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CABALLEROS
INCAS
En 1533 Atahualpa estaba prisionero en Cajamarca y
después de entregar parte del tesoro ofrecido
por su rescate se convirtió en un estorbo para
los españoles, que temían sus iras si
lo liberaban, así es que decidieron sacrificarlo.
Al comunicarle la inicua sentencia de muerte, con
lágrimas en los ojos les preguntó el
Inca que en qué había delinquido él,
sus mujeres o sus hijos y por supuesto nadie le pudo
responder.
La sentencia debía cumplirse en la hoguera,
muerte por fuego, que no se acostumbraba entre los
Incas del antiguo Perú, donde creían
que el espíritu del sol, transmitido de padres
a hijos entre los Incas desde Manco Cápac y
Mama Ocllo, escapaba del cuerpo del Inca difunto solamente
al ser enterrada la cabeza y entonces volaba al del
heredero reinante.
Esto no lo sabían los españoles y al
ser requeridos por Atahualpa con el bautizo, optaron
por concederle esta gracia y la muerte por asfixia,
pues ya no era hereje. De esta manera se preservó
la Divinidad de los Incas a sus descendientes.
Al otro día del suplicio cundió la mala
nueva por Cajamarca y los Orejones y las mujeres lloraron
tendidos en el suelo, las ropas desgarradas, las mejillas
arañadas y los cabellos sueltos, en señal
de luto. Pizarro había decidido avanzar al
Cusco con sus cuatrocientos ochenta castellanos, perros,
caballos, corazas, mosquetes, culebrinas y haciendo
el mayor ruido posible como signo de poder. Con él
iba también el recio Capitán Calicuchima,
recostado en hamaca dorada y sobre los hombros de
sus faquines y un joven de no más de 15 años,
de aspecto tonto y esmirriado, llamado el Inca Toparca,
por ser de los últimos hijos de Huayna Cápac,
a quien Pizarro acababa de proclamar emperador, imponiéndole
las insignias de su rango.
Primero atravesaron la provincia de Guacamachuco y
llegaron a Andamarca donde sostuvieron las primeras
guazabaras en plena serranía y en Jauja el
pobrecillo de Toparca murió a manos de sus
súbditos, que no quisieron reconocerlo.
Y la marcha continuó y poco después
supieron que el indómito Quisquís los
esperaba con sus hombres para tomar venganza por lo
de Atahualpa, entonces decidieron desprenderse de
Calicuchima y lo hicieron arder en las llamas; pues
ya no lo necesitaban. Luego prosiguieron su camino,
al encontrar el ejército de Quisquís
recibieron la sorpresa de saber que otro hijo de Huayna
Cápac, llamado el Inca Manco, había
resuelto aliarse con los cristianos y pasarse a su
bando, dejando a Quisquís sin gentes.
Manco Inca a veces parecía tímido y
a veces audaz, era dúctil y político,
podría ser utilizado mientras no constituyera
un peligro, y luego se lo sacrificaría como
a los anteriores.
Pizarro se enteró que los soldados de Quisquís
habían regresado al Cusco y estaban desvalijando
templos y palacios de sus planchas de oro y plata
y que existía el pillaje por toda esa región;
entonces ordenó avanzar a marchas forzadas
y ocupar la vieja capital, que encontró parcialmente
destruida y "en medio de un silencio solemne,
apenas turbado por el vuelo de ciertas aves nocturnas
y agoreras."
"Y vinieron días de quietud, de transformación
de templos del sol en iglesias de Cristo, los indios
dejaban hacer como bestias perezosas incapaces de
reaccionar, mientras en las altas sierras Quisquís
esperaba el día de la venganza". Y estando
en Vilcas, Pizarro se enteró que el Cap. Pedro
de Alvarado había desembarcado en Coaque, para
disputarle el dominio de esos territorios y mandó
a Diego de Almagro a contenerlo.
Mientras tanto fundó la ciudad de los Reyes
a la vera del río Rimac o Limac, actual capital
de Perú, donde colocó el llauto imperial
sobre la frente de Manco Inca II, a quien mandó
al Cusco para que gobierne sobre unos cuantos de sus
vasallos, bien cuidado por soldados españoles
que no le dejarían obrar en libertad. Entonces
Manco Inca II comenzó a conspirar y hasta se
fugó por tres veces, siendo aprehendido otras
tantas y puesto en prisión, pero como no era
tonto logró convencer a Hernando Pizarro que
sólo él sabía el sitio exacto
donde se encontraba una estatua gigantesca de oro
y que si lo dejaba salir se la traería, así
es que con esta infantil treta logró fugarse
a Yurcay donde se hizo fuerte por mucho tiempo, sin
que pudieran sus enemigos capturarlo; después
se lanzó contra el Cusco pero no pudo tomarlo
y retirado a los bosques empezó a vagar por
entre los roquedos, sin punto fijo ni acción
concreta, hasta que un día recibió una
misiva de Diego de Almagro, ofreciéndole su
espada contra Pizarro y se unieron en el odio al Marqués,
pero el 26 de Abril de 1538, perdieron la batalla
de Salinas, que selló la suerte de Manco Inca
II casado con su hermana la Colla Rabba Ollo.
Su hijo Sairy Túpac fue bautizado con el nombre
de Diego y cuando llegó a la pubertad casó
con la Colla Cusí Huarcay bautizada como Doña
Beatriz Clara Colla Inca, por ser hija de Huáscar
y de su hermana Mama Huarcay Coya.
Doña Beatriz fue agracidad por el Rey Felipe
III con el señorío del Valle del Yurcay
en el Perú y llegada a la pubertad fue casada
en el Cusco por mandato del Virrey Toledo, con un
sobrino nieto de San Ignacio de Loyola, llamado Don
Martín García Oñez de Loyola,
quien era Caballero de la Orden de Santiago y Capitán
General del Reino de Chile y existe un cuadro al óleo
en la Catedral del Cusco donde aparecen ambas familias
con elegantes vestiduras y en el momento de la solemne
ceremonia. Loyola murió a poco en Chile, peleando
contra los Araucanos y su viuda crió a la única
hija de esta unión llamada Doña Ana
María Colla Inca de Loyola, a quien Felipe
IV confirmó en el título de pariente
mayor de los caballeros incas del Perú e hizo
I Marquesa de Santiago de Oropesa y quien casó
con Don Juan Francisco de Borja y Enríquez
de Almansa, perpetuando en su descendencia el Marquesado
de Oropesa, el señorío del Valle del
Yurcay y la primogenitura de los Incas peruanos; sin
embargo, al morir su nieta Doña Teresa Enriquez
de Almansa sin sucesión, recayeron los derechos
sobre el Tahuantinsuyo en los descendientes del Inca
Tupac Amaru, también hijo de Manco Inca II,
que vivían en el Perú y se apellidaban
Condorcanqui. A este real linaje perteneció
en el siglo XVIII el Cacique don José Gabriel
Condorcanqui, que ha pasado a la historia de América
como Tupac- Amaru.
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