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ESTUDIANTES
UNIVERSITARIOS
Las Universidades americanas fueron
regentadas por santos y sabios fabricados en arcaicos
moldes en Salamanca y Alcalá de Henares. De
allí que sus enseñanzas eran casi medioevales.
Los estudiantes no eran tan ricos como se podría
pensar aunque debían tener algo siquiera para
sufragar los gastos. Olmedo, en Lima, compuso la siguiente
coplilla:
//A la diez llegó Estenos/ muy peripuesto y
ligero/ y le dijo al chinganero/— Déme
Ud. don Juan de Dios/medio jamón en dos/ pedazos
grandes sin hueso/ y no le compro a Ud. queso/ porque
experimento tal/ arranquitis de metal/ que no me alcanza
para eso...//
Dentro y fuera de las aulas se usaba la lengua de
Cicerón con mucha soltura, escapándose
en cada frase un latinazgo mal pergeñado que
era un contento oírlos. Cierta ocasión
un estudiante regresaba a su casa después de
una larga temporada de estudios en Quito y al toparse
con su perro, este, al principio no le reconoció;
pero, luego, al oírle, batió la cola
por largo rato, pues el estudiante le dijo:// Perriquitis
miquis/ no me conociorum?/ ego sum amicus/ el estudiantorum.//
Entre fiestas religiosas y mascaradas públicas
el gremio estudiantil se daba mañas para representar
entremeses latinos que casi siempre terminaban en
riñas, bochinches y heridos. Un extenso memorial
llamado "Probanza de Méritos y Servicios"
iniciaba la vida universitaria, los aspirantes debían
señalar lo que habían hecho a favor
de la corona sus antepasados, pudiendo dispensarse
la presentación de tal documento en casos extremos.
Espejo tuvo suerte y lo aceptaron sin pruebas pero
Mejía recurrió a padrinazgos por tener
la calidad de hijo ilegítimos.
Los profesores y estudiantes vestían prendas
especiales dentro y fuera del claustro según
los casos. Vestiduras complicadas que moverían
a risa en los actuales momentos pero que entonces
era sinónimo de elegancia y distinción.
El manto fue conocido por los estudiantes con el nombre
de "capa larga de cuello" y cuando salían
a la calle debían ponerse la "Toba"
o capa corta. El birrete, bonete o capelo cubría
la cabeza según la temporada y sobre el manto
iba la graciosa "Beca" o faja de muchos
colores, distintivo de cada facultad.
Los profesores llevaban capilla, capuz o capirote,
también llamado capucha, para resguardarse
del frío, y sobre la cabeza la muceta de capillo
parecida al birrete estudiantil pero más adornada.
Cuando se decretaban honras fúnebres por la
muerte de alguna autoridad los profesores se cubrían
con la Chia o manto de bayeta y muy pesado, pero más
corto que la capucha pues solo llegaba a la cintura
aunque cubría las mangas.
Cada facultad tenía sus colores propios y las
becas eran de fino raso con muchos flecos de hilos
de oro y plata al punto que en algunos casos se confundían
con las insignias de las Cofradías religiosas
muy numerosas y con las Ordenes de Caballería.
Los estudiantes salían a las calles en grupos
y con estas vestimentas que tanto llamaban la atención
de las damas, entonando coplillas picarescas como
ésta que va aquí: //La capa del estudiante/parece
jardín de flores/toda llena de remiendos /
y de distintos colores// El amor del estudiante/es
como un terrón de azúcar/ las muchachas
que lo prueban/ hasta los dedos se chupan// La muchacha
que no ha sido/ la novia de un estudiante/ no sabe
lo que es cajeta/ ni ha probado el chocolate.
El rector era la máxima autoridad y ejercía
poderes omnímodos sobre el profesorado, bedeles,
alumnos y oyentes en los asuntos o disputas universitarias.
Podía encarcelar, corregir y castigar a los
ociosos y desobedientes según su real criterio
y nadie le discutía.
Cuando se originaba un caso en donde había
sangre perdía su autoridad y el asunto pasaba
a un juez de policía. Algunos doctores opinaban
que para los universitarios existía fuero especial
dentro y fuera del claustro, tesis que nunca triunfó
por la oposición de las autoridades comunes.
Estaba prohibido portar armas blancas a los estudiantes,
los profesores podían usar puñales y
dagas. Si alguno infringía el reglamento se
le arrestaba y comunicaba al rector, quien castigaba
si lo creía necesario con prisión de
hasta ocho días y en una celda del claustro
o recinto.
Los exámenes finales eran de rigor y con mucha
ceremonia. Una prueba majestuosa e imponente que se
rendía ante el tribunal compuesto de cinco
profesores que calificaban con papeletas A o R (aprobado
o reprobado). El día anterior se vendaba a
un niño para que señalara los temas
que traían los textos. Enseguida venía
la noche triste, recordando la que pasó Cortés
cuando huyó botando sus tesoros. El día
siguiente comenzaba temprano, un bedel tocaba la campanilla
a las siete y conducía al estudiante a otro
bedel, se formaba la comparsa, y avanzaba hasta donde
estaban sentados los profesores del tribunal. Los
bedeles portaban mazas de plata puestas sobre los
hombros derechos y por ello se les conocía
como maceros. Vestían severos mantos de paño
o bayeta negra, golilla de tafetán blanco en
el pecho y los zapatos tenían hebillas de plata.
El Decano de la Facultad presenciaba el acto, uniformado
y serio y nadie osaba interrumpir la disertación
que podía durar hasta dos horas. A las nueve
el estudiante salía y tomaban votación;
si aprobaba, los profesores y el decano lo llevaban
a casa en son de triunfo para recibir el agasajo familiar,
pero en caso contrario salían subrepticiamente
y dejaban anonadado y solo al cansando estudiante
reprobado. Un año más de estudios le
esperaba en puertas.
Cada promoción era materia de una ceremonia
sencilla y hasta afectuosa, con saludos y despedidas.
El alumno recibía sus insignias nuevas que
lo ascendía al grado superior en una ceremonia
llamada de Investidura o Imposición en la cual
el Decano lo besaba en la mejilla, le obsequiaba un
libro y ambos firmaban con los profesores presentes
el acta de ascenso.
Los Juramentos de Grado eran igualmente solemnes pues
se hacían ante los evangelios y delante de
la presencia de Dios. Entonces el estudiante recibía
su anillo de oro en señal de igualdad con sus
antiguos profesores y una espada de metal dorado para
defender la verdad hasta con su vida. Se le calzaban
espuelas pues ya era caballero por sus conocimientos
especializados. Estaba en el pináculo de una
carrera terminada con éxito.
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