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Por: Hernán Rodríguez Castelo.
Esto de los "tradicionistas" ha sido antigua
e ilustre usanza americana. A medias historiadores y a medias
charlistas, a ratos husmeadores de archivos y a otro correo
de chismes, los tradicionistas han beneficiado canteras de
la historia de modo muy peculiar, y los mejores, con delicioso
estilo. Como buenos conversores, han tenido siempre predilección
por lo curioso y lo bizarro. Por cuanto pudiese redondearse
en anécdotas, introducir personajes, adensar claroscuros,
suspender los ánimos. Todo aquello lo han narrado desde
una tercera persona que diese algún empaque de crónica
- y hasta de historia - a los sucedidos aquellos; pero su
tercera persona ha sido la del narrador que no se priva de
ninguno de los sabores y saberes de charla, chisme, murmuración,
leyenda, contezuelo, milagrería, faloria y cuento de
viejas. Apenas hace falta decir que detrás de esta
pintura del ionista de gran estilo está el príncipe
de esta comarca literaria, don Ricardo Palma, el de las copiosas
series de "Tradiciones Peruanas."
Palma marca el momento de mayor plenitud de la tradición
americana; pero, aunque sin el corte formal, casi definitivo,
que él les daría, "tradiciones" se
contaron por tierras del nuevo mundo desde tiempos inmemorables:
los cronistas no las crearon, las recogieron. Y buenos tomos
de tradiciones pudiéramos hacer con los más
sabrosos "ejemplos" o ilustraciones hasta de obras
tan serías como el "Gobierno eclesiástico
pacífico" del obispo don Gaspar de Villaroel o
tan edificantes como la "Historia del Nuevo Reino de
Quito" de nuestro padre Mercado.
El viejo saludable tronco ha dado en el Ecuador del siglo
XX buenos retoños. Sobre todo, Cristóbal de
Gangotena y Jijón con sus "Leyenda de pícaros
frailes y caballeros", para Quito, y Modesto Chávez
Franco, el de las "Crónicas del Guayaquil antiguo”,
para el puerto. Los dos han sido los mayores, pero ha habido
otros, Guayaquil los tiene interesantes: Francisco Campos
Coello, su sobrino José Antonio Campos – aunque
a él mas le gustaba el sabor del presente – Gabriel
Pino Roca – de obra abundante-, Heleodoro Avilés
Zerda, Pedro José Huerta, Carlos Alberto Flores, Camilo
Destruge, Cronista emérito; y José Joaquín
Pino de Icaza entre los que escribieron sobre temas de carácter
general. Y hubo uno más, que hubiera podido ser excelente
tradicionista, pero se fue, por caminos arqueológicos,
a arqueología e historia: Francisco Huerta Rendón.
Sin embargo otros prefirieron las anécdotas curiosas,
intimistas y familiares como Víctor Manuel Rendón,
Manuel Gallegos Naranjo, Carlos Saona Acebo, César
Borja Lavayen, su hija Rosa Borja de Icaza, María Angelica
Castro Tola de Von Buchwald y Emilio Gallegos Ortiz y con
ser algunos, es de lamentar que nuestros tradicionistas no
hayan sido más, porque esta es una suerte de lectura
especialmente acomodada para mover a las gentes tibias al
amor de lo que corre el riesgo de ser arrastrado por el río
del devenir sin dejar la menor huella de su paso.
Y han transcurrido años hasta que nos llegue, cuando
la cosa parecía clausurado, un nuevo tradicionista.
Que, aunque con el modo algo más rápido que
piden las prisas del periódico, cumple con gran parte
de lo que caracterizó al buen tradicionista. Es, en
efecto, tan buen buceador en archivos como hábil en
chismografías locales, y sabe cuanto puede saberse
de árboles genealógicos, enlaces y desenlaces,
Usos Y costumbres de antaño, novedades y acaecimientos
de esos que dejaron memoria en los vecinos y comenzaron a
pasar de boca en boca, y acaso se cuentan todavía al
menos en aquellas casas donde el televisor aún no ha
hecho callar a los abuelos.
Rodolfo Pérez Pimentel nació en Guayaquil, en
1939, hijo de un caballero guayaquileñísimo,
muy decimonónico en su impecable traje cruzado de casimir
inglés y con un infaltable cigarro esmeraldeño.
Inquieto en su juventud, nuestro caballero realizó
numerosos viajes que terminaron, allá por 1923, en
Valparaiso y luego en Rosario. De vuelta al país, en
1932, se reintegró a la vida de su ciudad y años
después, el 38, perdió el seso por una damita
de "pensil" porteño, tan guapa que años
atrás había sido candidata al primer reinado
de belleza nacional. Y la cosa fue en serio. Tan en serio
que a no mucho de los primeros encuentros casaban. Su primogénito
es el Rodolfo de nuestro cuento.
Don Rodolfo Pérez Concha - el Rodolfo Pérez
padre - visitaba semanalmente al doctor Pedro José
Huerta y Gómez de Urrea, antiguo profesor suyo en el
"Vicente Rocafuerte", y llevaba a aquellas visitas
- a las que llegaban, además, otros viejos porteños
- al pequeño Rodolfo, que tenía diez años
y mostraba interesarse por cosas tan serias como las que aquellos
tan serios caballeros barajaban desde sus hamacas y mecedoras.
Allí, entre tiestos arqueológicos, papelotes,
antigüedades, cuadernos y libretas de apuntes, artículos
terminados y artículos a medio hacer, retratos amarillentos
y mil cosas con sabor rancio, todo con sobra de polvo y en
un desorden propio de cuarto de soltero, nació el tradicionista.
Y maduró, parte en la biblioteca del padre, atestada
de libros hasta el techo y dividida en tres descomunales estantes
- historia, literatura y "cosas del país"
-, y parte en la charla de los abuelos maternos - don Juan
Luís Pimentel y Tinajero, quiteño, católico,
bonachón, de buen corazón y aun mejor conversación,
y doña Angelina Yépez Baquerizo, porteña,
templada de carácter, pero querendona como ella sola,
y que puesta a contar historias no se quedaba atrás
del abuelo.
Pusieron también su parte para formar al tradicionista
en ciernes tías y tíos. Unas cuantas tías
viejas, del lado paterno: las Concha, muertas centenarias.
(La abuela Teresa murió a los noventa y seis años-
Delfina de Cucalón Pareja, a los ciento cuatro; Victoria
de Valdés, a los noventa y siete, y María de
García, cuando sólo le faltaban ocho días
para ajustar el siglo. ¿Que se trataba, por ejemplo,
de la guerra de los "Restauradores", que tan laboriosamente
hurgaban acuciosos historiógrafos? Pues las damas aquellas
la contaban con pelos y señales, como si hubiera sucedido
ayer. Y por la rama materna se engrosaba el caudal: Alegría
Freile de Tinajero, la tatarabuelo del tradicionista, había
muerto en Quito, igualmente centenaria, en 1927, dejando larga
cauda de memorias. Dos tíos aportaron, en cambio, la
parte "seria" de la formación del joven Rodolfo:
los doctores Jorge Pérez Concha y Julio Pimentel Carbo,
historiadores de oficio, amén, eso si, de grandes charlistas,
Pérez Concha orientó al sobrino en política
nacional y asuntos limítrofes, y Pimentel Carbo en
temática colonial, en la que se había hecho
fuerte investigando, por dos largos años, en el Archivo
de Indias.
Parece haber sido por entonces cuando cayó en las manos
de nuestro aprendiz de tradicionista el libro de genealogías
de Pedro Robles y Chambers. Y se le metió el gusanito
de dar con la propia. Preguntas a los viejos, visitas a archivos,
rastreo policiaco de obscuras pistas e inmisericorde iluminación
de pasajes casi turbios - uno que otro antepasado natural
-, recolección de daguerrotipos amarillentos de años...
se fue dibujando el árbol. Y otros árboles.
Y lo mejor de todo: el bosque se fue poblando de cosas y casos
con mucho más sabor y colorido que enlaces y procreaciones.
¡Y es que en torno al adolescente que hacía su
alegre noviciado de tradicionista se charlaba tanto y con
tanto lujo de viejas imágenes - personajes de pelo
en pecho y atusados mostachos, escenas tumultuosas, acciones
febriles o equivocas, romances y "malos" pasos...!
El tío Jorge, en casa de la abuela, meciéndose
pausadamente en una hamaca, disertada por horas de horas sobre
toda clase de cuestiones históricas, una vividas, otras
leídas u oídas; el tío julio lo llevaba
a la casa y museo de los Robles Chambers, donde solían
reunirse en animadísimas tertulias conversadores estupendos
como Modesto Carbo Noboa, José de Venegas Ramos - el
más hablantín de todos -, Ignacio Jurado Avilés,
Luis Tola León, Rubén Rites Mariscal y otros,
que no eran tan viejos, pero que aportaban lo suyo: Clemente
Pino Ycaza, Genaro Cucalón Jiménez, Luis Noboa
Ycaza, Miguel Aspiazu Carbo y Francisco Urbina Ortiz. Y por
si aquello no bastase, Rodolfo acudía por cuenta propia
otras tantas gentes curiosas de las cosas de Guayaquil antiguo
y de la historia que se quedó en el chisme y el cuento:
Bernardo Izquieta Pérez, Antonio Seminario Marticorena,
Guillerrno Wright Ycaza, Rosa de Ycaza Venegas, Ignacia Roca
de Franco, Enriqueta Elizalde Noboa, María Luisa Luque
de Sotomayor, Delia Aguirre de Guzmán, Antonio Pons
Campuzano, Francisco Huerta Rendón, Manuel Rendón
Seminario...
En este clima y al amor de este nostálgico desempolvar
de viejas postales porteñas, muchas anteriores al Incendio
Grande - el de 1896 -, que lo cambió casi todo, se
formaba el tradicionista. La carrera formal para tal vocación
debió haber sido la del historiógrafo; pero,
a la hora de la elección, la abuela Teresa Concha contó,
así como quien no quiere la cosa que el abuelo Federico
Pérez Aspiazu había sido un gran abogado y habla
llegado a saberse el Código Civil de memoria…
y la madre, buena las cosas en la familia Pimentel, decidió
que, pues así se habían dado las cosas en la
familia, Rodolfo tenía que ser abogado. Así
que, a estudiar leyes se ha dicho!
Siguieron años asendereados en los que la historia
fue amor casi secreto. Fueron primero ciertos ajetreos políticos
y puestos de segundón junto a personajes que lo conocían,
y, entonces, en 1962, la Fundación del Patronato Histórico
de Guayaquil. Vino luego un viaje a los Estados Unidos en
plan de trashumante al principio, con lavado de platos y todo,
y con estudios en "The New York University", después.
(Y con nuevas charlas de cosas viejas de Guayaquil: con las
Gastelú Concha; con María Luisa Dillón
y su hija. como para que no olvidarse la vocación…)
De regreso, en medio de todo un variado de inevitables empeños
prosaicos y fenicios, hay tardes de trabajo como secretario
de Robles-Chambers, el genealogista sabedor de tantas cosas
antiguas, y la dirección de la Biblioteca y museo Municipal
de Guayaquil. (Amén de la Fundación, con Esther
Avilés, del Patronato Municipal de Bellas Artes, hoy
Centro Municipal de Cultura. Y robando tiempo a varias cátedras
–y ayudado por Nuria, la esposa – termina una
tesis que era otra muestra de amor a la historia: “Administración
de Justicia en el Guayaquil del siglo XVIII”. (Que no
tuvo jurado para tratarse de materia tan nueva en la Universidad.
Constituidos en tribunal los tres profesores más antiguos
de la facultad, se sentaron pacientes a escuchar cosas sobre
prácticas judiciales ya en desuso, rememorando, acaso
tal o cual procedimiento cuya vigilancia hubieran alcanzado
en sus años mozos….). Así se llega hasta
1968, cuando comienza a aparecer en el suplemento dominical
“El Universo” unos artículos de asunto
histórico llenos de datos curiosos pintorescos, jocosos,
dramáticos. La gentes guayaquileñas, no solo
las de edad celebran aquellas entregas, y la serie se extiende
hasta 1971. Así nació el libro que el lector
tiene ahora en sus manos.
Algunas veces Pérez Pimentel se reduce a sintetizar
algún período corto de historia republicana;
aún entonces hace gala de datos nuevos, que vienen
a devolver su sentido justo, acaso obscurecido o falseado
por los libros al uso, al pasaje. Pero entonces apenas si
el historiógrafo deja lugar al tradicionistas y ni
siquiera al narrador. Dijérase que tales artículos
cumplen el papel de marco legal, de panorama amplio, para
todas las pequeñas historias que en esos espacios alentaron.
Pérez Pimentel entra en lo suyo cuando construye su
artículo en torno al dato curioso hallado quien sabe
dónde y que no lo ha logrado sino él. Cuando
se pone a urdir historias grande y turbulenta. Cuando les
mete mano a esos relatos viejos que, de tan curiosos o bizarros,
se les hicieron sospechosos a los historiados graves. Entonces
queda en pleno mester de tradicionistas que cae a lado de
mester de juglaria así como el del historiador formal
lo es de clerecía.
Casos preferidos son pues, aquellos en que la historia se
agita por el escándalo o levanta avispero de chismes
- cómo el tan triste episodio de la venta de la bandera-,
y aquellos otros en que se recala en lo resible, como la leyenda
del Mariscal Sotomayor y el “Adelanto” o “El
perico se comió al cordero”, donde se sacan buenos
dividendos del humor de aquello antañones gacetilleros
de ingenio vivo.
Aún más ricas posibilidades son ciertas vidas
estupendas a las que los libros de historia regalaron al papel
de grises comparsas o ignoraron sin más. Así
ese Mathew Palmers Game, de tantos altivos combates, convoyes,
bloqueos, persecuciones de contrabando por mares americanos,
en los días de las campañas de la Libertad.
Y aún en el caso de personajes célebres, primeros
actores en el drama histórico, nuestro autor los rescata
de sus encogidas y engoladas actuaciones historiográficas,
para devolverles su ricas humanidad, su a veces hasta ambigua
y equívoca carnalidad. Y la grandeza auténtica,
personal y única que quedó cifrada en gestos
al parecer pequeños o sólo curiosos. Como cuando
Carlos Concha era llevado, preso, a Quito y “en el camino
iban rompiendo uno por uno todos y cada uno de los libros
de su biblioteca, adquirida años atrás en París”.
O puso en camino a dos viandantes convenciendo a cada uno
de ellos de que su compañero era sordo tapia, y así
los tubos durante todo el viaje hablándose gritos.
El tradicionista guayaquileño, maneja asuntos de rica
carga emotiva o fuerte sabor. Sabe que no es narrador de oficio
y que su éxito ha de radicar en la cosa misma: en su
dramatismo intrínseco, en su radical novedad, en su
propia grandeza. De allí que los cuente todo en estilo
llano, rápido, sustantivo. Y ello constituye estimable
acierto estilístico: deja al lector ante la fuera de
los sucesos y el poder de seducción de los personajes.
Hechos heroicos, a veces tremendos, aplastan por su descarnada
desnudez. A Clemente Concha, por ejemplo, una bala de cañón
le atravesó las dos piernas y hubo que amputárselas.
Pérez Pimentel lo refiere así:
“No se contaba con los instrumentos especiales de cirugía
sino únicamente con un vulgar serrucho de carpintero,
de los que todos conocemos. Concha fue acostado en una camilla
de campaña y solicité un cigarrillo para fumarlo
despaciom engrandes bocanadas, mientras impávido observaba
cómo el galeno, sudando la gota gorda le serruchaba
ambas piernas a la altura de las rodillas. Dos horas duró
la carnicería, pero no se escuchó un solo lamento,
ni un quejido siquiera, Los presentes estaban asombrados de
tal despliegue de valor. Luego de suturar los muñones
el herido sufrió un síncope cardíaco
provocado por la perdida de sangre durante la intervención
y expiró”.
Y con el humor acontece lo mismo: brota de las cosas mismas;
el autor reduce su papel al subrayado guasón o el intencionado
corte.
Esta inmediatez y simplicidad es la de lo convencional, donde
aunque hay sazón, lo que importa más es contar
cosas de esas que se tiene gusto en contar y se cuentan sabiendo
que se han de escuchar con gusto. Lo conversacional apenas
sufre adorno, y la ponderación y encomio se hacen al
paso.
Lo conversacional es la clave de todo. Faltan, casi absolutamente,
engarces históricos al tiempo que se multiplican indicios
conversacionales: “¡Ah, me olvidaba!” “¡Que
rico tipo!”. A la historia se la tiene como a la invitada
formas, que llega de etiqueta, imponiendo sus leyes y razones
y dando a todo su empaque especial. “Y aquí interviene
la historia”, dice por ahí. Cuando en el caso
doméstico y conventual, conversando, de la capilla
de San Alejo, irrumpen los sonoros nombres de García
Moreno y Guillermo Franco.
Pero charlando, así como quien cuenta chismes de sobremesa,
sabrosos como délficas o espirituosos pluscafés,
se ataca la historia a menudo muy en serio. Como cuando, sin
turbar la simple amenidad, se hace apretada síntesis
de cosas tan graves como el fallido laudo arbitral de Alfonso
XIII, o se tientan claves para entender cosas todavía
tan obscuras como la meteórica aparición de
Velasco Ibarra para capitanear los restos del bonifacismo.
Todos los que hemos dedicado algunos años de nuestra
vida a un diario, sabemos que lo mejor de la historia se queda
entre los entretelones y no llega a las columnas impresas.
En buena hora que haya alguien que, con perspicacia, dedicación
y buen sentido, saque a la luz esos entretelones y rescate
cuanto sabroso, de añejo, de vivo, de nostálgico,
de pintoresco, de bizarro, de cómico, de carnal, de
alucinado, de cotidiano, tuvo el acontecer de nuestros mayores,
y la historia seria lo perdió, al convertir sus dominios
en solemne panteón sin aún más ginería
que hieráticos y fríos retablos.
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