TOMO I
 
 
 TOMO II
TOMO III
TOMO IV
     


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ESCRIBANOS, ABOGADOS Y TINTERILLOS
Durante la colonia las escribanías eran sitios concurridos por chismosos que se iban a enterar de la vida y novedades del género humano, soltando la lengua sobre los últimos escándalos de la vecindad. Estas escribanías funcionaban en piezas ubicadas en los bajos del edificio del Cabildo, junto al mercado y con frente al malecón. Allí redactaban los amanuenses pesados infolios o sacaban copias debidamente legalizadas y con el tiempo y la experiencia ascendían a tintcrrillos o leguleyos por sus conocimientos empíricos en el arte de pleitear.

A este gremio pertenecía un vivaracho moreno llamado Francisco Salvatierra, empleado antiguo en la escribanía de Juan Gaspar de Casanova, que de tanto leer y escribir llegó a convertirse en el terror de los jurisconsultos de su época, a los cuales acostumbraba derrotar en juicio.

A tanto llegó la fama de Salvatierra que el público lo mantenía ocupado en asuntos contenciosos y administrativos hasta altas horas de la noche, de allí es que los abogados se quejaron ante la Audiencia, sindicando a los amanuenses de empíricos y perjudiciales para la normal administración de justicia y aunque el trámite fue largo y la contienda pareja, porque los amanuenses nombraron Procurador común al propio Salvatierra, a la larga la perdieron y la Audiencia los sentenció el 12 de Enero de 1797 al pago de multa, con la expresa disposición de que en lo futuro "no se mixturen en dar plumada ni escriban en autos" so pena de ser condenados a prisión. El fallo causó justa alarma en la ciudad porque supuso de allí en adelante la obligación para todo abogado de firmar conjuntamente con su cliente en los escritos de defensa y a éstos últimos de pagar por cada firma. De Salvatierra se sabe que "se inmiscuía en las causas, asesoraba a las partes, redactaba escritos por paga y casi siempre con buen éxito, derrotando a los más importantes abogados en ejercicio, con salidas legales y muy inteligentes..."

Así estaba a finales del siglo XVIII la "Ilustre, clara, distinguida y noble facultad y profesión de Abogados" puesto que el título de tal solo podía ser alcanzado por hidalgos con prerrogativas. El gremio había comenzado a funcionar en Guayaquil hacia 1.760, época en que se exigía la presencia de un Abogado Asesor ante el Cabildo y otro ante el Gobernador; antes se desempeñaban como abogados o curiales los escribanos y amanuenses como ya quedó dicho, llamados por el pueblo "letrados" y "empíricos" por sus conocimientos meramente rutinarios.

La abogacía se aprendía en las Universidades donde se enseñaba jurisprudencia, cuyo ratio studiorum se asentaba en el derecho romano o civil y en el eclesiástico Canónico, pudiendo el alumno graduarse en ambos, en cuyo caso era Doctor in Utroque Jure o sea en Ambos Derechos.

En los dos primeros años se leían y comentaban en latín las Institutas o derecho romano recopilado por Triboniano y diez juristas más a petición del emperador Justiniano el 525 aproximadamente. Este Código recopilaba los edictos y rescriptos imperiales posteriores al Edicto Perpetuo del emperador Adriano y apareció en Ravena el 529, pero la versión que se salvó del olvido y pudo llegar hasta nosotros está copiada el 543, dividida en doce libros y tiene el nombre de "Nuevo Código".

Durante el tercer año los estudiantes leían y comentaban "Las Pandectas", también llamadas "El Digesto" o "La Clasificación" y que se compone de cincuenta libros conteniendo los Comentarios de los más ilustres juristas romanos anteriores al emperador Adriano, diseminados en más de dos mil volúmenes en épocas de Justiniano y que éste mandó a coleccionar.

En el cuarto año se estudiaban "Las Novelas" o "Nuevas Leyes auténticas" dictadas por dicho emperador. En el quinto año se averiguaban las "Leyes Reales de España" y en el sexto se profundizaba en el conocimiento de ellas comparándolas con las "Instituciones Canónicas" y si se quería obtener el título doctoral, se hacía un año más de especialización aparte.

Con el título bajo el brazo el abogado solicitaba a la Audiencia más cercana que se le permitiera "Tomar estrados" en ella para abogar en su jurisdicción territorial, ceremonia que revestía gran boato y se realizaba ante el Presidente de la Audiencia o quien hiciere sus veces.

El abogado llegaba acompañado de un heraldo y dos maceros hasta muy cerca de la mesa de sesiones, donde permanecían inmutables los miembros, de pie, esperándole y lo invitaban a subir y a sentarse junto a ellos en señal de respeto, distinción, honor y jerarquía, luego se inscribía su título en el Registro de la Audiencia y en los Reales Consejos de España, pagando crecidos emolumentos.

Los Escribanos podían ser del Rey si aprobaban un examen de competencia ante el Consejo de Indias y de Audiencia si se examinaban ante dicho organismo. En ambos casos había que probar actitudes, honorabilidad e hidalguía, pues los escribanos tenían la calidad de funcionarios de la administración. También existían los Notarios Eclesiásticos que actuaban solamente en procesos canónicos y de gobierno. También tenían que registrar sus nombramientos y autorizaban actos y contratos en los sitios donde ejercían, si no habían Escribanos por los contornos.

En 1813 las Cortes de Cádiz reglamentó al gremio de Escribanos manifestando que cualquier vecino podía solicitar tal calidad al Cabildo más cercano a su domicilio, probando honestidad, conocimientos c hidalguía. Esta reforma llegó tardíamente a Guayaquil pues años atrás la Audiencia de Quito había dictaminado que cualquiera podía solicitar su inscripción al Cabildo para trabajar de Escribano y si no habían protocolos vacíos hasta podía hacerlo en el de algún colega que se le permitiera, "que para dar gusto a antojos, he mandado hasta España por anteojos...."