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DECADENCIA
DE LOS PRINCIPES
Es a partir de 1.550 que comienza
a consolidarse la conquista en América. Los
Caciques indígenas, que hasta entonces habían
gobernado sus parcialidades con la aquiescencia de
las pocas autoridades españolas, empezaron
a ver disminuidos sus privilegios en beneficio de
nuevos burócratas peninsulares que llegaban
por millares, atraídos por la bonanza de la
minería y por los crecidos tributos indígenas.
Este fenómeno de entrega de poder no se realizó
rápidamente, por el contrario, necesitó
de medio siglo para su asentamiento, de suerte que
pocos notaron el cambio; hacia 1620 las antiguas familias
de Caciques, otrora poderosas y hasta feudales, estaban
casi todas arruinadas y clamaban ante la lejana corte
en Madrid por la concesión de minúsculas
canongías para no caer en la indigencia.
Los orgullosos Quishpe, señores naturales de
Punín y que en 1540 habían entroncado
con doña María Atabalipa, hija del Emperador
Atahualpa, trabajaban de modestos organistas en la
Iglesia de Riobamba y eso que eran descendientes de
Incas. Igual cosa ocurría con los Chapalbis
de la jurisdicción de San Luis, que habían
emigrado y andaban por pueblos y collados prácticamente
mendigando. Los Conllocando, también de regia
estirpe puruhá, vegetaban en Licán dedicados
a la agricultura. Los Llagurima que habían
peleado denodadamente un siglo atrás contra
las fuerzas invasoras de Huayna Cápac, aún
se conservaban en Calpi pero tan disminuidos y maltrechos
que hasta sus moradas habían sido abatidas
por el tiempo y vivían en chozas. También
residían en Calpi otras familias de la nobleza
puruhá como los Luisa, los Chambo y los Quimiag,
sus miembros figuran en los primeros padrones levantados
por los diezmeros para cobrarles tributo y aunque
apelaron a la Audiencia de Quito para liberarse de
esa pesada carga personal, ni siquiera se les hizo
justicia en todos los casos y sólo los hijos
y nietos de Caciques, que no las ramas colaterales,
obtuvieron excepciones. Estos Quimiag también
gozaban de tierras en la población que lleva
su nombre y que aún existe en la provincia
del Chimborazo.
En Guano vivían los Tunca y los Chamba. Estos
últimos eran descendientes de príncipes
y generales puruhaes miembros de la corte de Condorazo
y habían gobernado vastas regiones, incluso
el río Chambo tomó su nombre del apellido
de esta familia, al pasar por sus territorios.
En Yaruquíes residían los Duchicela,
rama mayor de la familia reinante en Puruhá
y por lo tanto Caciques principalísimos. Allí
se había escondido después de conocer
la muerte de su padre el Inca, uno de sus hijos varones
llamado Rocca o don Fernando, por haber sido bautizado
por los franciscanos de Quito y allí vivió
obscuramente y siempre atemorizado de que lo fueran
a asesinar.
Este príncipe tenía en sus venas la
sangre imperial de los Incas y la real de los Shiry
- Duchicelas, unía en su persona a las tres
casas más poderosas e importantes de los Andes
del norte, pero la suerte que corrió fue triste,
viviendo en un poblado de segunda categoría,
sin corte ni servidores y dentro de la monotonía
gris de un paisaje nunca cambiante; sin embargo sus
descendientes los Lobato, los Huaraca y los Carrillo
nunca olvidaron sus regias estirpes y en los siglos
XVII y XVIII las probaron numerosas veces ante la
Audiencia y las últimas ramas viven aún
en poblaciones rurales como Sigcho y Píllaro.
Si tan desalentador era el panorama en la sierra,
no lo era mejor en la costa donde los indómitos
chonos fueron diezmados por la epidemia de viruelas
que azotó el continente en 1599, reduciendo
la población indígena en un 40%. Así
pues, a medida de sus posibilidades, fueron internándose
por la cuenca del Guayas hacia el norte, primero a
Daule, luego a las montañas de Balzar y por
último a las espesuras de Santo Domingo, entonces
llamada tierra de "Nono y Nanegal", para
formar las actuales comunidades de indios Colorados
En este lento pero incontenible avance fueron acompañados
por los Huancavilcas, Yanques y Puilches, con quienes
se avinieron a última hora para hacer frente
común al enemigo español.
Los Caciques de Puna, de apellido Tumbala, jefe mayores
de la confederación de esa isla, fueron asesinados
con motivo de las guerras contra los incas y tumbecinos
primero y contra los españoles después.
Hacia 1585 vivía en Lima don Diego Tomalá
(había castellanizado su nombre indígena)
como militar de baja graduación especializado
en construir navíos mercantes y de guerra.
Después regresó conservando sus tierras
y Salinas en Puná, pasó a residir en
Guayaquil y dejó descendencia, que gozó
de riqueza, quedando como recuerdo un hermosísimo
escudo de armas donde figuran indios bogando en canoas
sobre ondas celestes y blancas de agua.
Los Cayche de Daule descendían de los reyes
de Colonche y Manglaralto por varonía y ejercían
el Cacicazgo de Daule en propiedad, fueron los últimos
en detentar poder político y económico.
Doña María Cayche se daba el lujo de
recibir en su casa a presidentes, obispos y oidores
de la Audiencia cuando pasaban por Daule, atendiéndose
con boato. También les proporcionaba ayuda
para que prosiguieran sus viajes, enviándolos
con guías sacados de su tribu o parcialidad.
Los caciques Guale, los Quijije y los Piguave subsistieron
en Jipijapa, los Cacao y sus descendientes entre los
cuales figura la actual familia Rosales de Guayaquil,
en lo que hoy es Palmar; los Tumbaco, los Borbor,
los Vite, los Mite, los Orrala, los Quimi, los Pincay,
los Ascencio, los de la O, los Alejandro, los Yagual
y los Villao, también de la provincia del Guayas,
aunque no caciques, eran considerados indios principales,
de orígen Huancavilca.
Los Sono y sus son descendientes de apellido Reina
salen de Caciques de Lambayeque en el norte del Perú
y los Sangurimas, de la novela famosa de ese nombre,
son los mismos Llangurimas de Calpi, que al pasar
a la costa por razones estrictamente fonéticas
modificaron la pronunciación de la primera
letra del apellido.
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