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BARBEROS,
DENTISTAS Y MASCARRABOS
La noble profesión de la dentistería
que tantas lágrimas ha hecho rodar por el mundo
es relativamente nueva en nuestra ciudad. Que yo sepa
solo desde 1880 comenzaron los dentistas a ponerse
de moda cuando llegó el "gas hilarante"
y "el éter", primeros anestésicos
usados en las extracciones. Mientras tanto la sufrida
cristiandad había tenido que aguantarse los
dolores de dientes y de muelas o llamar a los "barberos
sangradores", que hacían el pelo y la
barba y se prestaban para todo tipo de cirugía
menor, tal como extraer dientes y muelas, remover
raigones, suturar heridas superficiales, cauterizar
las más profunda, ligar venitas, sangrar a
los que sufrían de hipertensión arterial
y aplicar las repugnantes sanguijuelas, muy medicinales
si chupaban sangre de la nuca, para bajar la tensión
y provocar una terapia de descanso, evitando los derrames
cerebrales.
Los primeros dentistas propiamente dichos llegaron
del exterior como es natural, unos de Colombia y otros
del Perú, se establecían en el puerto
y anunciaban sus servicios por periódico. Poco
era el instrumental, solamente un gatillo mango ancho
para las muelas, especialmente si eran del juicio
y con tres patas retorcidas y otro gatillo menor para
los dientes y colmillos. A veces se producían
hemorragias muy fuertes y era necesario coger puntos,
pero casi siempre la destreza de sus manos hacía
que la extracción fuera rápida y no
muy dolorosa.
A un curita de los contornos el señor Obispo
le prohibió que sacara muelas gratuitamente
en el campo, porque le avisaron que el buen padrecito,
dizque para agarrar bien la pieza tomaba posiciones
y realizaba insólitos manoseos en los pechos
de las damas y damitas, sus pacientes. Otro barbero
ad— honorem de los contornos, era conocido por
su manía de orinar frecuentemente y aún
en medio de las extracciones porque sufría
de la próstata y a veces cuando regresaba del
escusado hasta olvidaba lavarse las manos y seguía
maniobrando en la boca de sus sufridos clientes, con
los ascos que son de imaginar.
En cuánto a dientes y muelas, se perdían
con mucha frecuencia por la mala alimentación
y falta de conocimientos dietéticos, así
como también por los continuos embarazos anuales
que desproveían de calcio a las señoras
y era de ver como jovencitas de 25 y 30 años
andaban hueras y con la fea costumbre de taparse la
cara con un pañuelito o con el abanico cada
vez que sonreían, para no enseñar los
huecos. En las antiguas fotografías de Presidentes
de la República se observa que estaban desdentados,
pero a mediados del siglo pasado llegaron las dentaduras
postizas de marfil y tan pesadas, que la gente que
las usaba tenía que hacer verdaderos esfuerzos
para hablar.
Por otra parte, comer con ellas, era un martirio.
La comida se quedaba a medias en la boca y era peligroso
tragar. Se cuenta que Rocafuerte se mandó a
fabricar una completa, de arriba y abajo, pero que
nunca se acostumbró al uso. Y tenía
toda la razón. Y fue recién con el siglo
que salieron las actuales planchas de material menos
pesados y sobre todo más maniobrables.
Mi tío abuelo Carlos Concha aprendió
dentistería en Alemania y allí se estuvo
algunos años en el empeño, lamentablemente
nunca ejerció la profesión, pero que
de saber sabía y hasta era diplomado y todo
lo demás. Una prima que vivía en casa
de mi bisabuela, llamada Victoria Balanzátegui
Torres, entonces chicona de no más de doce
años, tenía una muela que le dolía
mucho y no se la dejaba sacar por nada de este mundo
pues era floja y miedosa y como no era tonta se disculpaba
diciendo en cada ocasión: "Solo me la
sacaré cuando regrese de Europa mi primo Carlos"
y pasaron meses pero un buen día, ¿Qué
creen que sucedió? Pues que regresó
de Europa el primo Carlos y todos a una decidieron
probar al nuevo dentista, con la famosa muela de Victoria.
El recién llegado mandó a pedir un instrumental
adecuado al doctor Pazmiño que vivía
cerca y entre todos la trincaron en el suelo porque
se defendía como fiera y en un dos por tres
quedó sin muela. Ella no podía gritar
pero cuando pudo, dijo solamente: "Sácame
tus dedos sucios de tabaco de mi boca". Así
se estrenó Carlos Concha en el Ecuador, como
dentista.
Recuerdo y esto no me lo han contado, cuando en cierta
ocasión asistí al recital de un poeta
famoso que ya andaba por los 70 años. El vate
usaba plancha, como después se supo, porque
el recital fue un fiasco debido a la mala pronunciación.
Solo dijo:
Elhs shiello hersmosamente clasro
añunshia la eshistenshia de nuestro gran creadors
Y todo fue un sonarse de narices y sacar pañuelos
para evitar que el pobre poeta se diera cuenta de
la risa que estaba despertando su dentadura postiza
unida a un fuerte acento interandino que hacía
impenetrable la correcta y galana apreciación
de su estro, que en otros tiempos había sido
genial.
Los mascarrabos de antaño eran personajes famosos.
Había uno por barrio, que la profesión
no daba para más; por lo general eran indios
de la sierra, muy fornidos y con grandes dentaduras,
que iban a las casas a mascar los rabos de los cachorros
y cachorritas de no más de seis semanas de
nacidos, para luego cosérselos con aguja e
hilo y dejarlos que ni pintados para una exposición
canina. Dicen personas que llegaron a verlos en acción,
que afeitaban la partecita del rabo por donde iban
a pegar la dentellada y tomándolo suavemente
lo metían en la boca y lo cortaban de un solo
mordiscón, botando la punta al suelo y apretando
el muñón para impedir la hemorragia.
Tan antihigiénica operación costaba
un peso y habían mascarrabos de buen bajo a
los que jamás se les había infectado
una herida.
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