna beatita que nos cree judíos,
fariseos o por lo menos testigos de Jehová,
sin conocer la causa de nuestra actitud.
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