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ERMITAÑOS
DE SAN AGUSTIN
Los agustinos arribaron a Guayaquil en 1593 llamados
por los Castro Guzmán piadosa familia que les
financió el viaje y construyeron su Convento
de Ermitaños y la primitiva Iglesia con el
nombre de "Capilla de Nuestra Señora del
Soto" en 1594. En esto fueron los segundos, pues
antes habían llegado los Dominicanos que aún
conservan su primitivo asiento al pie del cerro y
en los inicios de la antigua calle Real hoy Rocafuerte
y los terceros los franciscanos.
Durante el siglo XVII estas fueron las tres únicas
órdenes religiosas en el puerto, pues los Mercedarios
moraban en Portoviejo hasta que en el siglo XVIII
se asentaron en la parroquia de la Concepción
construyendo una "iglesia linda y espaciosa"
que se quemó en el Incendio Grande de 1896
para ser reedificada de madera en el sitio que hoy
ocupa frente al parque.
El primer templo agustino en Guayaquil fue edificado
con generosos donativos de los hijos del Capitán
Toribio de Castro y Grijuela, que eran valientes y
pudientes y estaba situado en los límites de
la actual iglesia de Santo Domingo, cerca de un esterito
que había que atravesar por un puente de maderos
y caña. El templo era de naturaleza precaria,
de una nave de ancho, techo de hojas de bijao entrelazadas
con lianas, los puntales de guayacán y amarillo
y las rústicas paredes de caña. No era
bonito pero nuestros antepasados llegaron a apreciarlo
mucho.
El nombre de "Nuestra Señora del Soto"
se remonta a la villa de Toranzo en España
de donde era oriundo el Capitán Toribio de
Castro y Grijuela, padre de los benefactores. Este
buen señor había nacido sin una mano
y sus devotos padres acostumbraban llevarlo a visitar
la imagen de una virgen venerada en la villa del Soto,
vecina del lugar de Iruz, peregrinando en solicitud
de una mano de repuesto y caso curioso, la virgen
no se hizo la desentendida, que para milagritos ella
se las vale y una mañana cuando todos estaban
ocupados en las faenas agrícolas propias de
la granja, se apareció en la puerta de la calle
una noble señora y solicitó una limosna.
Toribito de Castro que era buen chico y sabía
portarse generosamente con todos, le entregó
un pan recién horneado y ¡Oh portento!
le creció la mano con tal velocidad que no
atinó a ver a la señora pues esta había
desaparecido. ¡Era la virgen, no podía
ser nadie mas!.
I como para señal del milagro, al niño
le quedó de por vida una leve marca rosada
en el sitio donde terminaba su muñón,
siendo tan comentado el caso que el Escribano Público
del Valle de Toranzo, Francisco Arce, el 10 de Marzo
de 1584, tomó declaración a más
de cuarenta testigos, certificando el milagro. Años
después, el 24 de Mayo de 1608, el Escribano
Real de Iruz, Francisco Gómez, hizo lo propio
con testigos diferentes, con iguales resultados.
Tal acontecimiento dio prestigio al niño Castro
que se estableció en las Indias, propiamente
en Guayaquil y casó con Leonor de Guzmán
y Vargas, hija del conquistador Rodrigo de Vargas
Guzmán y de María de Robles, su mujer,
fundando una familia que multiplicó su descendencia.
Algunos años tenía la Capilla de Nuestra
Señora del Soto en Guayaquil y los agustinos
se habían aclimatado a la malignidad de nuestros
inviernos cuando los piratas asolaron el puerto en
1624. Tenía su altar mayor tallado en madera
por artífices porteños y un lienzo al
óleo que se salvó, de regulares dimensiones,
con la imagen milagrosa de la Virgen del Soto circundada
en aureola y con el niño en brazos. A los pies
de la imagen y casi al extremo de la tela figuraba
otro niño al que faltaba el brazo derecho.
Este lienzo, con numerosos remiendos y empastes perduró
en Guayaquil colgado en una de las paredes de la sacristía
del templo y desapareció en el incendio de
1902 devorado por las llamas.
En 1627 Felipe IV ordenó que el Convento de
Religiosos Ermitaños de San Agustín
de Guayaquil, recibiera una suma no menor de ochenta
pesos anuales en calidad de ayuda y le otorgó
el título de Real Convento, con el privilegio
de colocar encima de la puerta principal un cuadro
con las armas personales del monarca reinante. También
les dio el derecho de recabar entre el Vecindario
la pólvora necesaria para la celebración
de las vísperas del glorioso Santo y con lo
cara que estaba la pólvora, no fue poca cosa
el privilegio.
PRESENCIA AGUSTINA
Entre 1624 y el 51 los ermitaños
de San Agustín se quedaron sin iglesia y convento
morando en una ramada que para el efecto les mandó
construir el Cabildo, en ese último año
edificaron la segunda Iglesia que tuvieron en Guayaquil,
más amplia y mejor presentada que la primitiva,
aunque no muy central, pues estaba en los arrabales
cerca de la actual calle Rocafuerte; pero no importaban
las incomodidades, la ciudad crecía y el Cabildo
había comisionado al Cap. Alonso Moran de Butrón
con el objeto de reparar el "puente del pasaje
de San Agustín", con 40 estacas de camino
y de algunos maderos enlucidos para pasamano y apoyo
de las beatas madrugadoras que no esperaban la salida
del sol para asistir a los servicios religiosos. ¡Buen
Cabildo que se preocupaba de detalles tan nimios!.
Este segundo templo sirvió por muchos años,
tiempos buenos para la Orden, pues adquirió
numerosas haciendas en Baba y Babahoyo que administraba
con éxito, obteniendo pingues ganancias que
repartía, en limosnas y caridades a manos llenas.
También poseía joyas para el culto,
esclavos para el servicio, ganado caballar y vacuno
y hasta las campanas del templo, tres grandes y muy
sonoras, diariamente tañían llamando
a los fieles. Estas campanas fueron las primeras que
se fundieron en el puerto, pues las de Santo Domingo
vinieron de Lima.
También tenían un reloj de arena con
dos ampollas que vigilaba un hermano lego. Cuando
la arena caía en la clepsidra inferior les
daba la vuelta y tocaba la hora halando tres cabos
de soga que conectaban con los badajos Din, don, dan,
suenan las campanas agustinianas. ¿Qué
se habrán hecho? suponemos que fue tan grande
el calor del incendio del Carmen de 1902 que se han
de haber fundido pues no se las ha vuelto a ver ni
a escuchar.
Para 1693 Guayaquil sufrió un disloque urbanístico,
algunos vecinos creían que era necesario extender
la ciudad por la sabana fangosa del sur, abarcando
una estrecha faja de terreno entre el río y
el estero que en sus altas mareas llegaban a unirse.
Las opiniones estaban divididas pero triunfaron los
del cambio y empezó la mudanza, primero casa
por casa y luego los barrios.
Ciudanueva se llevó a los Agustinos que construyeron
su tercera Iglesia emplazándola donde actualmente
existe el edificio de la Biblioteca y Museo Municipal,
calle 10 de Agosto entre Chile y Chimborazo. El solar
fue donado por el Cabildo con no se qué cláusulas
de devolución en caso de no edificación.
La Iglesia fue levantada de apuro y se la refaccionó
en 1723 por parte del Padre Nicolás Paredes,
que entabló su interior para evitar molestias
a los feligreses, calzó los estantes para que
sostuvieran una hermosa torre de madera donde instaló
el campanario y rehizo el techo a gusto de los vecinos,
poniendo tejas en vez de hojas de bijao, fáciles
de combustionar.
El Padre Paredes debió morir casi centenario
pues en 1815 el Regidor José López Merino
solicitó al Cabildo que dirigiera una atenta
nota al Capítulo agustino que se celebraría
pocos días después, indicándole
la conveniencia de que continue dicho padre en el
ejercicio de sus funciones de Maestro Prior.
Con la independencia decayó la Orden considerablemente
en Quito y Guayaquil. Para 1821 el convento permanecía
desocupado al cuidado de Pedro Santander que tenia
plena autorización del Cabildo para cerrarlo
en caso necesario. Allí se hospedaban los batallones
de criollos y en aquel convento, otro sitio de meditación
y oración, solo se escuchaban las ordenes superiores
y cuando vinieron los heridos de los dos Huachi, las
quejas de los más adoloridos.
Hacia 1825 vivían muy pocos frailes y el Intendente
de Guayaquil, General Juan Paz del Castillo, había
informado al Cabildo que los conventos de agustinos
y franciscanos amenazaban ruina y que creía
del caso echarlos a tierra, pero felizmente no le
escucharon. El Cabildo instaló en una parte
de él a la Escuela de niñas que regentaba
la Junta Curadora de Instrucción que presidía
la Srta. María Urbina Llaguno. Allí
estudiaron por tres años las niñas hasta
que en 1828 se fueron a una casa del malecón.
Pero en 1870 se acabó dicha escuela y pasaron
a estudiar al recién creado Colegio de los
Sagrados Corazones cuya superiora era la Madre Sor
María Rath, de quien se tejió una fantástica
leyenda que la hacía guayaquileña despechada
de amores que viajó a Europa y regresó
monja.
En 1831 se inauguró el Colegio de Enseñanza
Media y Superior del Guayas bajo la rectoría
del Dr. Manuel Aguirre, al que sucedió el Dr.
Francisco Marcos.
En 1840 poco más o menos los agustinos habían
recuperado su convento que echaron a tierra por viejo
y erigieron otro que fue sitio de moda por lo hermoso
y risueño, con amplia verja de hierro que cercaba
el atrio enladrillado a la usanza española.
La fachada era sevillana y en su interior numerosas
imágenes y cuadros religiosos le daban el prestigio
de iglesia rica y pulcra.
Esta iglesia se quemó el 12 de febrero de 1896
y fue la Cuarta Iglesia Agustiniana en Guayaquil.
La quinta debió levantarse hacia 1898 y en
ella invirtieron ingentes sumas, les salió
muy hermosa iglesia pero se quemó al poquísimo
tiempo en 1902 y este flagelo fue un golpe decisivo
para la Orden que no pudo reponerse pues la revolución
liberal habíales dejado sin haciendas. Entonces
la Municipalidad les arrebató el solar y como
los Agustinos tenían una pequeña capilla
llamada del Silencio, en Quisquís y Pedro Moncayo,
allí levantaron en 1916 la actual iglesia y
convento, que viene a ser la sexta que han tenido
en casi tres siglos en Guayaquil.
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