TOMO I
 
 
 TOMO II
TOMO III
TOMO IV
     


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ANECDOTARIO DE LOS CONVENTOS
En 1684 las monjas del convento de Santa Catalina de Siena de Quito se rebelaron contra sus superiores del convento de Santo Domingo acogiéndose a la protección del Obispo Dr. Alfonso de la Peña y Montenegro. El Provincial se dirigió a la Audiencia y logró del Presidente Dr. Lope Antonio de Minuve que las regresara a la obediencia, pues los motivos que ellas esgrimían eran de índole interna y disciplinaria y no constituían causa suficiente para tal cambio.

Al conocerse la resolución, el Canónigo Manuel Morejón, Vicario de la Diócesis y encargado del Obispado por enfermedad del titular, resolvió apoyar a las monjas revoltosas y reunió a la comunidad para que eligieran Superiora a la Madre Leonor de San Martín, de las más viejas, virtuosas y abnegadas monjas del claustro, de tal suerte que las independentistas tomaron fuerza y el monasterio quedó escindido en dos bandos irreconciliables. De un lado las monjas viejas que querían la coyunda dominicana y se llamaban a si mismas "Las Observantes" y del otro las jovencitas que ambicionaban una vida distinta y por eso fueron llamadas "las relajadas".

El 28 de Abril, antevíspera de la fecha de la Santa Patrona, reinaba un ambiente de zozobra pues ambos bandos se habían fortificado con parientes, amigos y allegados y el Presidente Munive, que apoyaba a las Observantes, dio permiso al Provincial dominicano para que acompañado con un Escribano y un Alguacil, visitara a las monjas y les leyera el dictamen de la Audiencia.

Al día siguiente el provincial se hizo abrir las puertas del convento y tomó asiento en el Coro alto con veinte frailes. Leída la Orden, el mismo Provincial la acató con gran obediencia poniéndola por encima de su cabeza, pero las monjas gritaron al unísono: "No la acatamos" y allí ardió Troya, Pues los veinte dominicos bajaron a escape y cayeron a puntapiés contra las revoltosas, armándose una algarabía horrible que terminó con la fuga de las rebeldes magulladas, que fueron a implorar la clemencia del Obispo.

El asunto tomó cuerpo y hasta llegó al Virrey de Lima quien resolvió equitativamente manifestando que las que quisieran continuar así lo hicieran y las que no, que busquen a donde irse, que conventos sobraban en Quito.

Esta fue la primera protesta femenina y el primer enfrentamiento armado entre sexos que se tiene memoria en nuestra historia colonial, no teniendo nada de raro que ocurriera en un convento, pues los conventos eran los sitios más importantes de la vida citadina, lugares de reunión de gentes de toda clase y condición, sitio donde se realizaban buena parte de las etiquetas sociales y hasta escuelas abiertas para niñas con internado.

Los conventos también cumplían funciones no específicas pues se prestaban a mecenazgo de artistas y a cultivo de las más felices manifestaciones del espíritu y la inteligencia. El numero de monjas poetisas y escritoras era considerable en relación al medio; sus bibliotecas y archivos se enriquecían con obras piadosas, literarias y hasta de teatro; la vida comunitaria daba oportunidades diversas para ascender en el camino del perfeccionamiento.

El siglo XVII, sobretodo, fue el siglo de los conventos quiteño tanto de sacerdotes como de monjas y como dato curioso cabe anotar que la familia Navarro Navarrete de Guayaquil, por casi un siglo, dio monjas de importancia al Convento de Santa Catalina de Siena, donde parece que las tías llevaban a sus sobrinas y así sucesivamente hasta que el ciclo se rompió hacia 1740. Entre ellas sobresalió Catalina de Jesús Herrera y Navarro - Navarrete, de clausura y velo negro, que escribió una hermosísima autobiografía por orden de sus superiores, titulada "Diálogos entre el alma y Dios", donde campea un estilo hermoso y al mismo tiempo barroco y lleno de giros que lo embellecen y le dan profundidad', donde la presencia del demonio se manifiesta en algunas de sus paginas tomando las formas más raras, desde simples sombras furtivas que se aparecen en la obscuridad de la noche hasta seres tan reales como los de la vida corriente. Esto del diablo, que antaño era tema de muchos comentarios y que hogaño pasa desapercibido, debería ser estudiado a la luz de la moderna parapsicología como manifestación de fuerzas aún desconocidas que pueden llegar a confundirse y en el caso de nuestra monja, ella tenía un especial don o carisma para sufrir tentaciones, de las que solo lograba salvarse merced a su fuerza de carácter y tenacidad en la oración, así trastornada andaba.